Marina: jazmín y cobre

Marina entre el vaho del cuarto de baño. (Generada por la IA de wordpress)

Es 31 de octubre de 2025. Hace mucho que no publico nada en mi blog, no sé si por falta de tiempo, por hacer otras cosas o si por desidia… Pero ha llegado el momento y tenía necesidad de compartir esta historia. No está revisada, hace tan solo unos días que la escribí y aún tiene cosas a corregir, pero hoy es el día que tiene que aparecer. «Marina: jazmín y cobre» es un relato corto de horror trágico, espectros, locura, venganza y un trasfondo social que denuncia cómo el cuerpo de las mujeres no es más que un simple objeto para uso finito de los hombres y de la sociedad. Espero que lo disfrutéis y que os embruje el espectro de esta historia.


Como cada último viernes del mes, sobre las cinco de la tarde, Darío es el último en salir del despacho. Antes de apagar el ordenador y echar el cierre hasta el lunes, se cerciora de haber tramitado todas las facturas, de haber preparado los pagos de todos los recibos de la empresa y prepara las nóminas para que sus compañeros el lunes siguiente cobren religiosamente. Tras abandonar la estancia y salir a la calle, una bocanada de aire frío lo sorprende desagradablemente, cosa que le extraña porque durante todo el día ha hecho muy bueno, de hecho, al medio día, durante la pausa para ir a comer, incluso ha tomado un poco el sol y hasta le dio algo de calor. No le da más importancia de la que tiene, al fin y al cabo, esos cambios de temperatura tan bruscos son normales a finales de octubre. El verano ya hacía días que se había marchado para no volver en una larga temporada dando paso al otoño que suele teñir de gris el devenir de los días, con la lluvia y el frío. Como siempre acostumbra a hacer, antes de volver a casa y descansar durante el fin de semana, pasa por el bar. Un bar que no queda muy lejos de su casa ni de su oficina. Para él es un lugar que frecuenta, como muchos otros hombres al terminar la jornada laboral para desconectar, discutir sobre el último partido de fútbol de sus equipos favoritos, de lo mal que está la política actual, de cómo esas feministas feas y rabiosas castran a los hombres quitándoles derechos impunemente, de que ya no se puede decir nada y todas esas cosas que parece que les devuelven a los hombres la fuerza y la seguridad que nunca tuvieron.

Aquella tarde, al entrar al local, el olor a cerveza, a barra antigua y a sudor concentrado, al igual que el barullo típico de una veintena de tíos hablando con algunos decibelios de más, lo reciben como siempre, sin embargo, al cerrar la puerta tras de sí, algo es distinto: el alboroto y las risas que inundan el bar se van apagando poco a poco, y las miradas, todas ellas frías, se van posando sobre Darío una a una. Al principio, no se da cuenta, absorto en las notificaciones de Instagram, pero el murmullo se apaga del todo y el ambiente se vuelve espeso. Entonces, Darío levanta la mirada. Saluda con efusividad como suele hacer todas las semanas y sonríe levemente por la sorpresa. “¿Qué pasa? ¿Me estabais esperando?” pregunta despreocupado y festivo. No recibe respuesta. Sólo esos ojos gélidos clavándose en él. Está acostumbrado a hablar en público, pues es uno de los formadores de la empresa de transportes para la que trabaja y suele impartir las clases de riesgos laborales, además de hacer muchas entrevistas para contratación, pero sin duda alguna, esta situación le parece extrañísima, casi siniestra. Su sonrisa se desdibuja muy lentamente, como si lo hiciera con cuidado, como para no alertar a algún peligro acechante.

A continuación, aún extrañado, se va a acercar a la barra para pedirse un botellín e iniciar la velada. Conforme avanza por la sala, sus pasos son pesados, no solamente porque se le van pegando las suelas con cada zancada, sino porque las miradas abandonan la frialdad que habían esgrimido y ahora se vuelven indiferentes hasta que lo ignoran por completo. Casi todas. Desde la barra, sólo una mirada sigue puesta en él. 

Proviene de una silueta de mujer, ataviada con un vestido amarillo, ceñido, de lo más atrevido, Darío casi podría decir que es un traje de látex, de esos provocativos que ha visto miles de veces en esos videos guarros que circulan por internet. Echa un vistazo fugaz al rostro de la mujer. Algo en ella le es muy familiar. “Pero es imposible…” Siente una repentina punzada en la sien derecha, cierra los ojos apretando los párpados con vehemencia, se lleva las manos a la cabeza y emite un quejido que queda ahogado por el guirigay que vuelve a instalarse en toda la sala. El dolor sólo dura un instante; se recupera a los pocos segundos. Cuando recobra la compostura, se da cuenta de que la mujer ya no está, se ha perdido entre la gente, el alboroto y las carcajadas. De ella sólo queda en el aire un perfume familiar, a jazmín y algo más, un leve matiz metálico, como a cobre, que se disuelve poco a poco en el ambiente denso del bar.

Una vez en la barra, pide el tan ansiado botellín; el camarero de toda la vida se lo sirve con un desdén del que jamás antes había hecho gala y al que Darío no está acostumbrado. “¿Qué coño le está pasando hoy a esta gente?” Le da un buen trago a la cerveza intentado localizar entre tanto tío a su grupo de compañeros de bar. La puerta del local se abre y entra Jorge, uno de los parroquianos habituales de los viernes por la tarde y pegado a él le sigue el frío otoñal que intenta colarse con intenciones poco amistosas. Darío se seca con la mano los restos de espuma que le han quedado en los labios y alza el botellín en señal de saludo hacia Jorge. Este le ignora descaradamente y desaparece en el amasijo de tíos que discuten acaloradamente sobre las noticias del día anterior.  Darío, extrañado, hace una mueca de disgusto, pero no se lo tiene en cuenta. Todo está siendo muy raro y es mejor no dale demasiadas vueltas; seguro que todo se debe al cansancio de la semana.

Se termina el botellín y pide un segundo al camarero. Antes de empezar a beberse la segunda cerveza, necesita ir al baño a mear. Siente que lleva demasiadas horas, demasiados cafés y demasiada agua acumulada de todo el día y necesita hacer algo de espacio para más cerveza porque intuye que la noche va a ser muy larga. Cruza el bar en dirección al cuarto de baño, sintiéndose un extraño, un forastero en su propio ambiente. Accede a un cubículo en el que hay un urinario apartado del lavabo para lavarse las manos. Los urinarios, separados por baldas rojas y una puertecita con pestillo, dan una falsa sensación de intimidad. El lugar huele mal, como muchos bares carajilleros, huele a pis muy fuerte y Darío tiene que reprimir una desagradable arcada. Mientras libera su vejiga, alguien entra en el cuarto de baño y enciende el grifo del lavabo. Darío detecta que el agua que corre del grifo está muy caliente porque en pocos segundos toda la estancia se llena de vapor de agua. “¡Joder! ¿No se quema las manos el tío este?” se pregunta sorprendido. Darío termina de hacer pis, presiona el botón de la cadena del urinario para hacer caer el agua y sale del cubículo. Esperaba encontrarse con alguno de los hombres que estaban en el bar, pero no hay nadie. El grifo, no obstante, sigue abierto soltando incesantemente un chorro de agua muy caliente. Darío se acerca al lavabo y para el grifo para ajustar la temperatura y poder lavarse las manos. El grifo está muy caliente, prácticamente quema si lo sostiene mucho tiempo en tu mano. Darío se va a mirar al espejo; el vapor es tan espeso que no puede ver su reflejo. Entonces, descubre que alguien ha escrito con un dedo una frase que le hace estremecerse: “¿Te acuerdas de mí?”   

“¡Qué noche más rara! La gente pasando de mi cara, aquella tía despampanante, el mensaje en el espejo del lavabo del bar…” se queja Darío desde la cama con una más que evidente resaca tan densa como el aire del dormitorio. No fue buena idea empezar la noche con cerveza y terminarla con varios chupitos de tequila, como si quisiera olvidar algo que aún no entendía. Se incorpora con esfuerzo sobre la cama de un metro cincuenta que, tiempo atrás, había compartido Marina. Una mujer increíble, trabajadora, independiente, una diseñadora gráfica brillante… En su sueño etílico de esa noche, cree haberla visto como era o como la recordaba, y también su perfume. Jazmín, con un leve matiz metálico. Ese olor se le ha incrustado en el cerebro, pegajoso, persistente. “¿Era ella? Anoche, ¿era ella?” Una punzada le atraviesa la sien. “¡Dios! ¡Qué resaca más mala!” Arrastra los pies hasta la bañera, abre el grifo y espera a que el agua se caliente. Afuera, el apartamento está helado. El contraste de la temperatura exterior con el vapor que empieza a llenar el baño hace que se vuelva un aire espeso, casi sólido. Darío tiene la sensación de que el vapor se mueve por voluntad propia, nublando todavía más su juicio aún resacoso.

Sale de la ducha aparentemente con las fuerzas renovadas. El agua caliente a veces hace milagros. Se seca y se pone un chándal viejo para andar por casa. Se va a la cocina a desayunar alguna cosa, seguramente rescatará algún pedazo de pan duro que tostar y al que añadirle algo de aceite y sal; luego lo acompañará todo con un buen café. Mientras la taza humea y la tostada se enfría un poco, agarra su teléfono móvil y le envía varios mensajes a su hermano para preguntarle que a qué hora es la comida familiar, si hay que ir a casa de los viejos o si van a salir a comer a algún restaurante. No recibe ninguna respuesta. Al parecer su hermano está viendo los mensajes porque aparecen los dos palitos azules de confirmación de entrega y lectura, pero éste deliberadamente está pasando de él. Darío termina de desayunar, se lava los dientes e insiste en exigirle a su hermano que le conteste a sus mensajes. Nuevamente es en balde. Al cabo de un rato, y algo irritado, Darío graba una nota de voz que envía a su madre: “¡Hola, mamá! Oye, que el tontopanes de mi hermano no me contesta. ¿A qué hora vengo a comer hoy?” A los pocos segundos, el estado de su madre en la pantalla del teléfono parpadea intermitente con el mensaje “escribiendo…” Al cabo de unos segundos, recibe una respuesta de su madre: “Hoy tu padre y yo nos vamos a comer fuera. Nos han invitado. Tendrás que apañártelas solo.”

“¡De puta madre!” exclama forzando el entusiasmo, mientras estira los brazos hacia arriba para desperezarse. “Así podré descansar todo el día.” Se deja caer pesadamente en el sofá con el teléfono en las manos y se pone a escribir un mensaje a su mejor amigo para proponerle salir a cenar o ir al cine esa misma tarde de sábado. La respuesta tarda unos minutos en llegar y es terriblemente desconcertante: “Tío, lo siento mucho, pero necesito distanciarme de ti.” Darío no da crédito y se pone a redactar, algo iracundo, exigiéndole una explicación, pero no le da tiempo pues descubre que su mejor amigo, le acaba de bloquear. “Pero ¿qué cojones?”. Tira el móvil a un lado del sofá; entre dientes y rebufando deja escapar un “¡Pues que te den!” Se cruza de brazos intentando digerir el cabreo, pero esto no ha hecho más que empezar. El móvil suena notificando la llegada de un mensaje. Se abalanza sobre él esperando que lo de su mejor amigo sea sólo una broma y que le va a decir de quedar a las seis de la tarde en el centro comercial para ver una peli. Sin embargo, el mensaje es de Josefina. A Darío le da un vuelco el corazón. ¿Josefina? La madre de Marina… Su exsuegra le acababa de mandar un mensaje después de mucho tiempo sin tener contacto. ¿Cuánto hacía? ¿Dos años? ¿Ya? Parecía una eternidad… Algo nervioso, desliza el dedo sobre la pantalla del móvil para abrir la aplicación de mensajería y descubrir lo que le acababa de enviar aquella mujer. Antes de ver el mensaje, pensó por un instante que la señora, erróneamente le habría enviado la típica cadena de oración con un fondo de colores pastel o alguna imagen religiosa, de esas cosas que hacen las señoras y que no sirven para nada. Al abrir la ventana de conversación, quedó paralizado pues el mensaje rezaba así: “Dijiste que no querías volver a verla. Por suerte, a veces, el infierno escucha.”

De repente, otra punzada en la sien le impacta haciendo que se lleve las manos a la cabeza. “¡DIOS!” gime apretando la mandíbula. Se levanta tambaleándose y se dirige a la habitación para echarse en la cama, a ver si se le pasa ese dolor insoportable. Se tumba sobre las sábanas aún tibias con la esperanza de calmarse, pero el malestar no cede. Cierra los ojos y empieza a respirar con lentitud, intentando relajarse. Inspira. Espira. Inspira. Retiene aire. Espira… Lo que debe ayudarle a relajarse sólo empeora la sensación. Con cada bocanada de aire, el perfume de jazmín se hace más presente, como si emanara de las sábanas, la almohada, el colchón… Ese olor… inconfundible, dulce y metálico. Darío intenta resistir esos recuerdos primordiales que afloran, pero es inútil. Pierde la batalla y el conocimiento.  

Marina…

Está sentada en una sala con las paredes blancas, frente a una mesa blanca, incluso la luz es blanca. Frente a ella, un hombre sentado con bata y varios papeles en la mano le habla. Darío la observa desde algún lugar sin forma, como si flotara, como si no existiera. Marina frunce el ceño, su expresión es de duda, de miedo, de algo que se desmorona por dentro. Entonces, ella vuelve su rostro hacia él. Marina no habla, pero su voz estalla dentro de la cabeza de Darío como un grito de cristal: “Si tan sólo lo hubiéramos sabido antes… Ya no hay tiempo…”

Negro.

Marina yace en la cama de metro cincuenta, desnuda, pero no es la misma que Darío conocía. Está escuálida, sus costillas sobresalen como garras terribles por debajo de la piel, un presagio de muerte; su cara está pálida, sus mejillas se hunden en su rostro y sus ojos, antes claros y luminosos, ahora parecen dos pozos sin fondo. Darío la mira inmóvil, sin poder apartar la vista. Sólo siente algo pesado en la boca de su estómago, algo que le remueve las entrañas, una náusea profunda de vergüenza que no sabe nombrar. La Marina que él conocía, la que tanto decía amar, ahora era un espectro, un cuerpo devastado, un reflejo de lo que él no quiso amar. De nuevo, Marina no habla, sólo fija su terrible mirada en Darío y su voz le atraviesa el cráneo como una tormenta: “¿Por qué me abandonaste?”

Negro.

Darío sobresaltado, despierta en su cama. El corazón le martillea el pecho a una velocidad anormalmente alta, el sudor le empapa la frente y tiene la respiración entrecortada. “¿Qué ha sido eso?” susurra. Una pesadilla, sin duda. Entonces, nota que tiene algo en su mano izquierda. Abre los dedos y observa un bote de pastillas. Lo lanza a lo lejos con recelo. Es la medicación que tomaba Marina durante el tratamiento. ¿Qué coño hacía eso ahí? ¡Y en sus manos!

Darío está sentado en un taburete, con la parte superior del cuerpo desparramada sobre la barra del bar, en una mano sostiene un botellín a medio terminar y en la otra el teléfono, con la pantalla en negro, parece haberse vuelto un enemigo más. El fin de semana ha sido un asco: su mejor amigo le bloquea en redes, sus padres entran y salen de casa sin contar con él para nada, su hermano sigue sin contestarle a los mensajes y luego está el mensaje de Josefina… No ha osado responderle… ¿Qué iba a poder decirle a la madre de Marina? Se le caería la cara de vergüenza, la verdad, pero ¿por qué aquel mensaje tan cruel? Incluso siniestro… Darío da un último trago al botellín sin comprender todo lo que está sucediendo a su alrededor y acto seguido pide otro. El camarero se lo sirve con desgana añadiendo con condescendencia: “Jefe, ¿no cree que para un lunes esto es demasiado?” Darío no responde, solo agarra el botellín, le da un primer trago y vuelve a agachar la cabeza. En ese extraño letargo, repasa mentalmente las conversaciones ajenas que ha oído durante el día en la oficina.

Desde su despacho escuchó a tres compañeros que estaban en el office haciéndose un café mientras hablaban animadamente sobre una misteriosa mujer:

– ¿Habéis visto a la nueva del barrio?

– ¿La rubia del vestido amarillo? -respondió otro-. Dios, ¡qué pedazo de tía! Dicen que vive por la zona de la plaza.

– Sí, o que tiene un estudio fotográfico o algo así. Pero vamos, que está para parar un tren.

– ¿No os recuerda a alguien?

– Ahora que lo dices… Tiene un aire a… ¿cómo se llamaba la ex de Darío?

– ¿Marina?

– ¡La misma! Pero esta… no sé, se la ve más joven… y más… sana.

Darío con disgusto se levantó y cerró la puerta de su despacho con un golpe. Su piel estaba erizada y notaba sus latidos en las sienes. Desde luego aquella mujer no era Marina. ¡Es imposible! ¡IMPOSIBLE! Se repitió varias veces.

El algarabío en el bar interrumpe los pensamientos de Darío pues un montón de tíos del barrio han empezado a alborotarse y a comentar sobre la mujer del vestido amarillo. “¿Habéis visto la story que subió Jorge ayer?

-No, ¿qué ha pasado?

-Consiguió hacerse un selfi con aquella tía despampanante.

– ¿La del vestido amarillo?

– ¡Sí, tío!

Como si el taburete en el que estaba apalancado Darío tuviera un muelle, éste sale disparado hacia la pila de hombres que chalan alegremente, abriéndose paso entre brazos sudados y el olor acre de trabajo físico. “¡A ver!” exige algo alterado mientras busca el móvil en el que están mostrando la dichosa fotografía de Jorge con aquella mujer. “¡Eh, tío! Cálmate, ¿vale? ¡Esa no es tu piba!” le insta algo agresivo uno de los tíos mientras le enseña la historia de Instagram en cuestión. Darío la observa con los ojos como platos. No da crédito. La foto está un poco borrosa, todo el mundo sabe que Jorge no tiene el móvil con la mejor cámara del mundo, pero Darío sigue diciéndose a sí mismo que es imposible. La mujer aparece de lado, su vestido amarillo característico, el mismo que llevaba el viernes por la noche, su larga melena dorada, su cuerpo imposible… Y esa postura… el cuello, el modo en el que sostiene la copa de vino… A Darío le resulta insoportablemente familiar. “No puede ser… No puede ser ella.” Se repite a sí mismo una y otra vez. Darío agarra el móvil ajeno y hace zoom sobre la foto. A pesar de que se pixela un poco por la calidad de la imagen, percibe en la muñeca de la mano que sostiene la copa de vino una pulsera de cuentas de colores verdes, blancos y rojos. “La pulsera de ágata india…” murmura despacito, pasando con sumo cuidado por cada una de las sílabas y los sonidos de la frase con la mirada irremediablemente atornillada en la foto. “…se la regalé por nuestro primer aniversario.”

Tras aquel choque, Darío abandona el bar tambaleándose por la confusión, haciéndose preguntas extrañas y ninguna de ellas tiene respuestas lógicas. En la calle, el aire es frío y húmedo, parece que acaba de llover. Aun así, eso no lo despeja. Mientras camina errante por las calles de la ciudad, le parece ver un destello amarillo, como un vestido cruzando la avenida. En la siguiente esquina, una melena dorada reflejada sobre un escaparate de una tienda de ropa de lujo. En una marquesina, una sombra de una atractiva mujer que al instante se difumina antes de poder enfocarla. En el aire, otra vez, el perfume. Jazmín y cobre. “Te estás volviendo loco, Darío.” Se dice, pero ni siquiera su propia voz le suena familiar.

Sus pasos, lo llevan casi por inercia a un lugar que no visitaba hacía dos años o quizás más. Está frente a la puerta de una casa antigua, señorial y bien cuidada, pero con un aura de pesadumbre que parece enturbiar la calma de cualquiera que pase por delante. Darío mira el timbre. Acerca su dedo para llamar. Duda. Retira el dedo. Duda de nuevo. Se da la vuelta y da unos pasos alejándose de la puerta. Se detiene en seco. “Tengo que preguntárselo.” Se ordena a sí mismo con el cuerpo tembloroso. Se gira de nuevo y encara la casa que le parece todavía más grande e imponente que nunca. Darío se acerca de nuevo a la puerta y esta vez sí, llama al timbre que resuena como un campanario funesto. La puerta no se abre de inmediato. Del otro lado se oyen los crujidos de los pasadores y los pestillos desbloqueando esa infranqueable fortaleza. La hoja de la puerta se abre unos centímetros, despacio frente a Darío. Del interior surge un olor que desbloquea recuerdos antiguos, no necesariamente agradables: huele a potaje, a flores secas y a medicamentos.

Josefina asoma; se la ve envejecida, ojerosa, con la mirada enrojecida.

– ¿Qué haces aquí? -pregunta con voz ronca.

– Josefina… necesito hablar contigo.

– No tenemos nada de qué hablar. -contesta empujando suavemente la puerta para cerrarla.

– Necesito saber si Marina… -insiste Darío poniendo su mano sobre la puerta para evitar que la cierre.

– ¿Si Marina qué?

– Hay una mujer en el barrio que se parece a ella. -Darío traga saliva y sigue- Josefina, dime la verdad, ¿Marina… está…?

– ¿Viva? -asume con una carcajada amarga- ¡Tienes la poca vergüenza de venir a preguntarme eso!

La puerta se abre de golpe. Detrás de ella aparece Jacobo, el padre de Marina, callado, con la mandíbula apretada.

– La dejaste sola. -acusa Josefina con una nota de dolor mezclada con ira- Cuando más te necesitaba, desapareciste. ¿Te acuerdas de lo que le dijiste en el hospital? “No puedo verte así, me mata.” ELLA era la que se estaba muriendo. 

Darío intenta articular algún argumento, pero Josefina alza una mano temblorosa y sigue escupiéndole las verdades más dolorosas que jamás había dicho en su vida.

– ¡No soportabas que se volviera fea! Eso es. No querías cuidar de una mujer enferma. Preferiste huir para poder mirar a otras mujeres sanas, ¿verdad?

Se hace un silencio momentáneo. Josefina tiembla de rabia y prosigue.

-Vete de aquí, Darío. No quiero volver a verte el pelo. Si sigues rondando esta casa, te juro que te arrepentirás.

Cierra la puerta de golpe. A los pocos segundos el aire se llena de nuevo del olor a jazmín y cobre. Darío se queda inmóvil frente a la puerta cerrada, temblando.

Luz blanca, casi azul…

El olor a desinfectante inunda la sala, el pitido irregular de las máquinas se hace presente y se mezcla con el ruido monótono del aire acondicionado de la pared. Marina, débil, está recostada sobre la cama del hospital. Sobre su cabeza solo quedan tres tristes mechones raídos y débiles que podrían quebrarse con una simple brisa. Sus ojos hundidos en sus cuencas miran a Darío con cierta ternura, pero también con miedo. “Te quedarás conmigo, ¿verdad?” pregunta ella dulcemente. Darío traga saliva. De su garganta no sale ni un sonido, la glotis se le ha cerrado como una presa que contiene una inundación de angustia y asco. Darío se levanta y poco a poco retrocede. A medida que se aleja, el rostro de Marina se va borrando entre sombras y el sonido del pitido incesante se vuelve cada vez más agudo, insoportable. Darío no cesa en su retirada marcha atrás hasta que topa de espaldas con el ascensor. El estridente pitido cesa. Silencio… La voz de Marina restalla profunda, dolida, como proveniente desde el fondo de la tierra: “Morir me dolió, Darío. Pero aún me dolió más que me dejaras sola.” El ascensor se cierra con Darío dentro.

Negro.

“…que me dejaras sola.”

“…me dejaras sola.”

“…dejaras sola.”

               “¡SOLA!”

En la mesilla de noche el móvil se ha vuelto loco, no dejan de llegar notificaciones de forma frenética. Darío despierta sobresaltado y empapado de sudor. Agarra el teléfono, desbloquea la pantalla y observa que el icono de la aplicación de mensajería arde en decenas sino cientos de notificaciones. “¿Qué cojones…?” Desliza la pantalla hacia abajo para ver de dónde salen tantos mensajes y se queda paralizado.

               M A R I N A, seguido de un emoji de una flor.

Con el corazón desbocado, acerca su dedo tembloroso a la pantalla para abrir la ventana de chat… Es imposible… Duda un segundo. ¿Quién está mandándome mensajes desde el teléfono de Marina? Abre la ventana de chat y comprueba horrorizado que no hay texto, sino que la ventana está saturada de fotografías de la mujer del vestido amarillo. No está sola. En cada una de las fotos aparece con un hombre distinto. Darío desliza una a una las fotos embrujado por la visión de aquella mujer que en cada una de las fotos sale acompañada de tíos diferentes. Como poseído sigue deslizando, a medida que ve más fotos la sonrisa de la mujer se ve cada más nítida… Siempre el mismo vestido, la misma cabellera dorada, la misma copa de vino, la misma pulsera de cuentas… Y tíos distintos. Muchos desconocidos, pero también Jorge, su jefe, su mejor amigo, su hermano… Su estómago se siente vacío, hueco. Darío lanza el teléfono con fuerza contra la pared. Este queda hecho añicos, más las notificaciones no paran.

“¡NO! ¡NO!” De un salto y profiriendo un grito pavoroso, Darío se levanta y corre por el pasillo en dirección al cuarto de baño. Al pasar por delante de la puerta de la cocina, percibe un brillo amarillo sobre el reflejo de la nevera. En el cuarto de baño, enciende el grifo del lavabo para lavarse la cara, pero el agua sólo sale caliente. En segundos, el vapor se eleva y cubre el espejo del baño. Poco a poco se revela una única palabra escrita con un dedo invisible: “SOLA”. Darío con el corazón a punto de salírsele por la boca, retrocede. “No… ¡por favor!” La puerta del cuarto de baño se cierra con un fuerte golpe. Aporrea desesperado la puerta con los ojos empezando a inundársele. “¡Déjame salir! ¡Lo siento mucho!” chilla entre llantos.

La bañera empieza a llenarse también de agua caliente. Pronto el vapor se hace presente, espeso, agobiante. El perfume a jazmín y cobre también toma protagonismo y parece adherirse a los azulejos como una segunda piel. Parece que el cuarto de baño empieza a latir. Darío se derrumba frente a la puerta, se acurruca sobre sí mismo con la espalda recostada sobre la puerta. “Lo siento mucho…” murmura una y otra vez casi incomprensiblemente devorado por la desesperación y el llanto. En el vaho comienza a delinearse una forma: una silueta femenina, amarilla, traslúcida, como si el reflejo viniera desde el otro lado.

“Ya no estaré sola…” susurra una voz, ya no en la mente de Darío, sino en el vapor que lo envuelve. El agua de la bañera empieza a desbordarse y a encharcar el suelo. El agua arrastra un pequeño objeto metálico de color plateado que toca el pie de Darío. Una cuchilla de afeitar, afilada. El aroma a jazmín y cobre se intensifica, se vuelve sofocante.

“Ya no estaré sola…”

Alertada por los vecinos del piso de debajo, la policía revienta la puerta del apartamento de Darío. Al parecer, alguien ha dejado toda la noche los grifos abiertos y el techo se ha empapado y han salido a tener goteras. El suelo de todo el piso está encharcado. Huele a flores con un matiz metálico. Los vecinos se quedan en la puerta intentando fisgonear por encima de los agentes que están investigando. Un agente abre la puerta del baño sin dificultad alguna, el vaho deja entrever la palabra “SOLA” escrita en el espejo, el agua del suelo está enturbiada de un color rojizo y en medio de todo está el cuerpo de Darío. El agente se agacha para comprobar su estado. Presenta un profundo corte en la muñeca derecha. El agente le toma el pulso. Darío está muerto. 

En la sala del velatorio se respira un aroma a flores secas y café recalentado. Los asistentes murmuran constantemente, los fluorescentes que iluminan la estancia zumban ligeramente. En una esquina de la sala, el féretro abierto deja ver el rostro de Darío, casi irreconocible. Prácticamente nadie se ha acercado, apenas su hermano con el gesto torcido a la vez que ha susurrado algo sobre “una pena” mientras evita mirar directamente el cuerpo. En otra esquina, dos compañeros de trabajo cuchichean discretamente:

– Dicen que estaba muy raro últimamente.

– Eso parece… Desde que dejó a su ex, ¿te acuerdas?

– ¡Bah! Cosas de hombres. A veces no saben perder.

Josefina, vestida de negro riguroso, permanece sentada en la primera fila, con su bolso apretado contra el regazo, los ojos secos. No ha pronunciado ni una sola palabra desde que ha entrado al salón. Una mano se posa suavemente sobre su hombro. Levanta la vista. Frente al féretro, de pie, hay una mujer. Alta, de melena larga y dorada, vestida con un ceñido traje amarillo. Su perfume, leve pero inconfundible, llena el aire con notas de jazmín y algo más metálico. Todos en la estancia la observan desconcertados, nadie la reconoce. La mujer se inclina con delicadeza sobre el cuerpo de Darío, deposita entre sus manos una flor fresca de jazmín.

Josefina la mira fijamente, pero sigue sin pronunciar una sola palabra. La mujer se endereza, da media vuelta y se aleja hacia la salida. Con cada paso, el eco de sus tacones parece diluirse, como si se deshiciera en el aire. Cuando la puerta se cierra tras de ella, el perfume aún permanece. Una de las asistentes comenta en voz baja:

– ¡Qué mujer tan hermosa! No la había visto antes.

-Ni la volverás a ver. -responde Josefina sin apartar la vista del féretro.

La flor de jazmín sobre el pecho del muerto empieza a mancharse de un tono cobrizo, casi rojo.

FIN