Los Perversos Avances de Silverio

El doctor Silverio Apolión, armado con una de sus ominosas jeringuillas, cargada con la nueva sustancia que acababa de sintetizar, se acercó lentamente a Dahlia, como si disfrutara siniestramente con cada uno de los pasos que daba hacia la muchacha. Inconscientemente dejó que en su cara se perfilara su característica sonrisa afilada, mostrando unos dientes perfectamente colocados y puntiagudos. En todo momento, él tenía el convencimiento de tener absoluto control sobre la situación. Su mente barajaba las mil y una posibilidades del resultado de aquella inyección de poder que estaba a punto de administrarle a su fiel colaboradora, pero el fracaso no era una de ellas. Sus resultados siempre habían sido excelentes y nadie podía reprocharle fracaso alguno en los 30 años que llevaba de carrera. Salvo Edgar… ¡Ese estúpido e inútil aprendiz! Sin embargo, su estimadísima Dahlia eliminaría ese borrón de su cuenta como si jamás hubiera existido y le daría el éxito que tanto ansiaba frente al resto de investigadores de System Cores.

Mientras avanzaba lenta y pausadamente hacia la camilla donde reposaba la joven mujer, sus manos ávidas de éxito se movían de forma nerviosa, frenética y mecánica signo de su ya irreversible locura. Pronto, la fórmula elaborada a partir de la muestra de sangre de la extraña mujer venida de otro mundo y de sus más secretas investigaciones daría un imponente resultado; así pues, Dahlia se convertiría en su mayor éxito, haciendo que el Presidente de System Cores, Mc Arthur claudicara y le otorgara el tan ansiado ascenso.

De igual manera, con el avance de sus investigaciones de dudosa moralidad, Silverio Apolión haría que Maximilian De la Haye, el jefe de seguridad que siempre iba dos pasos por delante suyo, se arrodillara ante él de una vez por todas.

La joven Dahlia, su proyecto más grande sería la respuesta a todo lo que él había estado buscando.

Hasta el mismísimo alcalde de Metrópolis tendría que dedicarle una calle… Aunque su más profundo deseo era el de obligar al alcalde a que le entregara el bastón de mando de la mismísima ciudad.

Fragmento del Libro de Sūnya

 

Dr Tomoe

Dr. Tomoe, personaje creado por Naoko Takeuchi para el manga/anime Sailor Moon.

Otra vez Diciembre..

De nuevo diciembre… Las calles se inundan de restallidos de mil colores, de alegres tonadas evocando el espíritu navideño y el frío no logra hacer mella alguna en los cálidos corazones de la gente que espera las fechas señaladas para reunirse con la familia y volver a verse con amigos que parecen perdidos durante el resto del año. Se respira un grácil ambiente en todas partes, las chimeneas chisporrotean con algarabía, los niños juegan, cantan y sueñan con que sus deseos se hagan realidad durante una de las noches más mágicas del año…

Ajenos a la terrible verdad que se oculta tras tanta felicidad…

Hoy día descansamos durante la vigilia de navidad pues nuestros sueños están velados por un ente místico que todos tenemos en nuestras casas y en nuestras ciudades: Ese majestuoso e imponente abeto adornado con excelentes gustos y colores vistosos. No es tan sólo un elemento decorativo, no.

Eones atrás, cuando el mundo todavía era joven, durante una vigilia de navidad una gigantesca sombra trajo dolor, desgracia y destrucción al mundo, una tiniebla ensombreció los corazones de todos los seres del mundo, una profunda oscuridad embrujó los sueños de las personas tornándolas en las más horrendas pesadillas. Esa penumbra no tenía nombre, ni forma física, ni siquiera los mismísimos dioses sabían qué era aquella cosa que estaba causando estragos en su universo y para cuando quisieron intervenir, la entidad lo había cubierto todo en su negro manto impidiéndoles poder repelerla.

No obstante, entre toda esa espesa oscuridad, un minúsculo atisbo de esperanza destelló un brillo dorado en el fondo de un corazón. Aquella luz casi imperceptible fue creciendo poco a poco contagiando su poder al resto de la humanidad quien encontró la forma de desterrar a la sombra. En el norte, muy al norte, donde el cielo y el mar casi se unen en el horizonte, bajo una furiosa nevasca, un grupo de personas se adentraron en un bosque, antaño vivaracho pero ensombrecido en aquel día, para buscar el abeto más sano y más alto. Una vez frente aquel enorme árbol, comenzaron su ritual de esperanza en el que procedieron uniendo sus manos rodeando al majestuoso pino, para acto seguido comenzar a cantar. Sus voces se fueron acoplando una a una con un ritmo hipnótico; a cada minuto que pasaban entonando fueron ganando más y más confianza.

La sombra respondió tornando la furiosa nevasca en una terrible y violenta tormenta invernal con un viento del norte que cortaba como el cristal, pero el conjuro ya estaba a punto de terminar. La penumbra se veía cada vez más débil e iba desapareciendo gradualmente tras la corteza del magnífico abeto que se convertiría permanentemente durante los eones a venir en su celda.

 La oscuridad se disipó completamente del mundo y quedó atrapada en el árbol que tornó su tronco de un color azabache profundo, oscuro como una noche de luna nueva. Acto seguido, los valientes colgaron desde las más bajas ramas hasta lo más alto de la mismísima copa unas preciosas esferas doradas y rojas que contenían sus más bellos sueños, sus más profundos deseos y sus más grandes esperanzas a modo de sello mágico.