La Cúspide de la Ruina

Un brillante destello verdoso fulguró con fuerza para después abrir una grieta en el espacio de la que salieron expulsadas dos personas; cayeron hábilmente con ambos pies anclados al suelo y después la abertura se desvaneció al instante emitiendo un fuerte y agudo rugido.

¿Es aquí? –preguntó el hombre rubio, de facciones marcadas y dura mirada mientras entrecerraba los ojos para discernir el paisaje en el que se encontraban.

-¡Aquí es! –contestó la mujer de aspecto enérgico y de constitución atlética– Este es el último lugar al que habría querido venir, pero somos la única esperanza que queda.

-Por desgracia…

-Sí, por desgracia. Además, tenemos otro problema.

-¿Otro más?

La mujer le mostró al hombre la palma de su mano que estaba cubierta con un guante de cuero, algo viejo y que tenía los dedos descubiertos. Él abrió los ojos de par en par con una expresión un tanto amarga, al ver que sobre la mano de su compañera sólo había una suerte de polvo de cristal verdoso.

-¿Y ahora qué? –preguntó angustiado

-Pues ahora sí que tenemos sólo una oportunidad. –dijo ella con resignación. Acto seguido expuso su mano al viento y sopló haciendo que el polvo cristalino se perdiera en el aire en una danza un tanto alegre para tan agrio momento– De todas formas, desde el principio sabíamos que si fallamos en esta misión, todo estaba acabado. Así que no nos queda más remedio que ponernos en marcha y hacerlo lo mejor que podamos.

Se hallaban al pie de un lugar que habían bautizado como la Cúspide de la Ruina, un horroroso monumento a la destrucción de todos los mundos, formado por una descomunal montaña de rocas secas y afiladas, amontonadas sin ton ni son. En lo más alto de aquel inhóspito monolito creado por una naturaleza salvaje y destructiva, se encontraba una gigantesca torre de hierro oxidado; era la siniestra guinda perfecta para aquel monte infernal. Aquella construcción sin duda alguna, no había sido obra de ninguna persona, puesto que era una peligrosa amalgama de hierros oxidados unidos a la fuerza y enroscados de forma grotesca. El objetivo de los dos jóvenes era llegar a lo alto de la cúspide y entrar en ese inhóspito edificio.

Avanzaron por un estrecho sendero serpenteante que ascendía de forma fachosa por la ladera de esa extraña montaña, a lo largo del cual había desperdigadas unas estrechas y altas torretas de piedra, parecidas a las torres de defensa que se usaban en las fortalezas militares de la edad media, copadas con unos tejados puntiagudos; casi todas esas estructuras presentaban un aspecto ruinoso y poco atractivo. Durante la ascensión, ella echó la vista al horizonte y su corazón le dio un desagradable puñetazo; todo el mundo estaba devastado, a lo largo y ancho del panorama sólo podía verse la destrucción que habían causado sus enemigos. El mundo entero se veía ahora como un extenso páramo desolado: no quedaban ni edificios, ni bosques, ni a penas montañas, todo rastro de vida había sido prácticamente borrado de la faz del planeta.

Es horrible… –murmuró mientras se aguantaba con una mano su larga melena teñida de violeta

-Lo sé. –contestó él deteniendo su paso y acercándose a ella para acto seguido ponerle una mano en el hombro con la vana intención de consolarla– Si encontramos en la torre de hierro lo que buscamos, quizás podamos hacer que todo esto se arregle y que toda la gente, o al menos la poca que queda, pueda volver a vivir en la superficie.

-Eso espero.

Tras esa pequeña pausa, retomaron la marcha hacia la cima de la Cúspide de la Ruina y en poco tiempo, no más de media hora, llegaron arriba del todo. Se pusieron frente al gigantesco monumento a la destrucción que había allí arriba y se dispusieron a empujar el enorme portón metálico que separaba el exterior de las entrañas de la torre férrea. Empujaron con todas sus fuerzas y con un estridente y sobretodo pesado chirrido, las bisagras cedieron dejándoles acceder a una sala en la que no había absolutamente nada más que el silencio roto por sus jadeos. Al fondo de la férrea y diáfana estancia se les presentó una escalera retorcida de forma grotesca que seguramente si hubiera sido diseñada por humanos hubiera sido una escalera de caracol. Dicha escalinata se elevaba hasta quizás el final de la torre que parecía no tener fin, pues la vista no alcanzaba a verlo.

Avanzaron poco a poco hasta más o menos el centro de la estancia; su paso entonces se vio de repente interrumpido al oír un horripilante chillido que les heló la sangre. Miraron hacia arriba, de donde provino el grito; sus ojos se abrieron de par en par puesto que la visión que estaban teniendo era cuanto menos sobrecogedora. Una extraña figura envuelta de una llama azulada se precipitaba en picado hacia donde estaban emitiendo el afilado chillido que habían oído hacia tan sólo unos segundos. Al impactar contra el suelo, un extraordinario estruendo, parecido a una explosión, hizo que los dos intrusos cayeran de espaldas al frío y metálico suelo. La llama azul se arremolinó violentamente y chisporroteó amenazante hasta formar una figura fantasmagórica de una altura similar a la de la chica. Cuando el fuego se disipó dejó ver a una mujer delgadísima, con los pómulos marcados en extremo, una piel muy blanquecina que le daba el aspecto de estar enferma o muerta; sus ojos de pupilas rojas como la sangre, parecían estar hundidos en las cuencas y tenía unas grotescas ojeras bajo ellos. El pelo, del mismo color azulado que el fuego que la había precedido parecía ondear en el aire confiriéndole un aspecto espectral. Iba ataviada con un vestido largo que dejaba sus huesudos hombros al descubierto; era de color turquesa y tenía los extremos de las mangas y los bajos de la falda bordados de hilo de oro con extraños símbolos.

¿Humanos? –preguntó con una voz chillona y estridente mientras levantaba su mano derecha para señalarlos con el dedo índice que era tan delgado como ella y estaba colmado por una uña negra, curvada y puntiaguda.

-¡Humanos! –contestó el hombre levantándose y ayudando a su compañera a hacer lo mismo.

-Pensaba que mi Señora os había erradicado del planeta. –contestó la horrible mujer con su inquietante voz

-¿Erradicarnos? –inquirió la chica con voz desafiante– ¡No vamos a rendirnos! ¡Hemos venido a arreglar el desastre que ha creado tu Señora!

-Ten cuidado Chloe –le dijo el hombre a la chica con un susurro– creo que esa mujer es una de sus sirvientas.

-¡Soy una de las Ménades! –gritó iracunda la extraña mujer bajando el brazo y dando un fuerte golpe con un pie en el suelo– ¡No somos vulgares sirvientas! ¡Somos nobles guerreras al servicio de Nuestra Señora Sûnya!

-Sirvientas o guerreras, ¡me da lo mismo! –espetó él provocador– Ya no tenemos nada que perder y vamos a intentar revertir lo que ha hecho tu Señora, cueste lo que cueste.

-No puedo dejaros con vida. –aclaró la Ménade– El Ciclo debe ser reiniciado una vez más.

Tras aquellas últimas palabras la extraña mujer levantó los dos brazos hacia arriba haciendo que las largas mangas de su vestido dejaran al descubierto sus delgaduchos y ridículos brazos. Acto seguido comenzó a recitar:

Âhim, Soldado del Frío Eterno, Dama del Invierno y Guardiana de las Cumbres Heladas, ¡ven a mi encuentro! ¡Yo reclamo tus servicios!

La estancia se volvió fría como una terrible noche de invierno en plena ventisca, los muros de hierro se cubrieron de una fina capa de hielo y el suelo de dos dedos nieve. Chloe exhaló y su respiración se volvió un espeso vaho visible sólo en plena estación invernal. Tras un breve pero fuerte destello, frente a la extraña mujer apareció una pequeña esfera blanquecina, parecida a una estrella de nieve que poco a poco tomó el tamaño de un humano, después estalló con un ruido cristalino y tras eso apareció lo que parecía ser una persona en posición fetal que flotaba justo donde había estado la estrella de nieve. Aquel ser se desperezó, estiró sus brazos y piernas como quien despierta de un largo sueño y mostró su ser en todo su esplendor: era sin duda una voluptuosa mujer, con la piel de un tono azul oscuro que parecía hielo antiguo, seco e inhóspito. Su larga melena que estaba copada por un singular tocado hecho de joyas brillantes, ondeaba como una bandera sacudida por una violenta nevasca. Iba cubierta con una suerte de toga de tela blanca casi transparente que la dotaba un aire místico. Abrió sus ojos totalmente desprovistos de vida de golpe y a la vez profirió un horripilante grito que podría haber calado en lo más hondo del corazón del más valiente helándole la sangre.

¡Ve Âhim y elimina con tu magia gélida a los dos humanos! –ordenó la Ménade con un gesto autoritario.

Acto seguido, la criatura surgida de la invocación se lanzó a la carrera con una pasmosa celeridad, parecía casi que ni tocaba el suelo con sus pies en pos de alcanzar a los dos humanos con sus gélidas garras y congelarles hasta el alma. Ambos humanos saltaron a un flanco y otro de la criatura para zafarse de su primera embestida.

-¡Parece una criatura de hielo! –gritó Chloe con un tono agudo y algo desesperado

-¿Acaso crees que estoy ciego? –preguntó él con retintín.

Âhim, la criatura gélida, se dio rápidamente la vuelta y se encaró hacia el hombre que se había apartado a su derecha. El monstruo humanoide tendió su mano con la palma hacia arriba y acercó sus morados y carnosos labios a esta para después soplar con fuerza. Acto seguido unas enormes lanzas de hielo salieron disparadas a toda velocidad contra el hombre rubio con el objetivo de atravesarlo, sin embargo él era muy hábil y a pesar de su cuerpo musculoso y consiguió esquivar el ataque haciendo rodar su cuerpo hacia un lado. Se incorporó y quedó al lado de su compañera Chloe.

-¡Chris debemos usar magia de fuego ya! –le sugirió Chloe

-¡Lo sé! –respondió el hombre entre jadeos– ¿Tienes una de las joyas?

-¡Lista! –contestó Chloe sacando de uno de sus bolsillos una joya de forma esférica y de un color rojo intenso.

-¡Vamos! –añadió él lanzándose a la carrera hacia la criatura.

Âhim giró sobre sí misma y los encaró. Vio cómo Chris corría directo hacia ella cerrando tras de sí su puño derecho. Cuando el muchacho estuvo frente a ella le intentó propinar un buen golpe con el puño pero ella lo detuvo con su mano izquierda que al contacto le provocó al chico un intenso y punzante dolor por el intenso frío que desprendía la piel de aquel ser. Aquello le permitió a Chloe situarse detrás del monstruo de hielo sin que se diera cuenta. La chica, empuñando la joya roja cerró sus ojos con intensidad y muy deprisa imploró: ¡Agni, guardián del fuego acude a mi llamada! A lo que acto seguido la joya soltó una descomunal llamarada anaranjada sobre la criatura que aulló y se retorció de dolor envuelta de aquel haz flamígero; cayó de rodillas al suelo y se encogió en el suelo hasta desaparecer por completo dejando tras de sí únicamente un poco de vapor de agua.

-¡¿Cómo habéis podido derrotar a uno de los Guardianes Celestiales?! –se preguntó entre gritos la Ménade enfurecida– Una criatura creada directamente con el poder de los Dioses…

-¡Esto es el poder de la esperanza! –gritó en respuesta Chloe con voz triunfante

-Y no vamos a dudar en hacer lo mismo contigo si te interpones en nuestro camino –añadió Chris con tesón mientras se secaba de la frente de vaho surgido de la combinación del hechizo de fuego de Chloe y del impacto de éste sobre la criatura gélida.

-¡Malditos humanos! –rugió la Ménade con una profunda y colérica voz– ¡No puedo dejar que sigáis viviendo! ¡Mi Señora Sûnya no me lo perdonaría!

La Ménade adoptó una postura inclinada mucho más amenazante que la que había mostrado hasta el momento; encorvó su espalda hacia adelante, cada uno de sus dedos en manos parecieron volverse afiladas cuchillas por un instante. Acto seguido, la mujer se lanzó contra Chris con furia, casi parecía volar sobre el suelo bajo su vestido serpenteante; cuando alcanzó al muchacho asestó con su garra derecha un rápido zarpazo que profirió un agudo siseo cortando el aire. Sin embargo impactó de lleno en uno de los muros de hierro que había tras Chris pues este se apartó con rauda destreza, deslizándose bajo la Ménade con un hábil movimiento rodante. Justo en el lugar en el que las mortales garras habían impactado, brotó un sutil pero letal vapor morado, imbuido quizás de un fatal veneno. Mientras estaba debajo de la Ménade, rodando por el suelo, Chris desenvainó su espada corta que llevaba anclada en su cinturón y asestó a la Ménade una espectacular estocada que la penetró justo en la zona del abdomen. La mujer se retiró entre espeluznantes gritos y echándose ambas manos sobre la herida que comenzó a expeler un espeso y negro líquido que debía ser su sangre.

Miró con desdén y furia a ambos humanos; los odiaba porque significaban todo lo que su regente quería eliminar por completo de la faz del planeta. Los odiaba porque no seguían las órdenes de su Señora. Los odiaba porque no se morían. Sin embargo, ella, una Ménade, fiel servidora de Sûnya, iba a ser pasto del olvido. Después de todo, se sentía bien, porque iba a ser parte del infinito, porque había servido con decisión a su Señora, además le había sido fiel desde que la llamó hacía ya unos cuantos lustros. Sabía que si esos dos humanos llegaban arriba del todo de la torre férrea encontrarían la manera de revertir todo lo que su Señora había logrado hasta el momento, y eso era lo único que amargaba su siniestro bienestar. Entre el dolor y el honor que sentía se arrodilló, sin apartar la vista de aquellos dos osados humanos, a sabiendas que era el final tanto para ella como para el plan de su Señora. Sus manos no se separaron en ningún momento de su herida y comenzó a reír funestamente, mientras el pelo le caía poco a poco sobre el rostro, la oscura sangre le manchaba las manos y a la vez el lustroso vestido.

-Podéis pensar que habéis ganado, pero no es así. –dijo la Ménade entre suspiros y gemidos– Mi Señora Sûnya, jamás se rendirá, y jamás dejará que su plan de reinicio del ciclo quede paralizado. ¡TODOS SERÉIS EXTERMINADOS!

Al terminar, entre sollozos y estertores, la Ménade cayó de bruces al metálico suelo para cerrar los ojos para siempre.

Chris se levantó prácticamente de un salto y envainó la espada corta, Chloe por su parte, se acercó a él y le preguntó si estaba herido o no. Chris negó con la cabeza y sugirió que tuvieran cuidado al ascender hasta lo más alto de la torre de hierro, puesto que pensaba que  probablemente aquella Ménade no sería la única medida de seguridad en el lugar. Nada más lejos de la realidad, ya que mientras subieron aquella retorcida pero inhóspita escalera no se toparon con nada ni nadie. Ascendieron durante casi dos horas por allí, con pesadez y cansancio. A medida que avanzaban por la escalinata la esperanza se iba encogiendo poco a poco como queriendo desaparecer de sus corazones, para dar paso a la decepción y la impotencia.

Finalmente, después de dos largas horas, llegaron arriba del todo y dejaron atrás el último peldaño. Se encontraron con una estancia que cubría prácticamente todo el ancho de la superficie de la torre; en la pared situada más al norte había una descomunal chimenea de mármol flanqueada por dos estatuas negras, de obsidiana quizás, emulando figuras femeninas, muy probablemente de la Señora de la torre. En el centro de la estancia había una gran máquina con enormes tubos de aluminio entrando y saliendo de esta, flanqueada a su izquierda con una esfera de cristal bien grande en cuyo interior había algún tipo de dispositivo que parpadeaba frenéticamente con luces verdes y rojas; a la derecha del aparato se mostraba una grandiosa consola con un teclado convencional y una pantalla negra que mostraba una infinidad de signos verdes indistinguibles.

Chloe y Chris se desplazaron por la estancia en busca de alguna pista que les pudiera ayudar a resolver la situación actual del universo; Chris observó con atención las dos esculturas que flanqueaban la chimenea, Chloe se fijó mucho más detenidamente en lo que la pantalla de la máquina mostraba. Al cabo de unos minutos Chloe exclamó con un gran grito alegre:

-¡Ya lo tengo!

-¡No grites! –chistó Chris preocupado ante la posibilidad de que alguna otra Ménade o la mismísima Señora de la casa hicieran acto aparición.– ¡Sé más cautelosa!

-Después del lio que hemos montado abajo, esto no es nada, hombre. –respondió Chloe algo divertida por la situación.– Anda, ¡ven!

-¿Qué tienes? –preguntó curioso Chris acercándose a su compañera.

-Creo que esta máquina es lo que hemos estado buscando.

-¿Qué quieres decir?

-Creo que esta máquina puede ayudarnos a revertir todo el desastre creado por Sûnya.

-¿En serio?

-Sí, Chris, en serio.

-¿Puedes hacerla funcionar? ¿Sabes cómo va por lo menos?

-No estoy segura, pero creo que sí. –dijo ella con un tono firme y casi seguro– Creo que podemos arreglar toda esta destrucción con este material.

-¡Vale! ¿Qué hacemos?

-¡Déjame que mire un par de cosas!

Chloe trasteó con la gran computadora un rato mientras Chris miraba preocupado por toda la estancia esperando que no se apareciera por allí la tan temida Señora Sûnya. Al cabo de unos minutos Chloe exclamó un sonoro “Eureka” e indicó a Chris que se acercara frente a la consola. La muchacha con una sonrisa llena de esperanza le dijo a Chris que estaba a punto de comenzar el reinicio de la restauración del universo. Chris, sin entender muy bien a qué se refería le puso una mano en el hombro y murmuró que ellos eran la única esperanza para la humanidad. Chloe, entusiasmada con su hallazgo se dispuso a explicarle a Chris lo que había descubierto pero viendo su expresión algo contraída pensó que lo mejor era que hiciera algo en vez de hablar, así que extendió su dedo índice de su mano derecha y pulsó un botón en el teclado de la consola a la voz de “¡Ahora verás!”.

En cuanto su dedo hizo contacto con la tecla, un extraño sonido los sorprendió a ambos en el extremo norte de la sala, concretamente donde se encontraba la chimenea de mármol. Ambos dirigieron hacia ese lugar la vista y pudieron ver un enorme vórtice de un color amarillento arremolinándose con cierta virulencia en el interior de la chimenea.

-¡Eso es! –prorrumpió Chloe con cierta alegría

-¿El qué?

-Eso nos permitirá evitar que Sûnya destruya el universo por completo.

-¿Cómo?

-¡Es un portal!

-¿Un portal? ¿A dónde lleva?

-¡Un portal al pasado!

-¿Al pasado? Exactamente, ¿a dónde?

-Bueno, no sé exactamente a donde… Pero un portal que puede llevarnos a un momento en el que podamos evitar que Sûnya arrase todo el universo.

-¿Cómo podemos estar seguros de a dónde nos llevará este portal?

-Mira Chris, no voy a andarme con tonterías, no es el momento ni el lugar, estamos bien jodidos, pero por lo que he entendido de la máquina esta, esto es un portal que puede llevarnos al pasado. Puede llevarnos a un momento en el que Sûnya aún no haya comenzado a actuar. Un momento en el que podamos defender al planeta y al universo entero de la total aniquilación.

-¿Estás segura?

-¡Más o menos! ¡Hemos venido hasta aquí para intentar algo así! ¡No podemos echarnos atrás ahora! ¿Estás conmigo Chris?

Chris sintió en su interior que si atravesaba aquel vórtice dejaría atrás a sus amigos, a la poca familia que le quedaba, pero también sentía que aquello era la única oportunidad que les quedaba a él y al resto de la humanidad. Mientras sus pensamientos se agolpaban y luchaban en el interior de su cráneo, la cálida mano de Chloe, recubierta de sus guantes de cuero, se había agarrado con fuerza a la suya.

-¡Vamos Chris! Es ahora o nunca. Debemos darle a la humanidad y al universo una nueva oportunidad.

Tras unos segundos de duda, Chris frunció el ceño, su gesto se tornó serio, hasta incluso algo épico y asintió con decisión.

-¡Qué los Dioses nos asistan! –dijo con una voz profunda

-Los Dioses hace tiempo que no escuchan. –susurró Chloe con media sonrisa

Ambos dos, agarrados de la mano, como la última esperanza para la humanidad, avanzaron hasta la chimenea en donde el remolino amarillento bailaba con sensualidad y fuerza. Se pararon frente a él unos segundos, exhalaron todo el aire que tenían en los pulmones, cogieron carrerilla y saltaron a su interior con la esperanza de restaurar toda la destrucción que habían vivido desde prácticamente su más tierna infancia.

Fragmento del Libro de Sūnya

La Estrella Roja

[…] el cielo que había brillado con la imponente luz del Astro Rey en el fondo con todo su esplendor cerúleo, se tornó de súbito de un tono oscuro, desprovisto de color que auguraba un futuro incierto y caótico. En la inmensidad celestial se abrió una descomunal oquedad, como si la más horrenda y titánica bestia del Inframundo hubiese abierto sus terribles fauces para engullir al mundo; el enorme hueco en la bóveda celeste escupió con una violencia indescriptible y con un ensordecedor estruendo una enorme bola de fuego que perforó a su paso todas y cada una de las capas de la atmósfera. El descomunal aerolito desfiló por el cielo emitiendo un silbido atronador y dejando tras de sí una estela rojiza que simulaba a la perfección una profunda y horrorosa herida en el Reino Celestial, muy probablemente un preludio de lo que haría en la faz de Onyria en cuanto impactara. Tras viajar por más de la mitad del planeta, con su imponente y terrorífica presencia, La Estrella Roja venida de los cielos penetró vehementemente por fin en el suelo, provocando el mayor destello carmesí que cualquiera pudiera imaginar, cegando durante unos segundos a toda aquella criatura que disfrutara del don de la visión.

Tras disiparse la perturbadora luz, tan sólo pudo verse en el lugar en el que el asteroide había caído, un gigantesco cráter todavía incandescente y  en el centro de este, en lo más profundo de la herida en la tierra, reposaba alguien.

 Fragmento del Libro de Sūnya

 

Estrella Roja           

Incierto Despertar

Un eco lejano, sutil como el suspiro que provoca un amante fugaz en una noche oscura y pasional; un eco familiar, pero turbio como el viaje que emprende el alma de un ser querido cuando escapa de la vida; un eco doloroso, y a la vez reconfortante porque significaba que su abismal sueño había terminado.

Un eco la trajo de vuelta.

Lentamente, casi con una cadencia parsimoniosa y a la vez con una delicadeza máxima, levantó sus pesados párpados que la habían sellado por una eternidad en un profundo y aparentemente pacífico sueño. Su cuerpo aletargado por una agobiante entropía le era como una pesada losa que la mantenía cautiva en su propio ser, pero poco a poco fue tomando conciencia de nuevo de toda su anatomía. Al disiparse la distorsión visual de quien recién despierta, comprobó decepcionada que no se encontraba en el mundo que habían creado para ella, sino que se hallaba en un lugar terrible, privado de los menesteres azarosos del tiempo, privado de la llama candente y audaz de la vida. Se encontraba en aquel paraje desoladoramente atroz, donde no había ni día ni noche, ni vida ni muerte; un sitio pensado especialmente para ella, de proporciones infinitas, tan enorme como el universo mismo, sin embargo situado en un plano inalcanzable.

A medida que se evaporaba ese estado nebuloso y plomizo de su mente, volvían a ella con una siniestra armonía sus recuerdos, uno tras otro, despacio, sin hacer a penas ruido y llenando cada uno de los rincones de su memoria como el agua colma el interior de un barco a punto de naufragar. Su mente se llenaba de esas alegres remembranzas que vivió con su hermana en el comienzo de los tiempos. La echaba de menos, sí. Echaba de menos su sabia voz, sus consejos y todas sus grandes creaciones, como aquel magnífico universo. Aquellas evocaciones del pasado desfilaron con júbilo una tras otra como una agradable sinfonía que pronto se vio irrumpida por un horrendo y disonante acorde que la devolvió prontamente a la realidad.

Recordó el peor momento de su vida. Un recuerdo que tenía estrechísima relación con su adorada hermana.

Recordó cuando su hermana, su igual, su familia, su todo, la traicionó. Recordó con un sentimiento de vacío en la boca del estómago como su hermana posó sobre su frente el dedo índice y cómo acto seguido, el sueño eterno la venció. ¿Cómo era posible que el ser a quien más amaba la hubiera abandonado en un sueño eterno y la hubiera arrojado a ese lugar terrible? Fue entonces cuando el sentimiento vacuo que se había aposentado en sus entrañas como un parásito carnívoro, se fue convirtiendo en calor, posteriormente en una llama y creció tanto hasta ser una ira desbocada y destructiva.

Sin duda alguna, aquel eco lejano que la despertó rompió el sortilegio que la mantenía presa en ese sueño. ¿Por qué su hermana había decidido liberarla ahora? ¿O es que quizás le había ocurrido algo? Poco le importó, porque enseguida puso su intelecto a trabajar para urdir un plan que la sacara de aquel horrendo paraje y que la llevara cerca de su hermana; al fin y al cabo no habría nada imposible para una Diosa.

Fragmento del Libro de Sūnya

         

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Representación de Diosa Shakti