Capítulo 3: ¿Sabes llenar la nevera?

El 22 de Julio de 2020 fue el último día en el que subí algo a este blog. Hoy 12 de Octubre de 2020 os traigo un nuevo capítulo que grabé hace dos días. Se trata de un episodio en el que os cuento un poco otra de mis historietas de adaptación a la vida independiente, con un tema principal de vital importancia: ¡hacer la compra!

En este capítulo adapto dos textos de dos cómicas muy conocidas -Eva Hache y Anne Roumanoff- las cuales en sus sketches hablan de cosas cotidianas; en esta ocasión aprovecho algunas de sus vivencias y os las transmito desde mi punto de vista y mi experiencia propia. Espero que os guste, que os riais y que paséis un buen rato escuchándolo.

¡Un abrazo!

Capítulo 2 o la Intrusión

¡Muy buenas a todo el mundo! Ya han pasado más de dos semanas desde que subí el primer capítulo de mi podcast. Siento haber tardado tanto en subir el siguiente episodio, pero es que está siendo un verano un tanto extraño y algo loco. Loco como el capítulo que os traigo hoy. En esta ocasión, alguien ha decidido que era muy buena idea venir a contarnos su historia y lo ha hecho a través de mi alter ego. Mari Nieves está desatada y cuenta sus aventuras sexuales con su marido…

¡Espero que os guste y que os riáis muchos!

¡Un abrazo!

Mi primer podcast

Normal 0 21 false false false ES X-NONE X-NONE

/* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:”Tabla normal”; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-priority:99; mso-style-parent:””; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin-top:0cm; mso-para-margin-right:0cm; mso-para-margin-bottom:10.0pt; mso-para-margin-left:0cm; line-height:115%; mso-pagination:widow-orphan; font-size:11.0pt; font-family:”Calibri”,”sans-serif”; mso-ascii-font-family:Calibri; mso-ascii-theme-font:minor-latin; mso-hansi-font-family:Calibri; mso-hansi-theme-font:minor-latin; mso-bidi-font-family:”Times New Roman”; mso-bidi-theme-font:minor-bidi; mso-fareast-language:EN-US;}

¡Muy buenas!

Ha pasado mucho tiempo desde mi última entrada. Parece que el confinamiento ha
afectado también a mi ritmo de producción textual… Mejor dicho YO mismo he
dejado de producir nada, al contrario, he consumido mucho; he leído mucho
durante la cuarentena, he visto muchas películas, he revisionado series que ya
había visto y he visto otras que no había visto aún, también he jugado a
novedades de videojuegos que han salido durante esas fechas tan
“especiales” que hemos vivido estos últimos meses.

 

Además he descubierto otro formato de entretenimiento que me ha enganchado bastante y
ese es el podcast. Empecé escuchando “Podcast de Miéeeeercoles” de los
responsables del canal de YouTube “Preguntas Incómodas”, después seguí a
fizpireta y uyalbert con su “Reyes del Palique” que actualmente están de
vacaciones hasta la vuelta en setiembre; también empecé a seguir el trabajo de
Victoria Martín y Carolina Iglesias con su “Estirando el Chicle” y finalmente “Gente
Enojada” del responsable del canal de YouTube “Teloresumoasínomás”.  

 

Habiendo recibido este input durante estos últimos meses pensé en que podría ser
divertido e interesante contar algunas de mis historias en ese mismo formato.
Así que bueno, aquí está: ¡Mi primer podcast!

 

No me enredo más, os dejo el audio a continuación y ya me dejaréis ver si os
gusta.

 

¡Un abrazo muy fuerte!

 

PD: si os gusta, compartidlo con vuestros amigos.

PD2: sigo trabajando en el Universo de Onyria, no os desesperéis. Algún día, me
encantaría que viera la luz en forma de novela.

Tras la Guerra

Sigo trabajando en el Universo de Onyria y en esta ocasión os traigo un pequeño fragmento de la historia que se desarrolla tras la guerra. Ha finalizado y como todas las guerras, esta no es una excepción y deja una estela de dolor, pesar y sufrimiento. Sansāra, el Señor del Cosmos, está buscando una solución para tanto mal. Espero que os guste el fragmento. A ver si termino algún día la historia completa.

¡Saludos y a disfrutar! 

____________________________________________________________________________________________

La que antaño había sido una sobria casa de piedra, cuyos muros estuvieron cubiertos por hiedras altas, verdes, sanas y enrevesadas, ahora se aparecía sin su color característico, sombría, como entristecida. Las mágicas plantas que la rodeaban ahora estaban secas y desperdigadas por cualquier parte, a merced de alguna cruel ráfaga de viento. Sansāra avanzó con el semblante severo hacia el umbral oscuro de aquella  morada al norte de la capital de la antigua Ephiria. Se detuvo en la entrada y la pesada puerta de madera se abrió chirriando de forma desagradable. Del interior una voz femenina con un tono neutro saludó y le dio la bienvenida.

-Mi Señor, es un honor recibir vuestra visita, mas, ¿qué os trae de vuelta a mi humilde morada?

-Estimada Samna, a pesar de que el fin de la guerra ya haya llegado, necesito una vez más de vuestros poderes.

-¿Para qué necesitáis vos el poder de la adivinación? –preguntó algo huraña la mujer con la voz un tanto ronca– Sois el Dios del Cosmos, y acabáis de librarnos del fin de los tiempos. ¿Qué puede hacer una insignificante dama?

-Querida Samna, –respiró profundamente apenado Sansāra cambiando el tono e intentando ser menos ceremonioso– la adivinación no es por lo que he venido. Necesito vuestro verdadero poder, el que ya me ayudó no hace mucho en la Gran Guerra de los Dioses… Necesito el poder que guardáis en vuestro interior. La magia de Mānas.

-Como bien habéis dicho, la guerra ya ha concluido. –contestó cortante Samna a la vez que un desagradable escalofrío le recorrió la espalda. En realidad no tenía ganas de liberar el poder de Mānas, hacía muy poco que la guerra de los dioses había terminado y sinceramente no quería repetir nada de lo que hubiera podido ocurrir durante las diferentes contiendas. Ciertamente, habían salido victoriosos del conflicto, sin embargo estaba dolida y apenada. Su ánimo había cambiado. En los días que siguieron al final de la guerra, muchos habitantes de toda Eorde se presentaron en su casa para conocer qué les deparaba el porvenir, no obstante, ella los rechazó a todos. Quería estar sola, curar sus heridas físicas e internas. Lo que le tocó vivir durante la guerra, ciertamente la había dotado de unas capacidades formidables, pero el precio fue demasiado alto. Tan sólo deseaba estar sola y olvidar. ¡Sí! ¡Olvidar! ¡Qué bonito verbo! Si tan sólo…

-Lo siento Samna. –la disculpa sonó tan triste, profunda y sincera que Samna sorprendida cambió de repente su actitud.– Percibo vuestro dolor, vuestro pesar y todo lo que ha causado la guerra contra mi hermano. Por eso he venido a veros.

-Contadme, ¿qué os atañe? –se interesó la mujer abriendo su puerta y acompañando a su Señor a una sala en la que pudieran charlar relajados.

-Cierto es que la guerra acabó, mas ha causado más estragos de los que creía posibles. –explicó Sansāra con un tono melancólico que sonó algo infantil a la vista de Samna– No solamente en Onyria, donde libramos la batalla final, sino también aquí en Eorde y en el resto de orbes que mi madre creó.

-¡Lo sé! –afirmó Samna apartando la vista para mirar por una de las ventanas del salón en el que se hallaban para intentar evadirse de aquellos horrendos recuerdos– También estuve allí…

-Sí… –confirmó Sansāra con pesar en la voz– Esta horrible guerra ha causado víctimas en todos y cada uno de los rincones del Universo y la culpa es mía. Por eso os pido, mejor dicho, os suplico vuestra ayuda.

-¿Qué puedo hacer yo? –preguntó algo emocionada Samna– ¿Qué puede hacer una mera pitonisa por el Señor del Cosmos?

-No subestiméis vuestra esencia, querida Samna. Recordad que en realidad sois una Guardiana Celestial y en vuestro interior tenéis un fragmento del Alma Etérea de mi madre. –corrigió suplicante Sansāra– Necesito vuestra magia…

-Está bien. –refunfuñó resoplando la mujer– ¿Para qué?

-Como bien estáis experimentando, la guerra ha traído mucho sufrimiento a todos. –explicó Sansāra en un intento por empatizar con Samna– Sé de buena mano que vuestra magia puede alterar los recuerdos y os quiero pedir que cambiemos la memoria de todo el Universo.

-¿¡Cómo!? –se sobresaltó Samna sin comprender y algo asustada– ¿Qué diablos tenéis en mente?

-He pensado que quizás, si eliminamos de la memoria de todos y cada uno de los seres del Universo el dolor provocado por la guerra, todo volverá a su cauce. –comentó entusiasmado Sansāra.– Si no recuerdan el dolor, los seres vivos podrán volver a ser felices.

-Más si no recuerdan el horror causado por esta guerra, quizás en un futuro se puedan repetir estos sucesos. –contestó preocupada Samna– Además, ¿cómo demonios queréis sustituir los recuerdos de las pérdidas de los seres queridos en una guerra? ¿Qué otro tipo de recuerdos queréis implantar?

-Como bien es sabido, un alma que muere en el terreno físico descenderá al reino de Syāma para someterse a la prueba del Inframundo hasta que esté lista para volver a la vida. No podemos romper ese ciclo establecido por mi madre, ni podemos traer a la vida a ningún fallecido, pero sí que podemos cambiar el recuerdo de cómo esos seres queridos se marcharon y poner en su lugar un recuerdo menos doloroso.

-¿Y qué ocurrirá con la remembranza de vuestro perverso hermano? –cuestionó Samna intentando conocer todos los detalles del plan del Dios del Cosmos.

-Pienso que si le olvidan, el poder del Caos perderá fuerza y dejará de ser un problema.

-Así que si nadie se acuerda del poder del Caos, creéis que este menguará, ¿yerro?

-Así es.

Samna reflexionó en silencio unos segundos sin apartar la vista del gran ventanal. Se concentró para intentar conectar con su otro yo, con la Dama Mānas que reposaba en ese fragmento del Alma Etérea de su interior. Necesitaba algún indicio para saber si lo que su Señor le pedía era posible; además quería saber lo más importante que era conocer cuáles podían ser las posibles consecuencias de tamaña empresa. Sansāra la miraba con la impaciencia que tiene un niño antes de abrir un regalo que acaba de recibir; deseaba fervientemente arreglar todas las desgracias causadas por el conflicto con su hermano y tras mucho cavilar, resolvió en que Mānas era la única que tenía capacidad para ayudarle. Era su única esperanza. Si no conseguía lo que quería, cargaría con el peso de la culpa eternamente. Aquella idea le aterraba ferozmente pues sabía de buen grado que las dudas o el miedo eran una puerta perfecta para que el poder del Caos volviera y corrompiera su voluntad.

-Mi Señor, –habló Samna resolutiva– como Guardiana Celestial que soy creo que sí que tengo una respuesta a vuestra petición. No obstante, la tarea que queréis emprender puede que traiga severas consecuencias. Cierto es que el Universo olvidará todo lo que ha ocurrido, mas deberéis estar vigilante para proteger el orden establecido, y tendréis que hacerlo todo solo.

-Entiendo. –respondió obediente Sansāra.– ¿Qué he de hacer estimada Dama Mānas?

-Poned atención. –Sansāra asintió y escuchó atento a la voz neutra y seria de Samna– Primero debéis buscar un orbe antaño bautizado por vuestra madre con el nombre de Terra. Allí, dirigíos a las tierras del Nilo, donde tendréis que buscar un material conocido por el nombre de gypso. Se trata de una suerte de polvo de color blanco que una vez fraguado suele usarse para escribir mensajes efímeros sobre una superficie pétrea y oscura. Después necesitaréis reunir las pertenencias que os queden de quien queráis olvidar y reducirlas a cenizas. Una vez obtengáis esas cenizas, deberéis mezclarlas con el gypso. A continuación, tendréis que añadir siete gotas de vuestra propia sangre e introducir todos los elementos en un reloj de arena vacío. Y finalmente al caer la noche de la próxima luna llena deberéis dejar que la arena del reloj caiga paulatinamente a la vez que recitáis el conjuro que os entregaré.

Samna tendió su mano derecha con la palma hacia arriba. Un brillante destello rosado centelleó y al disiparse apareció un pergamino enrollado y sellado con una arandela de plata. Sansāra tomó el rollo, lo abrió y pudo leer:

Para deshacer lo dicho,

y desandar lo andado.

Para que lo acontecido,

sea aniquilado.

Con este conjuro, futuro y pasado,

al mar del olvido,

quedarán desterrados.

-Repetid el hechizo entre susurros hasta que toda la arena haya caído. –siguió explicando Samna– Después os veréis sumido en un profundo sueño y al despertar, si habéis realizado correctamente el hechizo, el Universo habrá olvidado todo lo que vos queráis.

-Gracias Dama Mānas, más tengo que pediros un último favor.

-¿Qué más puedo hacer?

-Si bien quiero que todo ser viviente en el Universo olvide todo lo relacionado con la guerra, necesito una salvaguardia.

-¿Qué queréis decir? –preguntó Samna sin entender del todo esta nueva petición de su Señor.

-Yo solo no podré mantener el orden, pues hay una tarea que no puedo llevar a cabo ya que mis poderes no son compatibles con ello. –relató Sansāra algo preocupado– Necesito que al menos uno de los Guardianes Celestiales lo recuerde todo pues ese trabajo específico recaerá sobre su poder.

-Recordad que cualquier tipo de magia implica la voluntad del que lanza el hechizo. Sois el Dios del Cosmos, Sansāra, el que ha librado al Universo de ser engullido por el caos. Vuestra voluntad os concederá el milagro que anheléis. Tan sólo debéis desearlo de todo corazón.

Sansāra asintió con el semblante serio, agradeció a Samna una vez más por compartir su sabiduría y se dispuso a marchar para emprender su última hazaña, la que él esperaba que trajera dicha y alejara el dolor. Justo antes de perderse tras el umbral de salida de la casa de la adivina, ésta lo detuvo y le preguntó:

-Mi Señor, ¿puedo saber para quién deseáis la salvaguardia del hechizo del olvido?

-Si bien agradezco todo lo que los Guardianes Celestiales habéis hecho y sacrificado por el equilibrio y por mí, prefiero que nadie sepa quién va a cargar con dicha tarea.

Al terminar, Sansāra desapareció en la espesura del bosque que rodeaba el antiguo caserón de Samna. La mujer lo observó cómo se perdía de vista y concluyó que había llegado el momento de usar una última vez el poder de la Dama Mānas. Cerró la puerta de su vieja casa a esperar la llegada del hechizo del olvido. Ciertamente, estaría preparada para recibirlo.

 

Fragmento del Libro de Sārva.

“¡Quiero impregnarme de tí!”

¡Hola a tod@s! Oficialmente estamos en período de cuarentena o confinamiento por el patógeno ese… ¡Voldemort! O no sé… En fin, que estando esta tarde en casa, he hecho un ejercicio de memoria de ese sueño mágico y erótico que he tenido justo antes de despertar esta mañana y he intentado ponerlo en un texto que es el que sigue. Lo voy a poner en la categoría de “Cuentos de Invierno” por ese carácter fugaz y efímero que tienen los sueños y mis cuentos. Quizás en un futuro sea la vivencia de alguno de los personajes de Onyria, ¿quién sabe? ¡Espero que os guste!  

____________________________________________________________________________________________

Todavía estoy sumido en ese estado etéreo entre el reino onírico y la vigilia previa al despertar, pero siento su presencia cerca de mí. Su olor corporal se me ha pegado a la piel y cada vez que respiro noto como todo su ser se cuela por todos y cada uno de mis poros colmándome de un éxtasis volátil, sutil, y delicado. Arrastrado por la pobre luz anaranjada de los fanales que se cuela por las rendijas de la persiana, abro poco a poco los ojos para comprobar que está ahí, observándome. ¿Cuánto rato hace que me mira? Mi corazón se lanza a una desbocada carrera mientras noto como el calor enrojece mis mejillas.

Él se incorpora y sacude su cabeza haciendo que su salvaje melena ondee libre y mágica terminando sobre su rostro cubriéndolo y otorgándole un aspecto misterioso, sensual y peligroso. Sus labios dibujan muy lentamente una alargada y pícara sonrisa. Me indica con un lujurioso susurro que quiere que me acerque a él; sus fuertes brazos me acogen en una fortaleza inexpugnable, cálida y suave. Nos miramos y noto como sus ojos se hunden hasta lo más hondo de mi ser atravesando capas de piel, carne, huesos, cartílago, sangre y órganos hasta acariciar mi alma que tiembla derrotada por el deseo. Mi boca le busca y su aliento se cuela en mi interior mostrándome el camino hacia la unión más profunda que dos seres pueden tener. Mis brazos rodean su nuca para que mis manos puedan enredarse con su frondoso pelo, mientras él recorre todos y cada uno de los rincones de mi espalda con sus poderosas manos haciéndome estremecer y arquear la espalda en una bonita y erótica figura.

Sus labios corresponden a los míos con gran ahínco y comienza a poseer poco a poco todo mi ser como una terrible criatura roba almas. Al poco sus grandes manos descienden hasta mi cintura y me ruega con fuego en la voz que me dé la vuelta. Como a cámara lenta, sin quitar la vista de sus labios de perdición y con un hirviente anhelo, me volteo y dejo recaer mi espalda sobre su fornido pecho, a la vez que sus poderosas manos se cierran cual garras sobre mi cintura. Su boca caliente se posa delicada sobre mi cuello y noto como sus colmillos se clavan sensuales en la piel y casi la atraviesan. Un gemido, fruto de la instintiva mezcla entre el dolor y el placer se me escapa atravesando mi garganta. “Lo quiero todo de ti” dice con un gruñido ronco y sexual. “Tu cuerpo, tu calor, tu piel, tu sudor, tu olor, tu sexo, tu sangre…” Sus palabras se filtran por mi oído, recorren toda mi anatomía haciendo que mis músculos se retuerzan encarcelados en ese abrazo carnal y oscuro. Inclino mi cabeza hacia atrás hasta que topa con su hombro y pongo de nuevo mi mirada sobre la suya que está casi oculta entre la penumbra de su indómita melena; sus ojos brillan con un destello de celo, su sonrisa me atrapa en un lascivo hechizo.

Me inclino hacia delante hasta quedar tumbado boca abajo, él me acompaña y recuesta su sensual y ardiente cuerpo sobre el mío para unirnos en una fusión tanto carnal como espiritual. Ambos dos nos impregnamos el uno del otro con lujuria. El universo desaparece, sólo quedamos nosotros dos. Nuestros cuerpos desbocados y atravesados por electrizantes impulsos nos llevan al culmen de la unión y estallamos en una vorágine de éxtasis elevado que nos lleva después a caer rendidos sobre el colchón.

Nuestra respiración es rápida y entrecortada. Una gota de sudor se desliza perdida por mi nariz. Él la recoge con su pulgar , se la lleva a la boca y la degusta de forma obscena. “Ya sabes que lo quiero todo de ti.” afirma triunfante.

Aura Anaranjada

En esta ocasión quiero compartir un texto que escribí no hace muchos días sobre un personaje misterioso, mágico, divino… El personaje en cuestión forma parte del universo de Onyria, sin embargo el texto en sí aparecerá en las 2 secciones principales del blog; esto se debe a que el texto es tan sólo una presentación de dicho personaje, como una especie de trailer o teaser. Además el formato del texto en sí es más propio de la sección Cuentos de Invierno que de la de Sueños de Onyria. En todo caso, espero que lo disfrutéis y que os guste. 

____________________________________________________________________________________________

 

“¿Qué demonios es ese fastidio de luz?” Protesté con una mezcla de ira y pereza en la voz ronca de quien recién se acuesta para dormir y algo o alguien le abstrae de dicho proceso. Importunado, me levanté del sillón y me dirigí a la ventana del salón; observé a través del cristal y vislumbré en lo alto de un peñasco cercano el origen de mi desazón. Se trataba de una brillante luz anaranjada que refulgía con un extraño y atrapante candor. “¿Pero qué demonios es esa cosa?” Como atraído por el destello naranja salí de mi humilde pero seguro hogar y me lancé a la caza del misterio. Ascendí a buen paso por aquella geografía rocosa y poco poblada, hasta llegar a la cima del peñasco donde el viento me golpeó rechazando mi presencia. Entrecerré los ojos y puse mis manos frente a mi rostro a modo de protección para poder seguir avanzando hasta el fulgor aloque.

        “¡Benditos Dioses! ¿Qué es eso?” Mi corazón dio un vuelco ante la imponente visión que presencié al llegar a lo alto de la peña. Normalmente en aquel lugar apartado del mundo, prácticamente en la cima de este, solía reinar una calma impasible y tranquila; un roble antiguo con el tronco ennegrecido por el paso de las eras era el único habitante de aquel paraje. Sin embargo, esa noche recibió una alucinante visita. La extraña luz anaranjada provenía del aura de un ser que califiqué como celestial; la brillante y llameante energía que lo rodeaba se elevaba tan alto como el cielo y fulguraba envuelta en el más grande de los misterios. Aquel ser tenía una apariencia humana, concretamente de un hombre joven, bastante alto y delgado. Tenía el pelo del color del fuego y este bailaba libre, en el aire, alborotado por el poder que surgía de su propio cuerpo. No podía distinguir del todo bien sus facciones puesto que estaba de perfil, pero sí que pude ver que lucía una perfecta y cuidada perilla pelirroja; desde ese mismo lado, pude comprobar que su ojo izquierdo estaba cubierto de un maquillaje negro que se lo emborronaba de una forma muy mística a la vez que pavorosa, como si fuera a traer la muerte. De su cuello colgaba una suerte de hilera de abalorios negros que serpenteaban en el aire de una forma fantasmal.

El enigmático joven iba ataviado con un singular atuendo hecho de unas abultadas pieles grises, atadas a la cintura con un elegante fajín marrón; dichas pieles envolvían parte de su cuerpo dejando al descubierto su hombro y su torso por el lado izquierdo, delgado pero firme. Sobre su piel descubierta, a la altura de la clavícula y sobre su costado podían distinguirse algunas líneas a modo de tatuaje con algún texto que no lograba leer desde mi posición. Del fajín, pendían una pequeña hacha y un fabuloso arco sobre el que pude advertir unas deliciosas tallas con motivos florales, tales como maravillosas hiedras y otras fastuosas enredaderas. A su espalda, portaba un imponente carcaj de cuero curtido del que sobresalían unas cuantas flechas mostrando unas esplendorosas plumas carmesíes. Bajo su cintura, vestía un elegante y ancho pantalón de una tela ligera, teñida de negro. Calzaba además unas robustas botas marrones cuyo interior estaba forrado con algún tipo de lana.

A pesar de su imponente aspecto, su vista puesta sobre la hermosísima bóveda celeste que se había vestido de un gallardo negro e infinidad de brillantes, parecía un tanto entristecida. Esa conmovedora mirada tenía un deje de nostalgia, una pincelada de pesar y a la vez un brillante atisbo de determinación. Di un par de pasos hacia donde él se encontraba y vi como sus pupilas se voltearon lentamente hacia mi posición. Mi cuerpo se detuvo en seco y él giró toda su faz de una forma un tanto mecánica para mirarme. Sus ojos brillaban con un fulgor carmesí y se clavaron en los míos. En ese momento, en la boca de mi estómago noté como si fuese a caer por un profundo y oscuro abismo; sentimientos que habían dormido durante tres lustros despertaron de golpe apelotonándose con virulencia por toda mi anatomía. Mis piernas comenzaron a temblar, mis brazos se sintieron muy pesados y mi mente empezó a embotarse.

El aura anaranjada que lo envolvía decreció poco a poco, pero fue reemplazada por dos esplendorosas estrellas que centellearon a cada uno de sus flancos. Ambas estrellas se tornaron dos majestuosos y grandiosos lobos cuyos tamaños me parecieron descomunales y antinaturales. Uno de ellos era blanco con los ojos dorados y el otro totalmente negro con los ojos rojos como la sangre. Ambos animales se sentaron con porte regio al lado del joven y también pusieron sus miradas sobre mí. El muchacho separó sus finos labios para decir alguna cosa pero yo perdí totalmente el conocimiento. No obstante, mientras caía, noté un cálido abrazo que evitó que me golpeara contra el suelo.

Al despertar, me hallé en mi sillón. Ya había amanecido y el encuentro con aquel fabuloso ser quedó como un lejano sueño. Más cuando tomé consciencia de todo mi cuerpo, noté que entre mis manos había algo: una flecha cuya pluma era rojo carmesí. En la parte central del misterioso proyectil había un trozo de pergamino retorcido y anudado con gracia sobre la fina madera. Mi instinto me llevó ipso facto a abalanzarme sobre él y a desplegarlo. Descubrí que no entendía el mensaje, puesto que aparecía en una extraña lengua… Aún así, en mi mente resonaba familiar…

 

Pu ficisóet jecisni wotvu, qait eáp pu it va nunipvu. qus gewus, ¡umwófeni!

Secreto en un Abrazo

Hacía tiempo que no escribía nada para la sección de los Cuentos de Invierno y anoche antes de ir a dormir las musas me dijeron que moviera el culo y escribiera unas líneas. Es un texto escueto pero era medianoche. Os lo dejo a continuación. 

____________________________________________________________________________________________

los-abrazos_negativo

Imagen extraída de https://www.triskelate.com/ y modificada con GraphicsGale

Mi cabeza reposaba sobre su hombro, mientras escuchaba su respiración tranquila y relajada. Hice el gesto de pegarme un poco más a su cuerpo para estar aún más cerca de él y cerré los ojos con la intención de buscarle en nuestro lugar íntimo, en nuestro país de los sueños. Posé mi mano izquierda sobre su pecho y respiré hondo para impregnarme de su olor.

De pronto una horrenda y helada punzada atravesó mi mano, subió furtiva por mi antebrazo, saltó violenta mi brazo y chocó brutalmente contra mi corazón haciendo que este sintiera que se despedazaba esparciendo por todo el universo los pedazos.

Di un respingo asustado. Él se percató y preguntó si todo iba bien. Mi silencio fue la única respuesta. Lo que acababa de descubrir en su interior era demasiado profundo, tenebroso y doloroso. Tuve miedo de aceptar que lo que hallé en él podía envenenar nuestro mundo de sueños privados y entonces, resignado, resolví en decirle que tan sólo había tenido una inoportuna pesadilla. En respuesta, me abrazó más fuerte contra su pecho y trató de tranquilizarme con un cálido susurro “Yo te protejo.”.

Yo sabía que él no tenía ese poder. Una lágrima pesada cual losa de granito corrió cruel por mi mejilla.

____________________________________________________________________________________________

Enlace

Otro fragmento de los Sueños de Onyria. Esta vez la acción no transcurre en Onyria, sino en otro orbe. Una boda ni más no menos. Si algún día termino de escribir esta locura, este sería el primer capítulo. ¡Disfrutadlo!

Redoblaban campanas de júbilo por toda Eorde, pues en el Reino de Ephiria celebran las tan anunciadas nupcias del Rey Loire y la Princesa Yrena. Las cuatro torres esquineras del Palacio de Ephiria habían sido engalanadas con cuatro grandes banderas rojas cuyos bordes estaban cuidadosamente trabajados con filigranas florales de hilo dorado, obra de los artesanos de la corte que siempre trabajaban con gran arte. Las banderas mostraban con esplendor y orgullo el blasón de la Familia Real de Ephiria: en el centro un obelisco alto y puntiagudo coronado por un cuarto creciente blanco como la nieve y en la parte cóncava de la luna, lucía una generosa estrella mágica de cinco puntas con una de estas apuntando hacia abajo; todo ello exhibido sobre un fondo con forma de escudo protector ladeado de varias estrellas pequeñas bordadas a lo largo de su perímetro. Y para rematar a ambos lados del escudo se podían ver dos angelicales y majestuosas alas blancas abiertas de par en par.

Músicos de toda Eorde estaban repartidos por todo el palacio tocando en una armonía perfecta para honrar los esponsales del Rey y la Princesa. Las mandolinas, las bandurrias, los bodhrán, los acordeones, las harpas, los laúdes, las flautas y los silbatos de estaño se mezclaban con gracia y grandilocuencia invitando a los presentes a festejar, bailar y disfrutar del gran día. El palacio rebosaba de una calidez divina pues la alegría colmaba los corazones de todos los que habían sido llamados a asistir al enlace. Archiduquesas, Duques, Marquesas, Condes, Vizcondesas, Barones, Sires y Señoras de todo Eorde llenaban la sala principal del Palacio Ephiria; además no sólo la nobleza se había personado, sino también muchos de los habitantes de la capital se acercaron al lugar, pues la Princesa Yrena expresó el deseo de compartir su felicidad con todos y cada uno de los habitantes del mundo de Eorde.

En la sala principal del palacio se había dispuesto un fabuloso altar de mármol, decorado con telas rojas y moradas, los colores de la Casa Real de Ephiria y de la Princesa Yrena respectivamente. En ambos extremos del altar había dos grandes ramos de flores variadas, de entre las cuales, en la parte más alta sobresalían cuatro hermosas rosas rojas. En el centro del altar sobre las telas reposaba una cinta de seda blanca, junto a una vasija tallada a mano de una calabaza y dos vasitos de trago hechos de un cristal fino y colorido.

A la espera de la llegada de los novios, algunos invitados murmuraban disimuladamente y otros comentaban alegres sobre la fabulosa iluminación de la sala, producida por el efecto de los rayos del sol que entraban por los magníficos rosetones con decoraciones florales que vestían las paredes de casi toda la estancia. De pronto, la música que sonaba alborozada por todos los rincones del castillo se detuvo al igual que el potente y jubiloso tañido de las campanas de palacio. Los asistentes detuvieron sus conversaciones en seco para prestar atención al umbral de entrada a la sala; todo el palacio y la capital quedaron en un silencio solemne que precedería a la celebración.

La primera en cruzar el umbral de la sala fue Haba, la Vestal de Sansāra, quien oficiaría el enlace. Era una bellísima joven cuya piel era color canela, tenía el rostro redondeado, una nariz recta y regia, unos preciosos y enormes ojos verdes que brillaban con serenidad, una larga melena de ébano, bien rizada y frondosa cubierta por un velo de tul blanco que tenía engarzados con gran destreza varios pequeños brillantes blancos; además, la muchacha poseía un porte elegante y suelto. Llevaba un vestido blanco que dejaba sus hombros al descubierto al igual que sus pies que llevaba descalzos; en la cintura tenía una gallarda y gruesa cuerda dorada anudada a su lado derecho que le daba un aire excelso. En sus brazos, concretamente a la altura de los codos, llevaba dos manojos de elegantes aros dorados que tintineaban a cada paso que daba. De su cuello, colgaba una discreta joya de cristal tallada en forma de lágrima con una cadena también de oro. En su mano derecha sujetaba un ramo de brezo de lavanda blanco. Caminó hasta estar frente el altar, una vez delante se arrodilló y unió sus dos manos situando el brezo de lavanda blanco a la altura de su frente. Cerró los ojos y rezó. Rezó al Señor del Cosmos, Sansāra para que bendijera el lugar, la ceremonia que iba a sucederse, los futuros esposos, los asistentes y todos los habitantes de Eorde no presentes. Cuando terminó, se levantó, separó las ramas de brezo de lavanda blanco y las dispuso ceremoniosamente una a una, de izquierda a derecha sobre las telas rojas y moradas del altar. Después lo rodeó y se puso frente a éste mirando a los asistentes. Retiró de su pelo con delicadeza, el velo de tul blanco que retorció hasta convertirlo en una cinta ancha; después, usando ambas manos juntó su espesa y negra melena en una cola que ató con la cinta de tul tras lo cual posó las palmas de sus manos sobre el altar y con aire solemne pronunció: “¡Qué dé comienzo el enlace!”

Fue entonces cuando el Rey Loire de Ephiria entró al salón principal a la vez que los músicos de toda la corte retomaban su tarea, no obstante la melodía que ahora tocaban era una honorable y rítmica marcha militar cuyo compás acompañó a su Majestad hasta el altar. El monarca desfiló elegante luciendo un atuendo ceremonial especialmente diseñado para ocasiones de tal importancia. Se trataba de una armadura plateada con todos y cada uno de los bordes que conformaban las articulaciones, decorados con hendiduras de oro. La armadura estaba formada por un gorjal que llevaba cuidadosamente grabado el escudo de la familia real sobre cada uno de los pectorales. Las hombreras en sus extremos laterales estaban copadas por unos picos, un tanto curvados hacia adentro, en forma de alas de las cuales colgaba una tela fina y elegante de color rojo a modo de capa. La loriga terminaba en un volante de cuero teñido de dorado y rojo, bajo el cual el rey llevaba un sobrio pantalón negro. También portaba unas grebas y unos escarpines puntiagudos y distinguidos. En su cabeza, el rey portaba una vistosa corona de plata que quedaba especialmente harmoniosa con su larga melena ondulada y rubia. El Rey Loire de Ephiria se paró frente al altar y sonrió a modo de saludo a la Vestal quien le devolvió la sonrisa con un deje de alegría en la mirada. Haba, alzó su mano derecha en el aire e hizo un ademán rápido cerrando el puño, a lo que los músicos respondieron rebajando gradualmente el volumen de sus notas hasta quedar de nuevo en silencio. La Vestal posó otra vez ambas manos sobre el altar y una nueva música arrancó, siendo esta vez una alegre tonada que invitaba al baile. Siguiendo el ritmo de esta festiva música, Haba tomó la calabaza para sacudirla y acto seguido verter con gracia el brebaje que ésta contenía en uno de los dos vasitos de cristal.

Mientras Haba se bebía de un trago el contenido del vaso, la Princesa Yrena se personó en la sala cruzando el mismo umbral que su prometido. Normalmente, la fastuosa presencia que tenía aquella bellísima mujer solía acaparar la atención de todos los presentes; como era de esperar en esta aparición pública todos quedaron más que extasiados, mucho más que de costumbre. La Princesa Yrena vestía un esplendoroso, elegante y largo vestido de chiffon rojo, con un magnífico y vertiginoso escote tipo barco que acentuaba sus ya de por sí divinos rasgos físicos. Su gallarda vestimenta deslumbró al público con los sobrios volantes que colmaban la falda y con los brillantes abalorios que decoraban los bordes de la tela con motivos florales. Yrena llevaba un peinado acorde con sus galas: tenía su larga melena castaña recogida en un perfecto y esférico moño copado con una bellísima y trabajada trenza la cual había engalanado con una diadema de dalias rosadas. La refinada Infanta desfiló por la sala acompañada por el frufrú del vestido, hasta que llegó frente al altar donde su prometido la esperaba con el corazón colmado de felicidad. Yrena saludó al Rey con una sonrisa regia y se giró hacia el altar frente a Haba a quien saludó guiñándole un ojo.

La Vestal de Sansāra levantó sus manos del altar, las volteó con las palmas hacia arriba pidiendo al Rey y la Princesa que las uniesen a las suyas. Tras darse la manos, Haba pronunció solemne: “Ephirianas y Ephirianos, habitantes de toda Eorde, Damas y Caballeros, Niñas y Niños, en este venturoso día nos hemos reunido en la Sala Principal del Palacio de Ephiria, la morada de nuestro amado Rey Loire para celebrar la unión entre nuestro monarca y la Princesa Yrena. Unión que será bendecida por los poderes que me han sido concedidos como Vestal Sagrada del Todo Poderoso Sansāra.” A continuación Haba unió las manos del Rey y la Princesa, tras lo cual tomó la cinta de seda blanca que había sobre el altar y la anudó a sus muñecas grácilmente con un precioso lazo. Acto seguido la Sacerdotisa Sagrada tomó la vasija de calabaza para volver a sacudirla con brío y después servir su contenido en los dos vasitos de trago de cristal fino. Ella tomó un nuevo trago y ofreció a los novios el otro mientras habló: “Así como el brezo de lavanda blanco sobre sus colores les brindará protección contra enemigos, el color del vestido de la novia traerá prosperidad y las dalias felicidad, nueve tragos por los esposos han de ser tomados, pues la suerte los acompañará si comparten de un número impar el contenido exactamente igual para cada uno.”

Con la mano que aún tenía libre, el Rey Loire ofreció a la Princesa Yrena el primer trago quien lo bebió sin respirar, tras lo cual dejó el vaso sobre la mesa con un sonoro golpe a la vez que profería un alarido gutural y festivo. Acompañando ese gesto, los músicos de la corte volvieron a tocar una pieza jubilosa y rítmica. Haba sirvió un segundo trago en el vaso y esta vez fue la Princesa Yrena que se lo ofreció a su novio, quien con una sonrisa picarona bebió de una vez el licor, profiriendo acto seguido un escandaloso pero jaranero rugido. Continuaron ese ritual hasta que ambos hubieron bebido cuatro vasos cada uno del licor que les ofrecía la Vestal Sagrada. Así pues, Haba sirvió el noveno vaso el cual fue compartido por los novios de forma totalmente equitativa. A continuación Haba retiró la cinta de seda blanca de las muñecas de los novios y proclamó: “¡La Divina Providencia del Todo Poderoso Sansāra ha revelado que los novios tendrán una vida próspera y feliz! Así pues, por el poder que me ha sido otorgado, yo Haba, Vestal Sagrada de Nuestro Señor del Cosmos, os declaro Unidos en Matrimonio ¡Podéis besaros!”

La Princesa Yrena y el Rey Loire se fundieron en un romántico beso rodeado de los aplausos de todos los presentes y acompañados por la grandilocuente música que seguía sonando. Haba rodeó el altar para ponerse frente a los esposos; en sus manos llevaba los dos vasos de cristal. “Majestades, aquí tenéis los vasos de vuestra unión. Debéis romperlos contra el suelo para conocer cuán grande será vuestra felicidad”. El Rey Loire agarró uno de los vasos y lo entregó a Yrena. Después agarró el segundo. Los recién casados se miraron con felicidad mientras Haba se hacía a un lado. Los esposos alzaron los vasos para seguidamente estrellarlos contra el suelo. Ambos vasos estallaron dejando en el suelo siete trozos irregulares que centelleaban con varios colores por el efecto de la luz de la sala. La Sacerdotisa, tras contar los pedazos de cristal proclamó: “¡Siete serán sus alegrías!” A lo que todo los presentes respondieron con gritos alegres y cantos divertidos. Tras la ceremonia, se celebró un banquete en palacio en el que hubo grandes panes horneados con motivos florales especialmente creados para la ocasión por los panaderos de la capital Ephirianka, platos de un exquisito bacalao de las costas norteñas de Winteria, asados de caza mayor de los frondosos bosques de Dantaria; delicias de hojaldre endulzadas con la miel y los frutos secos del país de Aridia además de los vinos y los licores más célebres de las Islas Ardientes.

Fue una celebración recordada por muchos años, pues se escribieron canciones y poemas loando los actos de la boda que duró tres días con sus tres noches. El matrimonio del Rey Loire de Ephiria y la Princesa Yrena fue realmente feliz durante largo tiempo, sin embargo, tan sólo dos días después de las nupcias, en el corazón de la Princesa se instaló una aciaga sombra, la cual amenazaba con crecer y crecer hasta devorar toda aquella alegría.

Fragmento del Libro de Sârva

Cosmogénesis

Negro…

Vacío…

Silencio…

Ausencia de vida…

Nada absoluta…

De pronto, como quien despierta sobresaltado de una intensa pesadilla, ella abrió los ojos de par en par con las pupilas grandes, hermosas, intensas y doradas brillando tras un abundante y espontáneo mar de lágrimas.

Confusa, parpadeó varias veces intentando entender qué ocurría, sacudiendo con ese gesto el descomunal entorno vacuo y desprovisto de vida que la envolvía cruelmente; a su vez las lágrimas cayeron como colosales y violentos torrentes que rompieron la negrura del silencio, sentando las bases para algo nuevo en el proceso.

Un suspiro que viajó desde lo más profundo de su ser, cruzando con avidez y recorriendo frenéticamente su interior hasta ser expulsado por su boca, llenó mágicamente la reinante oscuridad de una infinidad de esferas brillantes que centellearon por doquier, llenándola de una nueva esperanza.

Poco a poco tomó conciencia de todo su ser –como ya había ocurrido infinidad de veces antes– sus manos, los principales artífices de todo se pusieron en marcha para dibujar un nuevo universo. Ya no recordaba cuántas veces había ocurrido o cuántas veces todo había vuelto a su comienzo, sin embargo tenía una cosa clara: esta vez todo sería distinto, esta vez sería la definitiva, la última.

A pesar de su decisión, una voz familiar, proveniente de algún punto desconocido tras de sí le susurró al oído: “Una vez más, tú comienzas el ciclo y yo lo termino, hermana.”

Sus omnipotentes manos ahondaron con titánica fuerza en el interior de su útero caliente, a través de las capas de piel divina, de la carne mística, de sangre de la creadora, de donde extrajo la más brillante estrella de todas las estrellas: su propia alma. Una vez más, el fulgor de la creación centelleó frente a sus omniscientes ojos en un baile hipnótico, frenético y ávido de SER. Sus poderosas manos se asieron con firmeza a ambos laterales de la resplandeciente esencia divina para partirla en dos. Un gemido de dolor restalló a lo largo y ancho de aquel nuevo universo que estaba naciendo. Trece chispas celestiales salieron despedidas difuminándose en la negrura.

Sobre la palma de su mano izquierda refulgía la esencia del cosmos. “Sansāra…” susurró la creadora.

Sobre la palma de su mano derecha resplandecía la esencia del caos. “Avyasthā…” murmuró la creadora.

Simultáneamente, ambas estrellas tomaron una nueva forma cada una, similar a la de la creadora y ella, con su sabia e imponente pero maternal voz les habló:

“Sansāra, con el poder con el que has nacido, deberás dar forma a tres elementos: primero, la diacronía, para que la historia del universo pueda sucederse. Segundo, los seres vivos, para que puedan dar continuidad a la historia del universo. Y tercero, la razón, para que los seres vivos aprendan, se desarrollen y mejoren el universo y la historia.”

“Avyasthā, con el poder con el que has nacido, deberás dar forma a tres elementos: primero, el espacio, para que la historia tenga un lugar organizado en el que ocurrir, un lugar en el que habrá mundos donde vivirán los seres vivos. Segundo, la muerte, para que haya siempre un equilibrio de almas en todos los mundos. Y tercero, la pasión, para que los seres vivos además de pensar sean capaces de sentir.”

Y así fue:

Sansāra partió en tres su alma. A la primera parte la llamó Vinqat quien tejió el pasado, el presente y el futuro. A la segunda parte la nombró Woven quien forjó la vida. Y a la tercera parte la bautizó Giswus quien ideó la razón.

Avyasthā partió en tres su alma. A la primera parte la llamó Bakasuron quien dibujó el espacio. A la segunda parte la nombró Durgon quien personificó a la muerte. Y a la tercera parte la bautizó Lavanon quien creó los sentimientos.

Y así se formaron uno a uno los orbes que se juntaron alrededor de la estrellas, creando las galaxias infinitas todas ellas, dando así punto final al nacimiento del nuevo Universo. La Creadora, observó con su sabia y maternal mirada aquella esplendorosa obra que habían creado ella y sus descendientes. Los orbes crecieron, desarrollaron historias, los seres vivos aprendieron e hicieron del Universo su hogar.

Con el paso de las eras, la Creadora se colmó de dicha, hasta que un día, la voz oscura que venía de algún lugar lejano, detrás de ella, susurró de nuevo: “El ciclo llega a su fin” y una estrella se apagó arrastrando al olvido todos los orbes que la rodeaban, condenando a la oscuridad a todos sus seres vivos, devolviendo su existencia a la nada más absoluta. La Creadora no iba a permitirlo esta vez. Buscó el origen del que provenía la voz fatal por todo el Universo y más allá. Recorrió todas y cada una de las galaxias, miró tras la infinidad de estrellas y en el interior de los incontables orbes, sin suerte. Y la voz susurró de nuevo: “Los orbes deben volver a la nada” y otra estrella fue sepultada bajo el manto del final llevándose todos y cada uno de los orbes de sus cercanías. Fue entonces cuando la Creadora reconoció el lugar del que provenía la voz de la destrucción. Se giró y detrás de ella la vio: un ser divino, parecido a ella, con brillantes ojos plateados que se clavaron en los de la Creadora con fiereza.

¿No me recuerdas? –habló

-¡Hermana! –contestó la Creadora

-¡Así es Sārva! –continuó la diosa de ojos plateados– Soy Sūnya, la Nada. Ya sabes cuál es mi cometido.

-¡No por favor! ¡Otra vez no! –protestó Sārva a la vez que su dorados ojos se llenaron de cólera

-Pero así ha de ser. –resolvió Sūnya apuntando con su poderoso dedo índice de la mano derecha a otra estrella de la lejanía que se extinguió borrando otra galaxia más– Es como funcionan los ciclos divinos: tú creas y yo destruyo.

-¡Esta vez no! –rechazó Sārva llevándose su dedo índice frente a sus labios para besarlo con suavidad. Acto seguido se lanzó sobre Sūnya y posó su dedo encantado con magia divina sobre su frente. Los párpados de la Destructora cayeron pesadamente sobre sus resplandecientes ojos y quedó sumergida en un profundo letargo del que jamás debiera despertar.

Sārva tomó en brazos a Sūnya recostando su cabeza sobre su pecho. Las lágrimas comenzaron a caer de sus dorados ojos en muestra de desesperación y dolor. Seguidamente, dando uso a sus omnipotentes manos Sārva rasgó el tejido del Universo abriendo un portal que llevaba a un lugar prohibido, allende de los tiempos, del espacio, de la vida, de la muerte, el lugar donde abandonaría a Sūnya para que no pudiera regresar y seguir con su destrucción. Después cosió la herida del Universo con sumo cuidado para que nadie supiera de la existencia de ese lugar ni de su hermana.

“Espero que puedas perdonarme” murmuró con la mirada inundada.

 

Tras aquello, Sārva decidió retirarse a uno de los orbes que más le gustaba para disfrutar de la eternidad rodeada de sus preciadas creaciones. De esta forma el Universo y todos los seres vivos seguirían progresando y ella podría ayudarlos.