Otra vez Diciembre..

De nuevo diciembre… Las calles se inundan de restallidos de mil colores, de alegres tonadas evocando el espíritu navideño y el frío no logra hacer mella alguna en los cálidos corazones de la gente que espera las fechas señaladas para reunirse con la familia y volver a verse con amigos que parecen perdidos durante el resto del año. Se respira un grácil ambiente en todas partes, las chimeneas chisporrotean con algarabía, los niños juegan, cantan y sueñan con que sus deseos se hagan realidad durante una de las noches más mágicas del año…

Ajenos a la terrible verdad que se oculta tras tanta felicidad…

Hoy día descansamos durante la vigilia de navidad pues nuestros sueños están velados por un ente místico que todos tenemos en nuestras casas y en nuestras ciudades: Ese majestuoso e imponente abeto adornado con excelentes gustos y colores vistosos. No es tan sólo un elemento decorativo, no.

Eones atrás, cuando el mundo todavía era joven, durante una vigilia de navidad una gigantesca sombra trajo dolor, desgracia y destrucción al mundo, una tiniebla ensombreció los corazones de todos los seres del mundo, una profunda oscuridad embrujó los sueños de las personas tornándolas en las más horrendas pesadillas. Esa penumbra no tenía nombre, ni forma física, ni siquiera los mismísimos dioses sabían qué era aquella cosa que estaba causando estragos en su universo y para cuando quisieron intervenir, la entidad lo había cubierto todo en su negro manto impidiéndoles poder repelerla.

No obstante, entre toda esa espesa oscuridad, un minúsculo atisbo de esperanza destelló un brillo dorado en el fondo de un corazón. Aquella luz casi imperceptible fue creciendo poco a poco contagiando su poder al resto de la humanidad quien encontró la forma de desterrar a la sombra. En el norte, muy al norte, donde el cielo y el mar casi se unen en el horizonte, bajo una furiosa nevasca, un grupo de personas se adentraron en un bosque, antaño vivaracho pero ensombrecido en aquel día, para buscar el abeto más sano y más alto. Una vez frente aquel enorme árbol, comenzaron su ritual de esperanza en el que procedieron uniendo sus manos rodeando al majestuoso pino, para acto seguido comenzar a cantar. Sus voces se fueron acoplando una a una con un ritmo hipnótico; a cada minuto que pasaban entonando fueron ganando más y más confianza.

La sombra respondió tornando la furiosa nevasca en una terrible y violenta tormenta invernal con un viento del norte que cortaba como el cristal, pero el conjuro ya estaba a punto de terminar. La penumbra se veía cada vez más débil e iba desapareciendo gradualmente tras la corteza del magnífico abeto que se convertiría permanentemente durante los eones a venir en su celda.

 La oscuridad se disipó completamente del mundo y quedó atrapada en el árbol que tornó su tronco de un color azabache profundo, oscuro como una noche de luna nueva. Acto seguido, los valientes colgaron desde las más bajas ramas hasta lo más alto de la mismísima copa unas preciosas esferas doradas y rojas que contenían sus más bellos sueños, sus más profundos deseos y sus más grandes esperanzas a modo de sello mágico.     

El Trino del Diablo

 

…a medida que el frenético movimiento del arco sobre las cuerdas producía las estridentes notas, del violín surgía una extraña luz rojiza. Una suerte de aura de color carmesí que rodeaba el instrumento como si lo estuviera controlando; a su vez, el violinista aceleró cada vez más sus movimientos. Parecía que se había vuelto completamente loco, pues sus ademanes eran casi presa de una histeria increíble y su negra melena echada sobre la cara no dejaba ver su expresión; en realidad lloraba cruelmente abrumado por el pánico pues la melodía que brotaba del violín no era la que él había compuesto, si no una más complicada, llena de trinos inaudibles y de acordes imposibles. La sonata se volvía tremendamente insoportable para sus oídos, sus dedos ya no aguantaban la agobiante presión sobre las cuerdas, toda aquella situación infernal se alargó tan sólo unos minutos, pero bastó para que pareciera una tortura de algún círculo del infierno de Dante; finalmente, una de las cuerdas del violín se rompió emitiendo un incómodo pero a la vez liberador sonido, hiriendo de un leve corte en la cara al violinista que le hizo recuperar el control de su cuerpo y dejó caer la herramienta al suelo.

 Después, tan sólo advino el silencio…

 El violinista, con la garganta severamente compungida y los ojos abiertos de par en par que mostraban sus capilares rojas e hinchadas, miró con espanto el violín y éste no tenía ni un rasguño, ni siquiera la cuerda que le había provocado esa herida que le escocía de forma obscena estaba rota, de alguna forma había vuelto a su sitio como si nada hubiera pasado. El aura carmesí alrededor del violín se había disipado y parecía no haber existido jamás. Al poco, una oscura y profunda voz resonó en lo más hondo del cráneo de aquel hombre, rebotando pérfidamente y resonando con una tenebrosa carcajada.

 “El Trino del Diablo está completo. Ahora tendréis fama y reconocimiento, pero a cambio ya sabéis qué quiero.”

 El cuerpo del hombre se desplomó pesadamente sobre el suelo, quedando en su rostro una horrenda expresión de terror imprimida en un rigor inmóvil y pavoroso…

El Sueño - James Marshall

Gravado de James Marshall que ilustra al compositor Giuseppe Tartini teniendo un sueño en el que el Diablo le compone su sonata.

El Árbol del Mal

          Camino sin rumbo fijo por calles inundadas de un implacable sol estival que alegra a las masas, más mis pasos arrastran una cadencia de penurias; la vista perdida en un mar de frustraciones e inseguridad que riegan y alimentan el miedo que germina de las semillas del dolor. A mi paso el rígido pavimento cimentado y laboriosamente manufacturado se resquebraja con crueles crujidos que helarían la sangre de los más valerosos y dejo tras de mí una estela de destrucción que se hace notoria también en las plantas y árboles que se cruzan en mi paseo: sus hojas se secan y caen, sus tallos y troncos mueren y se pudren transformándose en grotescas tumbas vegetales que dan la bienvenida al desastre.

          El aura negra que surge de lo más profundo de mi corazón no cesa de agrandarse y sin prisa pero sin pausa devora incansable mi cuerpo y mi mente y desaparezco de este mundo dejando paso a un monstruoso engendro vegetal. Me desplomo sin alma, de cuclillas en el suelo que se hunde con mi peso e invoca al caos más absoluto. Del fondo de mi ser brotan las malignas raíces que se arrastran veloces y extremadamente dolorosas por mis venas, dirigiéndose a mis extremidades para romper con violencia mi piel y clavarse en el suelo que se pudre irremediablemente nada más tomar contacto. A continuación mi cuerpo se recubre de una corteza propia de un roble, dura, rugosa, irregular pero de un color negro uniforme y desagradable, formando un verdadero tronco que crece y crece… y crece… y crece… y crece hasta límites insospechados. Las despiadadas raíces se afianzan firmes en las profundidades de la tierra dando una diabólica estabilidad al terrible árbol. La alta y maquiavélica copa se viste siniestramente de miles de millares de hojas puntiagudas, hostiles, de tonos rojizos y oscuros que lejos de producir vida amenazan con su sola presencia. Las ramas se arremolinan desordenadas, caóticas y amenazantes apresándome en lo más oscuro de la terrible hojarasca; su roce es dañino y algunas se clavan en mi cuerpo cual lanza en el flanco o puñal por la espalda. La sangre salpica alegre e imparable la negra corteza que la absorbe como agua de lluvia tras largos meses de sequía.

          Entre tanta maleza perversa florecen unas extrañas flores de pétalos morados y rojos pistilos como mi sangre que parecen exhalar un horroroso veneno imbuido de más semillas del dolor. Un nuevo refugio de pesar y soledad me aísla del mundo y repele con una atroz muerte a todo aquel que se acerca a intentar salvarme, y a la vez acaba con todo lo que haya a su alrededor. Las raíces siguen extendiéndose imparables bajo la tierra como una perversa plaga que va en busca de más víctimas para extender su reino de caos, tristeza y pesar. El aire en las inmediaciones del inmenso y espantoso árbol se vuelve irrespirable, ponzoñoso, mortal y todo ser vivo debe huir para salvarse. El abominable y gigantesco demonio vegetal se torna pues en un monumento al mal, a la decadencia y a la derrota, tan imponente que ahuyenta a los rayos de la luz provenientes del astro rey, incapaces de obrar el milagro de la salvación. Un grito de sosiego en el corazón del árbol se ha visto ahogado por ese mar de hojarasca tenebrosa que baila al son de una brisa pútrida y decadente.

          Sin embargo, al correr del tiempo, percibo a lo lejos, entre la discordia disonante que danza con locura, como se cuela por los ínfimos resquicios de la podredumbre un diminuto atisbo de esperanza que lucha fervientemente por alcanzar el lugar en el que soy prisionero de tamaño dolor. Es el dulce eco de tu voz que viene a rescatarme de ese océano de perdición.

Árbol Maligno

El Muerto

           Fría y yerma había sido siempre aquella tierra en la que le habían encerrado para la posteridad después de su muerte; era silenciosa y en parte confortable para los que han de descansar el resto de la eternidad, sin embargo él ya no sentía ninguna de estas cosas. No al menos hasta que algo sorprendente ocurrió: como si alguna divinidad le hubiera tocado, abrió los ojos y con gran bostezo se levantó de entre el suelo que le mantenía preso. Primero salió su mano de la tierra, escarbó un poco hacia arriba y luego surgió la otra mano. Después se abrió la tierra y emergió la cabeza, seguida del torso y luego las piernas y los pies.

            Logró levantarse por fin, echó involuntariamente la cabeza hacia atrás, porque sus vértebras hacía tiempo que no cumplían solemnemente con sus funciones. Después soltó un lamento sin palabras, de calidad lastimera y que podría erizar el vello de los brazos hasta a cualquiera de los más bravos hombres. Sus ojos provistos de una tela espesa y grisácea estaban volteados hacia la luna que lo bañó e iluminó pobremente pero lo suficientemente para ver que su cuerpo estaba en un estado tan penoso como sus aullidos. Su piel ya no tenía un tono humano, ahora era de un gris pálido como si fuera una perla sucia de tierra húmeda o limo. Su pelo se había caído prácticamente todo; toda su figura desprendía un olor acre y pugnante para el sentido del olfato y al moverse, que lo hacía muy pausada y paulatinamente, como si danzara ebrio, todos los huesos de su cuerpo, o por lo menos los que aún quedaban intactos, crujían terriblemente en una sinfónica percusión parecida a unas castañuelas mohosas.

            Caminó torpemente unos metros, arrastrando con pesadez y dificultad tras de sí su pie izquierdo; tenía los brazos caídos hacia los lados y la cabeza todavía un poco echada hacia atrás pero un poco inclinada hacia el costado derecho. Parecía no tener ni prisa ni un rumbo claro pero daba la impresión que se guiaba por un sonido que podía parecerle familiar, parecido a los sollozos lastimeros de un servicio fúnebre importante. Al avanzar un poco más, a pesar de la catarata gris que le envolvía cada uno de los globos oculares vio a más como él. Muchos más que todavía tenían restos de tierra sobre los jirones de ropa como él, muchos más con huesos que crujían al moverse como él, muchos más cuyos cuerpos desprendían hedores venenosos para el alma y los sentidos como él, muchos más que se movían parsimoniosamente guiados por su propio canto en coro de lamentos del más allá atraídos por el olor de lo que ellos ya no tienen.

  Wallpaper de Zombies

Luces y Sombras

Han pasado ya innombrables años, tantos que no recuerdo cuándo comenzó todo, ni siquiera cuándo empezó a perseguirme la sombra. Esa maldita imagen me acosa cada vez que cierro los ojos y embruja con negrura hasta lo más profundo de mi ser. ¡Pensar que tan sólo fue una mirada! Mi curiosidad lo arruinó todo y me condenó quizás hasta el punto final de esta página en blanco que es mi vida. ¡Ay de mí! Me advirtieron que entrar en aquella biblioteca era imprudente y más si se hacía una noche de luna nueva, mas los jóvenes jamás se dejan imponer las leyes de los adultos y con osadía las desafían, ajenos a lo que puede acontecer después. ¿Qué más dará? ¡Sólo será un momento! Y precisamente con ese pensamiento advino el tormento. Las fuerzas supremas que mueven la maquinaria infernal del destino mandan sobre nuestros actos y todo lo hecho recibe respuestas.

La biblioteca prohibida albergaba una vidriera que presidía magistralmente la sala principal, justamente en la entrada, dónde solían trabajar los recepcionistas y las bibliotecarias. Una espléndida obra de artesanía que desde tiempos inmemoriales mostraba la imponente efigie de una santa hasta la fecha desconocida, de rostro angelical y sereno lleno de un éxtasis divino ignoto a la gran mayoría de seres terrenales, pues sólo unos pocos son quiénes consiguen llegar a la ataraxia celestial más pura y dejar los saberes mundanos en el plano físico para perderse en un etéreo infinito. Figura dotada además de una indiscutible belleza, quizás producida por el efecto templado de su expresión. Dos enormes alas blancas propias de los serafines elegidos más cercanos a la luz suprema cubrían por completo ambos flancos como guardianes imperecederos de las puertas del anhelado y lejano paraíso. La diva del artífice iba ataviada con ropajes del color del cielo en el día más claro del verano más próspero en el que el astro rey reparte con brío y acierto sus majestuosos rayos para deleite de todas las criaturas vivas e irradiando luz salvadora a todos los rincones del orbe. No dejé ni un solo día de observarla.

Cada vez que ponía un pie en aquel edificio la figura de aquel místico ventanal saludaba con su impecable presencia, impactando de lleno en mi retina,  provocando que la contemplación más superficial atrajera a mi mente cuestiones que dormían en algún pozo oscuro de mi corazón. ¿Por qué aquella sensación de embriaguez? ¿Por qué aquellos sentimientos de admiración y a la vez desconcierto y misterio? Silencio. Pero al escuchar el ensordecedor mutismo, a lo lejos una diminuta voz interior que sonaba ronca y ahogada por la razón dijo que aquello se debía a la luz y que en la penumbra la luz se vería mucho más brillante. Ese verbo interior le dio la mano a la curiosidad y ambos dos encendieron sus motores empujados por la llave de los designios. Así pues, aquellos fatales engranajes comenzaron a instalar en mi cerebro el programa para empujarme a tener ganas de presenciar aquella magnífica efigie en la dichosa penumbra.

Los días se fueron postergando uno detrás de otro lenta pero inexorablemente, y con ellos las oportunidades de testimoniar aquel espectáculo bajo el manto nocturno se iban perdiendo irremediablemente en el capricho del flujo temporal, permitiendo así que el ansia creciera hasta niveles desorbitados. Finalmente, la fatídica noche en la que todo se torció había llegado; envuelto en una atronadora sinfonía de silencio y oscuridad logré cumplir aquel anhelo. ¡Qué un mal rayo me parta si miento! Cierto es que aquella imagen fue mucho más impresionante bajo el cielo sin luna que la primera vez que conocí a la santa desconocida. Confirmé entonces que la luz, bien cierto es que en la penumbra luce muchísimo mejor, sin embargo también averigüé la terrible verdad que cuanto más potente es la luz mayores son las sombras que esta proyecta.

Fue entonces cuando advino a mí un horror colosal que heló la sangre en la totalidad de mi fisionomía, al descubrir que aquella imagen que veneraba en secreto durante el día se había tornado en la causa de mi cruel insomnio. Toda la luz que había presenciado hasta ahora se convirtió en una honda tiniebla que aún a día de hoy no ha dejado de acosarme. Aquellas alas angelicales y cándidas cual manto níveo recién caído, eran ahora diabólicamente ramificadas, repugnantemente membranosas y de un tono grisáceo cual cielo ennegrecido por una violenta tormenta. Sus ropajes antes celestiales ahora habían sido degradados a un atajo de jirones de telas viejas, raídas, deshilachadas y negras como el tizón seco. La peor parte, sin duda alguna, fue ver el rostro de la nueva imagen, pues la luz sagrada que desprendía la gran vestal ahora lucía una macabra y esquelética sonrisa digna únicamente del cruel mensajero del mismísimo Azrael. Sus preciosos ojos dieron paso a dos cuencas oscuras y huecas, desprovistas de cualquier signo de vida y por supuesto de la serenidad de antaño.

El heraldo de la muerte dejó claro su mensaje y desde entonces ambas dos, luz y oscuridad me acompañan sin descanso alguno.

 

Rosetón Paraninfo Universidad de Zaragoza

Vidriera del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza