Aries

-¡Vuelve aquí ladronzuelo! –gritó furioso un viejo comerciante amargado al ver que Ignás salía corriendo de su colmado con las manos llenas de manzanas robadas.

Ignás era un chaval de unos catorce o quince años, no lo sabía del todo exactamente pues era huérfano; un par de años atrás se escapó del hospicio de mamá Yasmina porque sentía que ese no era su lugar y quería vivir aventuras como los héroes y las heroínas de los cuentos que ésta les contaba antes de ir a dormir. Las magníficas historias de magia, de grandes gestas, de reinos encantados y de hechizos que romper lo hacían soñar desde siempre. Si le preguntaban si tenía sueños, él siempre contaba uno que le era recurrente y en el que tenía el poder de dominar el fuego; esa ilusión onírica le ayudaba a justificar el color de sus ojos negros como el carbón y el brillante tono pelirrojo de su cabello que siempre estaba desordenado. También contaba que en el sueño había otros como él que dominaban otros elementos o regían lugares especiales, eso le hacía sentir mucho más importante que el resto de compañeros del hospicio. Ignás tenía un carácter vigoroso y fuerte, razón por la que chocaba constantemente con mamá Yasmina lo que la hacía enfadar a menudo y además cuanto más se enfadaba ella más satisfecho se sentía Ignás. A pesar de su horroroso comportamiento con los demás niños y niñas del hospicio y en especial con mamá Yasmina, Ignás era un chico cariñoso y bondadoso. Los quería a todos con locura y siempre que podía los ayudaba y los cuidaba con todo su empeño y corazón. Mamá Yasmina solía ser más exigente con él puesto que fue el primer niño que acogió en el hospicio y lo crío casi desde que nació, para ella fue su el primer hijo y como se solía decir en la región: el primero siempre abre los caminos y abrir caminos nunca es tarea fácil. El día que Ignás decidió marchar, mamá Yasmina y los demás niños estaban fuera, fueron a hacer una excursión por los bosques cercanos al hospicio para recoger frutas y bayas; el muchacho delgado y pelirrojo se coló en la habitación de mamá Yasmina para buscar papel, pluma y tinta con la intención de dejar una nota escrita. No se atrevió a decirle a mamá Yasmina frente a frente que se marchaba porque pensaba que intentaría retenerlo de cualquier forma. Así que dejó una nota escueta y escrita torpemente en la que se podía leer: “MAMA IASMINA T KIERO PRO KIERO BIVIR ABNTURAS NOS VMOS”. Y se marchó con la sola compañía de un fardo en el que guardó una hogaza pequeña de pan y una bota de piel con agua fresca. Sus pasos no lo llevaron muy lejos del hospicio de Mamá Yasmina, pero lo suficientemente lejos como para que no le buscaran. Fue a parar a una pequeña ciudad llamada Dhananjay, situada al extremo oeste de la Nación Esteryania, al pie de las Montañas del Fuego Durmiente. Gracias a su inteligencia, a su carácter vigoroso y a su carisma candoroso, halló un modo de vida para subsistir que no era otro que engañar a los comerciantes de la ciudad para acabar robándoles sus productos; fue así cómo se labró el nombre del Ladrón Rojo.

                Ignás corrió por la calle principal de Dhananjay con las manzanas en su regazo, dobló una esquina para perder de vista a un par de agentes que lo perseguían, dio un sorprendente brinco para engancharse a un muro de la calle y escaló ágil como una lagartija hasta lo alto de la fachada de ese mismo edificio. Una vez arriba se ocultó agazapado y vio cómo los dos agentes pasaron de largo sin percatarse de su huída. Ignás espiró el aire contenido en sus pulmones y volvió a respirar normalmente tras la carrera. Al cabo de unos segundos se levantó, miró su botín frutal y le dio un mordisco a una de las manzanas que estaba dulce, crujiente y muy fresca. Saboreó el bocado como si fuera la primera vez que comía manzanas y le supo a gloria. Se dio la vuelta para empezar a bajar de aquella azotea, pero se dio un buen susto pues no estaba solo. Alguien estaba detrás de él; era un hombre bastante alto y delgado, con la piel de la cara arrugada y de un tono cetrino pálido. Sus ojos eran más bien pequeños con unas pupilas extrañamente rojas, su nariz era larga, ancha y algo ganchuda en su final, tenía una boca bastante grande con unos labios finos y algo resquebrajados por el evidente paso de los años, su cabello gris y sedoso estaba recogido en una larga cola de caballo que le llegaba hasta casi el final de la espalda. Iba ataviado con una túnica negra que le cubría prácticamente todo el cuerpo y en sus pies calzaba unas robustas botas de cuero negras. Al cuello llevaba un colgante con un símbolo que Ignás no había visto nunca antes y que no supo describir del todo, le recordaba a un ojo atravesado por un rayo de tormenta. Un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal.

-Tú eres al que llaman el Ladrón Rojo, ¿verdad?

-Así es… –contestó Ignás desconfiado– ¿Quién es usted?

-Mi nombre es Lavanon, soy el Regente de Dhananjay y mi función es impartir justicia. –contestó con un tono serio y una voz grave

-¿Está aquí para detenerme? –preguntó Ignás dando un paso hacia atrás pero deteniéndose en seco puesto que detrás suyo estaba el filo de la azotea y el vacío entre los edificios que le precipitaría al fondo de la callejuela.

-No. –sonrió siniestramente el Regente Lavanon– Vengo a tu encuentro pues eres muy famoso por tus habilidades y me gustaría poder explotarlas para nuestro beneficio.

-¿Cómo? ¿Qué quiere decir? –cuestionó Ignás sin comprender

-Verás jovencito, no tengo mucho tiempo para explicártelo todo, no obstante haré un esfuerzo para que entiendas cuáles son nuestros propósitos lo más rápido posible.

-Entendido. –Ignás asintió casi por inercia. En realidad no estaba del todo seguro si lo que le iba a contar aquel hombre le convenía o no, tampoco entendía muy bien qué hacía un alto cargo fuera de su cómodo despacho desde el que gestionar todo sin necesidad de salir de allí para ensuciarse las manos era sin duda una vida cómoda y tranquila. Y además había algo en el Regente Lavanon que le incomodaba muchísimo. No sabía qué era, pero su presencia le hacía sentir un dolor punzante en la boca del estómago.

-Bien, conoces un poco los alrededores de la ciudad, ¿verdad? Pues en lo alto de las Montañas del Fuego Durmiente hay una cueva que guarda un artefacto perdido tiempo atrás. Necesitamos extraerlo para ayudar a la ciudad a prosperar y mejorar. Hemos pensado que tú y tus habilidades evasivas pueden ser de lo más útiles para ayudarnos a conseguir nuestro objetivo.

-¿Por qué no envían a los exploradores o a los agentes del Cabildo? –preguntó Ignás muy extrañado por la petición del Regente Lavanon

-La verdad… –Lavanon carraspeó un tanto escandalosamente– Nuestros efectivos no pueden acceder a la cueva pues en su entrada hay una especie de sello ancestral que impide acceder a todo aquel que sea mayor de edad. Como comprenderás, no podemos enviar a un lugar tan peligroso a cualquier infante puesto que sería una imprudencia, pero tú eres especial, eres hábil, ágil, muy astuto y aún no has cumplido la mayoría de edad.

-No sé… –Ignás comenzó a cavilar y su mente le dio miles de ideas sobre el asunto, algunas lo cubrían de gloria y otras le lanzaban a pensamientos tenebrosos.– ¿Qué pasaría si decidiera no aceptar su propuesta?

-Lo arreglaríamos fácilmente. –contestó el Regente Lavanon con una mirada dura que clavó directamente en los ojos de Ignás quien sintió un nuevo escalofrío por dentro.

-¡Entendido! –afirmó Ignás cuadrándose de forma militar– Si tengo éxito en esa misión, ¿cuál será mi recompensa?

-Podrás pedir lo que quieras una vez consigas tu objetivo, jovencito. Entonces, ¿qué dices?

Ignás reflexionó unos instantes. Su mente iba a toda velocidad, se veía trabajando para el Cabildo en misiones de recuperación de artefactos, de captura de forajidos, se veía como un héroe que conseguía cumplir misiones, se veía rodeado de éxito y fortuna, pero también se veía fracasando e incluso pereciendo en ese primer encargo del Regente Lavanon. Por una parte pensaba que era la oportunidad que estaba esperando para vivir una aventura como las de los héroes de Mamá Yasmina, pero por otra el miedo le ponía alguna que otra cadena alrededor del cuello apretándole levemente. Finalmente, alzó la vista hacia el Regente Lavanon y con una mezcla de entusiasmo y temor le respondió.

-¡De perdidos al río!

-Bien, jovencito. –Aprobó el Regente Lavanon con su siniestra sonrisa– Reúnete mañana con nosotros en la puerta oeste de la ciudad al alba. No llegues tarde.

El Regente Lavanon tomó una de las manzanas del regazo de Ignás, la miró con gula, la frotó suavemente con la manga de su túnica negra, le lanzó una nueva mirada y finalmente se la llevó a la boca para darle un imponente mordisco. Ignás se estremeció pues esa forma de morder la manzana le pareció temible; tuvo la impresión de que una bestia iracunda destrozaba a conciencia una presa inocente. El Regente Lavanon devoró la mitad de la fruta y arrojó la otra mitad con un gesto de desdén. Ignás se giró para ver como parte de su botín destrozado se precipitaba contra el suelo de la callejuela. Ignás se volteó de nuevo hacia él; quiso llamarle la atención por haber desperdiciado una manzana tan valiosa, pero el viejo había desaparecido, esfumado completamente, sin dejar rastro alguno, como si nunca hubiera conversado con él, como si todo hubiese sido uno de sus sueños fantásticos.     

                Ignás regresó a su refugio; así es como llamaba el Ladrón Rojo al pequeño hogar que se había montado él mismo en lo alto de una torreta de defensa abandonada, protegida por almenas de piedra medio derruidas sobre las murallas del lado oeste de Dhananjay. Se acomodó en un atípico asiento hecho con trozos de madera recuperados de la calle y telas de algunas piezas de ropa vieja que encontró por la zona más alta y próspera de la ciudad; se comió dos manzanas observando las laderas escarpadas de las Montañas del Fuego Durmiente con sentimientos un tanto contradictorios: por una parte sentía emoción porque tenía la certeza de que iba a vivir su primera aventura como había deseado desde bien pequeño, pero por otro lado una pequeña voz interior le susurraba sin cesar todo el tiempo “desconfía”. Las Montañas del Fuego Durmiente se le aparecían por primera vez desafiantes, impenetrables, peligrosas y no tan sólo como un paisaje admirable y rico. ¿Qué ocultaban las grutas y cavernas de aquella monumental sierra escarpada? ¿Qué clase de artefacto buscaba el Regente Lavanon? Con esas preguntas rebotándole una y otra vez en su mente y con la vista puesta en aquel magnífico conjunto de impresionantes montes se durmió y soñó.

                Tuvo un sueño de aventuras, uno como los que le gustaba tener, uno repleto de misterio y emoción, sin embargo no le agradó en absoluto cómo terminó esa noche. Soñó que estaba frente a una abertura descomunal en la ladera de una montaña de piedra negra, una oquedad que entraba de lleno en las tinieblas del monte. Se acercó al imponente umbral donde un agudísimo silbido resonó en su cabeza y le hizo detenerse en seco a la vez que se tapaba los oídos instintivamente. Tras recuperarse del breve susto, caminó por el oscuro pasillo de piedra sin apenas ver nada hasta llegar a una estancia prácticamente circular en la que en el centro se hallaba un altar de piedra con un cáliz sobre el que flotaba mágicamente una esfera de cristal que parecía contener un violento incendio en su interior. Los virulentos movimientos que hacían las llamas cautivas del cristal iluminaban de forma grotesca y frenética toda la estancia. Ignás miró fascinado el objeto; “Eso es mi poder… ” pensó. De forma mecánica, casi inconsciente, acercó su mano lentamente al artefacto. Las llamas del interior de la esfera se arremolinaron con aún más furia. Ignás quedó hipnotizado en el acto por aquella extraña pero a la vez familiar magia. Finalmente su mano se posó sobre el orbe de cristal. El cristal se resquebrajó poco a poco, el fuego contenido comenzó a filtrarse y a quemarle la mano a Ignás quien no podía soltar el objeto. En cuestión de segundos el cristal se rompió en mil pedazos liberando por completo al fuego de su interior. Las llamas crecieron y crecieron hasta colmar la totalidad de la caverna. Ignás gritó de dolor pues notaba como el intenso calor le golpeaba a latigazos por todo el cuerpo. La horrorosa vorágine de fuego comenzó a danzar iracunda alrededor del muchacho envolviéndolo con la intención de engullirlo y consumirlo entero. Ignás aterrorizado y dolorido en extremo pudo distinguir rugido intenso y bestial que gritaba entre el estruendo de las llamas: “¡¡Quiero despertar!!” Ignás cayó de rodillas al suelo sobrepasado por la situación; el dolor y el miedo eran mucho mayores de lo que podía soportar y tan sólo deseó que aquello terminara. De pronto, la masa ardiente dejó de rodearle y comenzó a meterse dentro de él por sus poros, por sus orificios nasales, por sus oídos y hasta por sus ojos. La gran caverna volvió a estar totalmente a oscuras. Ignás era ahora distinto. Ya no había gritos de pavor. El dolor se había esfumado. En su interior no había ni un atisbo siquiera de miedo. Sobre su piel no había ni un rasguño, ni rastro de quemaduras, totalmente sano y salvo. Se miró las manos comprobando así cómo el poder del fuego estaba en su interior. Se sentía rebosante de una soberbia energía ígnea. Tras aquello se dirigió al pasillo de vuelta al exterior pero no pudo llegar a la salida. En medio del paso se topó de bruces con el Regente Lavanon quien clavó sus ojos rojos en él, esbozó una diabólica sonrisa para acto seguido pronunciar una frase: “Eres quien estoy buscando.”

                Ignás despertó a la mañana siguiente con un poco de dolor de cabeza. Su sueño no le había permitido descansar como hubiera querido, pero no tenía excusas, tenía que prepararse para marcharse a encontrarse con el Regente Lavanon y con su equipo de agentes del Cabildo para cumplir su misión. Preparó un hatillo con tres manzanas que le sobraron la noche anterior y lo cargó a su hombro con una vara de madera. Salió de su refugio, bajó al centro de Dhananjay y caminó por sus calles más tranquilo que de costumbre. Andó con parsimonia, con una lentitud que no le caracterizaba en absoluto pues siempre iba corriendo a todas partes. No obstante, aquella mañana quiso disfrutar del aire tempranero y fresco, del dulce aroma a pan que salía de los obradores cercanos, de la exótica esencia de café recién tostado que se colaba por algunas ventanas, del silencio calmo de las primeras horas del día, de la tenue luz del sol que se iba despertando al ritmo de la pequeña ciudad. Aquella mañana, Dhananjay le pareció distinta, le resultó desconocida a pesar del tiempo que llevaba viviendo ahí. Finalmente, dirigió sus pasos hacia la puerta del extremo oeste donde le había citado el Regente Lavanon. La descomunal puerta de madera maciza y pintada de rojo intenso le saludó silenciosa. Estaba cerrada a cal y canto con una cantidad exorbitada de mecanismos, engranajes y ruedas que chirriaban estrepitosamente cada vez que se abría el paso hacia el exterior de la ciudad. El chico observó con admiración de arriba abajo el gran portón flanqueado por las gruesas y antiguas murallas blancas de la ciudad.

-¡Buenos días muchacho! –saludó de una voz ronca el Regente Lavanon

-¡Hola! –contestó Ignás sobresaltado pues no se había percatado de la presencia del Regente que le abordó por la espalda

-Has sido sorprendentemente puntual muchacho. –halagó Lavanon con media sonrisa.

-Gracias. –respondió distante Ignás– He dormido poco.

-Espero que no afecte eso al resultado de tu misión, jovencito.

-Descuide. –Ignás iba a decir alguna cosa más, pero echó un vistazo detenido a la compañía que llevaba el Regente Lavanon y le extrañó el escaso número de efectivos que iban tras él.– ¿Cómo es que son tan sólo tres soldados?

-No hacen falta más. Es hora de marchar. –respondió con tono seco y tajante Lavanon. A continuación alzó su mano derecha e hizo un rápido ademán que fue seguido por un estruendoso crepitar de madera maciza combinado con el sonido metálico de mecanismos pesados encajando y desencajándose. La puerta de madera se abrió lenta y pesadamente frente a Ignás quien empezó a notar cómo su corazón se aceleraba por momentos, debido a la emoción por la aventura aderezada con unas gotas de inseguridad.

                De camino a las Montañas del Fuego Durmiente ninguno de los miembros de la expedición pronunció palabra alguna. De vez en cuando, Ignás echaba un vistazo discretamente por el rabillo del ojo tanto al Regente Lavanon como a los agentes del Cabildo. Lavanon llevaba su característica y elegante túnica negra, vestimenta que era de lo más habitual en Dhananjay utilizada en especial por personas de alto poder adquisitivo o importante relevancia política. Los que le parecieron un tanto siniestros fueron los agentes mismos; si bien en las calles de la ciudad, Ignás había sido perseguido en distintas ocasiones por varios de los cuerpos de la autoridad por sus actos, estos agentes especiales del Cabildo le eran extraños. Llevaban armaduras gruesas, aparentemente resistentes y de color negro metalizado, sin embargo no presentaban ningún tipo de galón o marca que indicara el grado militar que tenían; sus cabezas iban totalmente cubiertas por yelmos lisos, también negros, sin ningún tipo de marca distintiva o decoración. Las caras de los agentes permanecían cubiertas de una suerte de mallas negras, al igual que cualquier otra parte del cuerpo que no estuviera protegida con la armadura. Ignás se hubiera atrevido a decir que por el misterioso aspecto, no eran seres humanos. Tras andar largo tiempo por un sendero sinuoso que cada vez se estrechó y se elevó más y más, la curiosa comitiva llegó a la entrada de una caverna que se metía de lleno en las entrañas de las Montañas del Fuego Durmiente. Frente a esta las vistas panorámicas se perdían en el horizonte Esteryanio pasando antes por la majestuosidad de las murallas blancas, las viejas almenas y los edificios dispares de Dhananjay. Ignás oteó el paisaje con cierto agrado y se quedó unos segundos mesmerizado entre pensamientos agradables, recuerdos perdidos y un diminuto pero poderoso sentimiento de incertidumbre. El Regente Lavanon se paró tras el muchacho y le posó su mano sobre el hombro derecho. Ignás notó un repugnante escalofrío que corrió desde su rabadilla hasta la coronilla. Se volteó turbado hacia el Regente quien sonreía de una forma inquietante.

-¡Vamos! Tienes trabajo que hacer muchacho.

-¿Es aquí verdad? –preguntó Ignás con la voz un tanto temblorosa.

-Efectivamente. –asintió Lavanon sin abandonar su lúgubre sonrisa– Esta es la caverna que tienes que cruzar para llegar a la cámara en la que está el artefacto que necesitamos para el desarrollo de Dhananjay. ¿Estás listo?

-No estoy del todo seguro… –afirmó mientras se le escapaba una risilla nerviosa– ¿No puede acompañarme ninguno de sus hombretones?

-Desde luego que no. –confirmó Lavanon retomando una expresión seria y fría. El Regente se acercó a uno de los agentes y le susurró algo. Acto seguido, la mole de metal negro se lanzó sin pensarlo a la carrera hacia la entrada de la caverna. Justo cuando cruzó el umbral de entrada, un destello ardiente detonó contra el agente destruyéndolo por completo, dejando piezas de la armadura desperdigadas por doquier.

-¡Santa Sârva! –chilló horrorizado Ignás dando un salto hacia atrás– ¡No entro ahí ni en broma!

-El sello sólo afecta a los adultos. –explicó el Regente de nuevo con su sonrisa malévola en los labios.

-¿Cómo puedo creérmelo? –insistía Ignás con el corazón a punto de salírsele del pecho

-Ahora verás. –Lavanon agarró a Ignás y a otro de los agentes por sus respectivos antebrazos y los arrastró hacia la entrada de la caverna. Ignás comenzó a llorar y a berrear como un niño pequeño suplicando que lo soltara; el agente avanzaba al mismo paso que el Regente sin mostrar ningún tipo de reacción. Lavanon se plantó frente a la entrada con los dos individuos a cada lado y los forzó a acercar sus manos al umbral. Ignás cerró los ojos intentando sorber todas las lágrimas que estaban bajándole sin cesar por las mejillas y preparándose para soportar el dolor más intenso que su cerebro le obligaba a imaginar. Oyó como una intensa llamarada espetaba cerca de él. No sin temor, entreabrió un ojo y vio que su mano estaba ilesa, sin embargo la mano del agente del Cabildo había desaparecido por completo, dejando sólo a la vista una marca de quemadura muy intensa y apestosa. El Regente Lavanon soltó a ambos y se dirigió a Ignás con sorna– ¿Lo ves muchacho?     

                Ignás se secó las lágrimas deprisa pues no quería que pensaran que era un llorón, pero la verdad es que aquello le había asustado más que nada en lo que llevaba de su corta vida. Miraba angustiado al pobre agente que ya no tenía mano y los restos del otro que había sido completamente eliminado. Su corazón bombeaba a una velocidad frenética y su respiración estaba entrecortada por el mal trago. El Regente Lavanon clavó su mirada penetrante y malvada en los ojos del chico sin desdibujar su temible sonrisa.

-¿Estás listo muchacho?

-No lo tengo muy claro. –respondió Ignás tras hacer una pequeña pausa y carraspear un poco– ¿Hay más trampas del estilo dentro?

-No lo sé. –contestó el Regente incisivo– Por eso te elegimos a ti. Porque tú tienes la habilidad de llegar hasta el artefacto.

-¡Pero si soy sólo un niño!

-Para nosotros no. Para nosotros eres el que tiene que entrar ahí y retirar el artefacto del fondo de la caverna. Si no lo haces, te pasarás el resto de tu vida en las sombras de las mazmorras de Dhananjay.

Desde luego, Ignás no quería pasarse el resto de su vida en prisión, pero lo que acababa de presenciar le parecía una locura. Si tan sólo en la entrada había ocurrido eso, ¿qué otras locuras podían estar esperándole dentro de la caverna? Estaba claro que la cárcel no era una opción, pero la muerte tampoco. Se armó del poco valor que le quedaba dentro y se plantó frente a la entrada de la caverna, respiró hondo dos o tres veces para intentar calmar su estado y entró. No pasó nada. Entonces miró hacia el exterior y vio al Regente Lavanon parado frente al umbral sonriendo y despidiéndose con un gesto pausado de su mano.

                El Ladrón Rojo comenzó a caminar hacia el interior de la gruta que se hizo cada vez más oscura. La vista de Ignás se fue acomodando poco a poco a la falta de luz. Para no golpearse o tropezar o toparse eventualmente con alguna trampa como la de la entrada, Ignás tomó la precaución de avanzar pegado a la pared rocosa de aquel túnel oscuro. Tras caminar a tientas por el inhóspito lugar durante un tiempo que no logró identificar, divisó a lo lejos y al final de la oquedad, un diminuto punto de luz titilante. El brillo era intenso pero irregular pues destellaba sin cesar como una vela usada siendo terriblemente amenazada por una implacable brisa primaveral. A pesar de que su corazón dio un discreto pero incómodo vuelco en el fondo de su pecho, Ignás siguió avanzando sin pensárselo mucho. Cada vez estaba más y más cerca de la brillante e irregular luz que temblaba a lo lejos. Conforme se iba acortando la distancia, Ignás comprobó cómo el resplandor era cada vez más intenso y grande. Ahora tenía el tamaño de un puño. Siguió avanzando y pudo observar que el pasillo de piedra terminaba en una sala de planta circular cuya bóveda semiesférica estaba recubierta de estalactitas de tamaños diversos, algunas de las cuales acariciaban dócilmente con sus finales puntiagudos a algunas estalagmitas lo suficientemente altas y agudas. El suelo era irregular, con algún que otro pequeño desnivel de piedra afilada, no obstante, en el centro de la estancia, la tierra era lisa como si alguien la hubiera pulido a lo largo del tiempo. Ignás abrió los ojos estupefacto al ver qué es lo que había en el mismo centro de la pieza. No podía creérselo, pero allí estaba, tal y como la había visto en su sueño, sobre un altar pétreo y majestuoso, flotando como sostenida por algún tipo de magia ancestral, la vio brillante, intensa, ardiente y mágica: una esfera de cristal que contenía un fuego iracundo que fulguraba bailando a un ritmo frenético, caótico y poderoso. Su corazón se encogió otra vez por el asombro. Recordó su sueño como si lo estuviese teniendo de nuevo en ese preciso instante. Sus sentimientos contrarios se enfrentaron en ese preciso instante: por una parte notaba que había encontrado lo que estaba buscando, pero por otra supo que aquel hecho significaría que todo en su vida cambiaría.

                Ignás se acercó al altar de piedra con el corazón desbocado. Observó de cerca cómo las llamas se arremolinaban con virulencia dentro de su cárcel de cristal; estaba totalmente embelesado por todo lo que implicaba aquello. El poder del fuego… ¿Realmente era para él? ¿O bien era ese el artefacto que buscaba el Regente Lavanon como había visto en su sueño? ¿Para qué quería el Regente el poder del fuego? Las ganas de tomar entre sus manos el orbe de cristal y las dudas respecto a qué ocurriría si lo hacía se amontonaban como una montaña de problemas sin fácil resolución en la mente de Ignás. Por primera vez en su vida estaba en una encrucijada de la cual no lograba hallar la salida. Quería obtener el poder del fuego, ¡por supuesto! ¿Quién rechazaría tener algún tipo de poder mágico? Con ello podría ganarse la vida mostrando su talento ígneo a todo el mundo, haciendo algunos trucos o peligrosos malabares que dejarían al público atónito y agradecido. Podría viajar por toda Onyria y ser conocido en todas las ciudades, pueblos y aldeas, se haría un nombre y dejaría de vivir robándole a los tenderos de Dhananjay. Quizás incluso podría volver al hospicio de mamá Yasmina para agradecerle económicamente que lo cuidara desde pequeño. Pero, ¿y si todo aquello eran tan sólo sus ilusiones? Todo aquello le parecía maravilloso, sin embargo no podía olvidar lo que decía el Regente Lavanon al finalizar su sueño, justo en el momento en el que se topaba con él. Esa frase se quedó grabada a fuego en su memoria: “Eres quien estoy buscando.” ¿Por qué?

                Los pensamientos de Ignás que volaban a toda velocidad por su mente fueron interrumpidos por una voz profunda, lejana y algo ronca. Una voz que pareció surgir del crepitar vehemente preso en la esfera de cristal y que retumbó disipando casi todas las dudas. “¡Despierta al Señor de la Llama!” El muchacho borró cualquier atisbo de temor en su interior y decidido a seguir con la persecución de sus sueños, aproximó ambas manos al orbe de cristal, con las que formó una cuenca bajo la esfera flotante y la recogió con una suavidad inusitada en sus acciones diarias. De pronto el fuego que había sido prisionero del orbe de cristal se extinguió sin dejar rastro alguno. Ignás extrañado y algo irritado por lo ocurrido, comenzó a zarandear en el aire la bola que ahora había dejado brillar. Insistía enfadado y exigía que le otorgara el poder del fuego que tanto había buscado pero no ocurría nada. Tras unas cuantas sacudidas, el Ladrón Rojo quedó totalmente paralizado pues oyó en su interior cómo la oscura y fulgurante voz que había surgido del cristal ahora estalló en su mente: “¡Despierta Señor de la Llama!” Ignás dejó caer el orbe de cristal que quedó hecho añicos en el suelo. De nuevo la voz oscura y crepitante retumbó en él: “¡Despierta Señor de la Llama!”

-¿Lo oyes verdad? –preguntó el Regente Lavanon desde la entrada de la oquedad que estaba a oscuras y que él iluminaba tenuemente con una suerte de llama fantasmal y azul que surgía de la palma de su mano izquierda.

-¡¿Usted?! –preguntó Ignás sobresaltado al percatarse de la presencia totalmente inesperada del Regente.

-¿Puedes oírle verdad? –insistió Lavanon esgrimiendo su característica sonrisa más afilada que nunca– Oyes cómo ruega por despertar, ¿yerro?

-¿Qué es esto? –preguntó Ignás con un grito de incomprensión y tensión– ¿Qué es esta voz?

-La voz que oyes en tu interior es el deseo desesperado del Guardián Celestial del Fuego. Quiere salir de su letargo divino. –explicó el Regente sin tapujos mientras se acercaba siniestramente a Ignás con su fea y malvada expresión bien imprimida en su rostro.

-¡No entiendo nada! –aclaró el muchacho sin tener idea de qué era lo que estaba ocurriendo y temiendo que sus sueños no habían sido más que meras fantasías oníricas.

-Yo te lo explicaré. –afirmó Lavanon que se había situado detrás del chico– El Amo Avyasthâ está en guerra con su hermano, y nosotros, sus súbditos, los partidarios del caos tenemos una misión muy importante que cumplir para que la balanza se decante a nuestro favor. –Lavanon posó la mano derecha sobre el hombro de Ignás quien quedó inmovilizado por completo pues la superficie lisa de tierra se tornó en una armadura de piedra anclada al suelo firme que le apresó primero los pies, después las rodillas, tras eso la roca cubrió los muslos y finalmente la cintura. A continuación, Lavanon siguió con su explicación– Nuestra misión consiste en encontrar a los Guardianes Celestiales, entidades que surgieron del alma de la mismísima Diosa Creadora Sârva. Una vez localizamos a uno de los Guardianes debemos capturarlo y obligarlo a formar parte de nuestro bando para garantizar la victoria del Amo Avyasthâ. –la piedra que capturaba a Ignás siguió ascendiendo poco a poco por su cuerpo hasta cubrirle el torso y los brazos.– Lo curioso es que algunos de los Guardianes Celestiales cayeron un sueño tan profundo que olvidaron quiénes eran. Así que sus almas poderosas viven dentro de seres humanos corrientes, y esperan a ser llamados para poder despertar. A eso lo llamamos el Alma Etérea. Casi todos los Guardianes Celestiales tienen su alma presa en un cuerpo humano normal  y corriente, pero Agni, el Guardián Celestial del Fuego es diferente. –Por fin, la roca cubrió hasta la cabeza a Ignás quien no podía hacer nada más que escuchar con resignación e impotencia lo que le contaba el Regente Lavanon.– En un origen el Alma Etérea de Agni reposaba dentro de un cuerpo humano como los demás, sin embargo la Diosa Creadora Sârva pidió a su hijo Sansâra que ocultara el peligroso poder destructivo del fuego en un lugar oscuro, alejado, de difícil acceso y que lo mantuviera bien vigilado. Sansâra obedeció a su madre y separó el Alma Etérea de Agni del cuerpo en el que estaba dormida, después la encerró en un orbe mágico de cristal y lo guardó en lo más profundo de las cavernas de estos montes. –Lavanon posó su mano izquierda sobre la armadura de piedra y la llama azul que portaba en esta se unió a la roca. Un brillo azul pálido cubrió todas y cada una de las placas pétreas  durante unos segundos y después se desvaneció.– El sello mágico que colocó Sansâra en la entrada de esta cueva contenía la esencia del Alma Etérea de Agni y la sangre del cuerpo que la había albergado. De esta forma se impediría llegar hasta donde se ocultaba el orbe a cualquiera que no fuera el mismísimo Agni. Y una vez que alma y cuerpo se reunieran dicho sello quedaría anulado. 

-¡Maldita sea! –maldijo Ignás enfadadísimo desde el interior de su cárcel pétrea

-¿Lo has entendido muchacho? ¿Has comprendido por qué tenías que ser tú quien entrase en esta caverna? –preguntó Lavanon desafiante y osado

-¡Maldito! ¿Qué pretende hacer con el poder del Guardián del Fuego?

-Como ya te he dicho, nuestra misión es obtener el favor de los Guardianes Celestiales.

-¡No pienso ayudarle a usted en esa locura de guerra!

-No necesito que me ayudes voluntariamente. –aclaró Lavanon con un tono burlón– Sólo tengo que corromper tu alma y serás irremediablemente uno de los nuestros.

                Ignás intentaba patalear, golpear, moverse, escapar pero todo era en vano. El Regente Lavanon caminaba despacio alrededor de la cárcel de piedra recreándose en su inminente victoria a la vez que sugería Ignás que se moviera más y se resistiera todo lo que quisiese pues se cansaría antes y le sería mucho más sencillo conseguir su objetivo. Lavanon detuvo su marcha posicionándose frente a la grotesca escultura, metió su mano en un bolsillo de la túnica y extrajo un frasquito de cristal tapado con un corcho un tanto podrido por la parte inferior. En el interior de la botellita reposaba una suerte de limo negruzco. El Regente retiró el tapón de corcho y un sonido burbujeante chispeó efervescente además de algo asqueroso. Lavanon vertió el contenido del frasco sobre la roca que apresaba a Ignás y el limo oscuro se filtró ominoso entre la piedra. La infausta sustancia alcanzó al chico que gritó desgarradoramente de dolor al contacto con ella. En su voz agónica se pudo también distinguir un espantoso y ardiente rugido de ira para nada humano; Lavanon aguzó aún más si cabe su pérfida sonrisa comprobando que su estratagema para obtener el favor de Agni estaba funcionando. Tras aquello del interior de la armadura de roca, filtrándose a través de las placas de piedra, comenzó a brotar un humo morado. Lavanon estalló en carcajadas pues casi había conseguido su objetivo; a continuación metió su mano de nuevo en el bolsillo de la túnica del que sacó otra esfera de cristal como la que había encontrado Ignás. Poso el orbe sobre su mano derecha y lo acercó poco a poco a la roca a la vez que murmuraba una y otra vez algún tipo de sortilegio en la lengua de los Dioses Antiguos. Mientras el siniestro Regente conjuraba, el humo morado que surgía de entre las placas pétreas se fue dirigiendo a la bola de cristal para introducirse en ésta. Tras un largo rato la fumarada violácea ya colmaba por completo la esfera de cristal y los horrorosos gritos de angustia e ira que proferían Ignás y Agni dentro de él cesaron. El Regente Lavanon observó con satisfacción el interior de la esfera que mostraba unas llamas danzantes y violentas de color negro, violeta y gris.

-¡Gracias muchacho! ¡El Amo Avyasthâ estará muy complacido! –manifestó orgulloso  el Regente mientras se marchaba victorioso de la caverna.

Ophiuco I

            El Inframundo abrió su infame boca como una bestia diabólica muestra sus temibles y hediondas fauces en el momento en el que va a devorar a alguna presa incauta. Un viciado y pesado aire golpeó ominoso en la cara a la Gran Divinidad del Cosmos que aguardaba frente al umbral entre el reino de los vivos y el dominio de los muertos. Su larga melena plateada ondeó ante tal impacto, su rostro prácticamente blanco dibujo una mueca de asco que contuvo como pudo. Frente a él, se mostraron los hostiles peldaños de tierra que descendían a lo más profundo de un abismo tan negro como una noche sin luna. Echó su pie derecho adelante y comenzó a descender por la lúgubre escalinata. Conforme bajaba por aquella interminable escalera, la armadura de oro que cubría su tonificada anatomía iba corrompiéndose poco a poco; no le sorprendía que el aire de la muerte concentrado en aquel lugar tuviera ese efecto, no era la primera vez que iba a los infiernos, no obstante sabía que no era buena señal.

                Resultaba fácil perderse en las intrincadas cavernas del Inframundo que había al final de la infernal escalera, sin embargo Sansâra las conocía bien pues su madre le enseñó a memorizar todos y cada uno de los túneles, pasadizos y pasajes que había allí. A pesar de su detallado conocimiento del lugar, algo le estaba empezando a molestar y era el inusitado hecho de que algunos de los pasillos habían cambiado, algunos de los giros o algunas de las esquinas ya no eran las mismas y algunos de los pasajes conducían a lugares diferentes. “El poder del Caos está creciendo demasiado en este lugar” pensó. Tras un buen rato de caminata por aquellos túneles inestables, llegó a un lugar que creía conocido, más había cambiado tanto que le pareció que estaba en un sitio completamente distinto. El Desierto del Final, un pabellón del Inframundo destinado a las almas de los que mueren por la edad, por la enfermedad, por un accidente o por causas ajenas, solía estar inundado de una luz portadora de serenidad y calma; también solía mostrar una vasta extensión de arena fina, de color blanco que podía sosegar hasta el más grande de los pesares. Sin embargo, Sansâra halló un desierto cuyas cándidas arenas se habían tornado pequeños e irregulares fragmentos de cristal afilado de un tono marrón oscuro y el horizonte se mostraba rojo como un funesto mar flotante de sangre. Sansâra no pudo percibir ni una sola alma; sin duda era un mal presagio. Su preocupación por el crecimiento desmedido del poder del caos le dio entonces una desagradable bofetada de realidad.

                Tras visionar el desolador aspecto del Desierto del Final y recuperar un poco el ánimo, Sansâra continuó su paso por otros pasajes subterráneos, sinuosos y oscuros, hasta llegar a otro de los pabellones del dominio de los muertos. El Bosque del Olvido, refugio de las almas de los fallecidos por los menesteres azarosos del desamor, había sido siempre un lugar paradisíaco, cubierto de una infinita capa de hierba fresca salpicada de flores variadas de todos los tipos, colores y tamaños, y a su vez coronada de frondosos cerezos encerrados en una primavera eterna. Sansâra ahora sólo veía un paraje desolador de tierra baldía, seca, resquebrajada y sin vida, rematada con troncos muertos, ennegrecidos por el aire funesto que allí se respiraba. Al igual que en el Desierto del Final, tampoco encontró ningún alma en este sitio. Su ánimo volvía a flaquear abriéndole la puerta al desasosiego. Sansâra emprendió de nuevo la marcha, esta vez con un poco más de celeridad pues ya era bien consciente que el tiempo apremiaba. Sus pasos lo condujeron hasta el tercer pabellón del Inframundo, la Caverna de las Llamas; de por sí, era un lugar terrible en el que las llamas purificadoras del infierno hacían arder todos y cada uno de los crímenes y pecados cometidos por las almas que allí llegaban. Ver los remolinos ardientes del fuego infernal danzando y sacudiéndose violentamente de un lado a otro, colmando todos y cada uno de los rincones de la caverna y además dejando colosales marcas incandescentes en las paredes de piedra, era sin duda un asombroso y temible espectáculo. Sin embargo, sólo flotaba un aire tan denso que Sansâra podía cortarlo con el filo de su espada y tan malévolo que hasta él mismo sintió una punzada en el corazón. Sansâra notó que centenares de almas corruptas saturaban grotescamente la totalidad de aquella infausta caverna; sin duda Avyasthâ y su poder del caos eran los responsables de causar ese terrible desequilibrio y Sansâra debía solucionarlo cuanto antes, sino el inframundo podría desbordarse de almas corruptas que acabarían enfermando al resto del universo. Frente a aquel horroroso panorama, Sansâra desenvainó su espada, se retiró unos pasos atrás para alejarse un poco del umbral de entrada a la Caverna de las Llamas y dibujó con la hoja en el aire un símbolo circular que contenía diversos emblemas mágicos. Acto seguido, la entrada a la caverna quedó sellada con una barrera de luz celestial. Una astucia útil, más no duradera.

                Sansâra envainó de nuevo y deseó que aquella artimaña le diera tiempo suficiente para poder solucionar el desequilibrio del Inframundo. Entonces, echó a correr con la intención de dirigirse a lo más profundo de las cuevas del lugar, quería llegar al centro del Inframundo cuanto antes. Sus zancadas eran ágiles, pero a pesar de la presteza de la que era dueño, Sansâra tenía la impresión de no avanzar tan rápido como quería, como si el poder del caos le ralentizara a posta. Sentía su cuerpo cada vez más pesado, como si su armadura prácticamente oxidada en su totalidad lo arrastrara hacia el suelo intencionadamente. Cuando llegó a su destino se detuvo a retomar el aire; sus jadeos dolían en el pecho pues el ambiente en esa área estaba todavía más corrompido que en los túneles superiores. El olor de la muerte era denso, punzante y acre; se le colaba en el interior y le debilitaba a cada segundo que pasaba allí. Sansâra se recompuso tanto como pudo y avanzó por la gran gruta a la que acababa de entrar. Más o menos en el centro de la gran oquedad de piedra había un descomunal lago subterráneo, al que Sansâra le había puesto el nombre de Laimas, que en la lengua de los Dioses evocaba el destino. Este lago se alimentaba normalmente de tres ríos que descendían de los tres pabellones del Inframundo: del Desierto del Final bajaban las sosegadas aguas del Acher, del Bosque del Olvido surcaban las plácidas aguas del Styx y de la Caverna de las Llamas bajaba el furioso y llameante Pyritoos. El Laimas solía ser un lugar muy activo y funcional, Sansâra se atrevería a decir incluso que era agradable pasear por los alrededores a pesar de estar en el dominio de los muertos; no obstante, ahora se mostraba como un pantano estéril, pues los cauces de los ríos estaban totalmente secos y el fondo embarrado de una sustancia negra y pestilente que parecía burbujear de forma grotesca y amenazante. Al acercarse a la orilla, Sansâra tuvo que echarse las manos a la boca y la nariz para retener una poderosa e irrefrenable arcada. Observó que en el medio del Lamias corrupto, hundiéndose sin prisa pero sin pausa en el cieno hediondo se hallaba lo que parecía un trono hecho enteramente de huesos amarillentos y astillados. Aquella era la prueba definitiva de que todo estaba mal y de que el equilibrio del universo iba a la deriva. “¡He de despertar a Syâma!” se dijo a sí mismo.


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Símbolo de Ophiuco

              No te preocupes cariño, todo está bien. –dijo Yasmina con tono tranquilizador mientras limpiaba con un trapo de tela de seda el estetoscopio de madera tras retirarlo del vientre de Kareen.

-Así pues, ¿el bebé está bien? –preguntó algo temerosa la joven muchacha posando sus manos sobre el vientre.

-Sí. No tienes de qué preocuparte –insistió Yasmina sonriendo mientras preparaba algún tipo de brebaje para dárselo a Kareen.

-¡Lo ves! –dijo con alegría Tarín a la vez que abrazaba a Kareen y le daba un tierno y efusivo beso en la mejilla. – ¡Todo va a ir bien! ¡Vamos a tener un bebé la mar de sano!

-Aún así… Tengo miedo…

-No debes tener miedo, querida. –le dijo con mucha delicadeza y amabilidad Yasmina tendiéndole la bebida. –Tómate este tónico, te vendrá bien. Es una infusión a base de hojas de frambuesa, para ayudarte a tonificar los músculos para que tu bebé pueda salir con más facilidad; también le he añadido hierbabuena y jengibre para evitar inflamaciones y malestares. No tienes nada que temer.

-Gracias. –Kareen dio un sorbo a la mezcla, tragó suavemente disfrutando del agradable y fresco sabor.– Tengo miedo por las cosas que dice la gente del pueblo… Dicen que los Dioses están en guerra y andan capturando a gente para luchar en sus nombres… Me aterra que también haya monstruos ente sus huestes… No sé en qué clase de mundo va a nacer nuestro bebé.

-Amor, no te preocupes. –dijo Tarín abrazándola contra su pecho con fuerza.– Yo estoy a tu lado y siempre lo estaré. Nuestro bebé crecerá en un mundo que quizás esté patas arriba, pero cuidaremos siempre de él.

Yasmina ayudó a Kareen a levantarse de la cama en la que la estaba atendiendo y la animó a que saliera a caminar y a tomar un poco el sol. Tarín la acompañó al exterior y se fueron a dar un buen paseo en dirección al pueblo que no quedaba muy lejos.

                Yasmina recogió y limpió la habitación bastante deprisa. Era la primera hora de la tarde y hacía un día estupendo, así que pensó que podría invitar a los niños a salir a pasear y a acercarse al lago que había a unos minutos de donde vivían. La Nación Esteryania tenía altiplanos alejados de la costa en donde solía haber pequeños pueblos y aldeas cerca de lagos y ríos, sin duda era una región rica en vegetación, llena de senderos y rutas bonitas en las que perderse en los días calmos y soleados. Yasmina cerró la puerta de la habitación donde atendía a los pacientes, se dirigió a la estancia principal de la casa y llamó a todos los niños alzando la voz con tono musical y materno. La casa que había estado en un increíble silencio, hizo que la vieja madera comenzara a crujir con quejidos chirriantes y rítmicos. Una quincena de niños bajaron entre risas alegres las escaleras que conducían desde la primera planta hasta el gran recibidor. “¿Dónde estás mamá Yasmina?” preguntó uno de los más pequeños como incitando al juego del escondite. “Frío, frío” contestó Yasmina desde el salón principal, lo que hizo que todos los infantes corrieran pasillo abajo hasta llegar allí. Uno a uno y de forma bien ordenada fueron saludando a Yasmina: algunos chocaban sus palmas con las de la mujer, otros le pedían un abrazo y otros tantos le daban un beso en la mejilla. Yasmina pidió que se calmaran un poco y procedió a explicarles la actividad que había pensado para ellos esa tarde. Los niños estallaron en un clamor festivo al saber que iban al lago, les  encantaba bañarse en esas aguas cristalinas, perseguir alguna que otra trucha despistada y descansar sobre la hierba verde. Así pues, Yasmina ordenó a su tropa infantil que subieran a sus habitaciones a calzarse debidamente para la excursión y les indicó que en diez minutos saldrían. Ella por su parte, fue a su habitación y se cambió la ropa; se quitó la bata blanca que ella misma se había confeccionado y se puso un vestido de tirantes y falda hasta la rodilla de color morado que cuatro de las niñas, asistidas por Kareen, habían cosido para ella por su anterior cumpleaños. Se sentó en un taburete que tenía frente a un tocador y se miró al espejo sonriendo. “Se empiezan a notar los años” pensó. Su pelo liso y largo, que había sido negro pero muy brillante, ahora empezaba a clarear y se estaba volviendo gris plata. Su rostro que siempre había reflejado alegría y bondad a pesar de haber tenido una vida difícil, mostraba ahora unas cuantas líneas de expresión: se le marcaban los hoyuelos de forma arqueada en las comisuras de los labios, la barbilla también había adquirido un ligero pliegue que se mostraba cuando ella bostezaba o sonreía, y las esquinas externas de sus ojos comenzaban a desdibujar discretamente alguna que otra arruga.

                Tomó un precioso sombrero de paja culminado con un lazo de tela morada que combinaba a la perfección con su veraniego vestido y lo colocó elegantemente en su cabeza; a continuación se aplicó con suavidad en la cara, en los hombros y en los brazos un ungüento de extracto de magnolia, jazmín y aceite de almendras a modo de filtro solar. Agarró un frasco de cristal lo suficientemente grande, para llevar más crema y aplicársela a los niños en cuanto llegasen al lago. Finalmente se calzó con unas sandalias de piel que le agarraban hasta los tobillos y se dirigió al recibidor. En la estancia estaban esperando y listas para salir Layla, Cleo, Jana y Martha que se sintieron muy emocionadas al ver que mamá Yasmina llevaba el vestido que ellas le habían hecho con todo el cariño del mundo.

-¿Y los demás? –preguntó Yasmina sonriendo con dulzura

-Los chicos están discutiendo sobre qué pelota es mejor llevar al lago –respondió Layla volteando los ojos en señal de protesta.

-Sí, ¡son tan críos! –añadió Cleo cruzándose de brazos

-Nosotras también somos crías. –corrigió Jana con chulería

-Sí, nosotras juntas no sumamos la edad de mamá Yasmina. –añadió Martha divertida.

-¿Y las dos pequeñas? –les preguntó Yasmina algo preocupada– ¿Quién las está ayudando a bajar las escaleras?

-Pete dijo que bajaría con ellas dándoles la mano. –explicó Cleo simulando de forma exagerada que bajaba las escaleras dándole la mano a dos niños imaginarios.

-Vale, ¿dónde está Pete entonces? –preguntó de nuevo Yasmina

-Se habrá encerrado en el baño… –supuso Jana mientras hacía el gesto de taparse la nariz con los dedos.

Yasmina se acercó al bajante de la escalera y levantando la voz llamó a los demás. Unos segundos después bajaron cinco niños corriendo que se plantaron en fila frente a mamá Yasmina, cuadrándose de forma militar. Yasmina los observó de arriba abajo para comprobar que iban bien equipados para ir a caminar y a nadar y no pudo contener una carcajada; las niñas no entendieron el por qué de esa enorme risotada de mamá Yasmina, y es porque no se habían fijado en que los niños habían intercambiado sus zapatillas unos con otros y llevaban una de cada. Mamá Yasmina instó a los niños a cambiarse los zapatos y a que fueran cada uno con los suyos para caminar más cómodos. Mientras los cinco niños traviesos se tiraban al suelo para cambiarse el calzado de forma correcta, por la escalera bajaron Pete y las dos niñas más pequeñas del hospicio.

-¡Gracias Pete! –dijo Yasmina agachándose frente a los tres– ¿Qué tal estáis niñas? ¿Estáis preparadas para ir al lago?

Las niñas eran tan pequeñas y hacía tan poco que habían llegado que aún no se atrevían a hablar; también cabía la posibilidad de que quizás aún no supieran. Pero eso a mamá Yasmina no le preocupaba demasiado por el momento; ella solía procurar que todos los niños que llegaban a su casa estuvieran sanos y felices, para ella eso era lo primordial.

Cuando todos estuvieron listos en el recibidor, mamá Yasmina pasó lista para asegurarse de que estaban todos presentes y preparados para pasar una agradable tarde en el lago. Layla, Cleo, Jana, Martha, Pete, Josh, Karl, Henry, Dave, Mario, Arturo, Malik, Jake y las dos pequeñas Shyla y Marina; los quince estaban en su sitio, preparados para salir y divertirse con mamá Yasmina. Así pues mamá Yasmina abrió las puertas, salió la primera para aguantarla mientras los niños salían y de paso les recordó que los mayores debían cuidar de los más pequeños e ir siempre de sus manos. De camino al lago, pasearon por una senda flanqueada de grandes árboles y multitud de flores que la primavera les había regalado. Tras unos veinte minutos de marcha, la alegre tropa llegó a orillas del lago. Era un lugar idílico, como sacado de un cuento de hadas, pues el gran lago estaba rodeado de grandes y majestuosos árboles que daban cobijo del sol cuando este arreciaba en las horas centrales del día, en el aire flotaba un aroma dulzón y embriagador proveniente de los miles de flores que crecían bellas y sanas en los alrededores, además el canto variado y harmónico de los pájaros daba la nota final a esa estampa de ensueño.

Mientras los niños y las niñas jugaban de forma distraída, Yasmina se acercó a la orilla, oteó los alrededores en busca de alguna roca para poder sentarse y contemplar la jovial escena. Localizó un gran pedrusco a unos pocos metros de donde estaban, sobre el que se acomodó tranquilamente sacudiendo suave y delicadamente el vestido morado. Suspiró hondo ante aquel bucólico espectáculo. Se sentía llena y agradecida por el sonido de las risas y por los regalos que eran aquellos niños. Se sentía como nunca antes se había sentido. Mientras observaba, los recuerdos de su infancia, su niñez y su adolescencia le fueron pasando por delante como si una troupe de actores y actrices profesionales la interpretaran frente a sus ojos. Yasmina sentía que la vida que estaba dándole a esos niños que cuidaba en su hospicio estaba siendo mucho más feliz que la que ella tuvo. Al igual que esos niños y niñas, ella no conoció jamás a sus padres; nunca supo si la habían abandonado o si por el contario habían fallecido, lo único que tenía claro era que creció en un hospicio de mala muerte en Wisthar, la capital del Reino de Onyria, regentado por dos mujeres, de las cuales sólo recordaba que trataban a todos los niños como deshechos. Estaban malnutridos, nunca tuvieron ropa nueva o ni siquiera limpia, Yasmina recordaba incluso que a ella en una ocasión la vistieron con los restos de un saco de patatas agujereado estratégicamente por la cabeza y los miembros; recordaba también con mucho pesar que algunos de sus hermanos y hermanas habían fallecido por enfermedades fácilmente curables en ambientes salubres.

Al crecer, ya de adolescente, como nadie la adoptó, aquellas dos arpías la echaron del hospicio y la vendieron con tan sólo trece años a la corte para que ejerciera de cortesana de algún noble. Yasmina había sufrido mucho en el hospicio y aquello la ayudó a desarrollar un sexto sentido para evitar problemas. Jamás se encamó con ningún hombre a pesar de que las dos regentas del hospicio la vendieron como la chica más obediente del hospicio. Cierto es que la obediencia era una característica muy marcada de la chiquilla, pero también lo eran la astucia, la picardía, la entereza y la responsabilidad. Gracias a eso, Yasmina se labró una fuerte amistad con una joven pareja de nobles de la Ciudadela de Wisthar. Cuando éstos se casaron, la contrataron como doncella para que les atendiera en todas sus necesidades, pues había demostrado una gran confianza y fidelidad al matrimonio. Al poco de ocurrir los esponsales, la joven pareja decidió marcharse de la capital, porque quedaba demasiado alejada de sus tierras en la Nación Esteryania; evidentemente Yasmina se marchó con ellos y se instalaron en la gran casa donde en la actualidad ella regentaba su hospicio respetable. La joven pareja fue envejeciendo sin tener descendencia, tan sólo tenían a su fiel Yasmina, que había demostrado ser una gran persona, íntegra, valiente y resolutiva; así pues cuando ambos fallecieron le legaron todas sus pertenencias. En un principio, Yasmina se vio sobrepasada con lo que acababa de heredar de sus maestros, pero rápidamente se recompuso y tuvo la idea de crear un hospicio para niños desamparados, además decidió que los trataría como a ella le hubiera gustado ser tratada, con afecto, con cariño y con las necesidades básicas cubiertas; exactamente como había hecho el matrimonio de nobles que la contrataron. Quería ofrecer una segunda oportunidad a los niños que llegasen al lugar fuera por la razón que fuera; quería dar una nueva vida a los niños que la necesitasen.

Sus ojos se posaron sobre el agua del lago a la vez que sus labios dibujaron una tímida sonrisa de bienestar y sosiego. De repente, el agua se volvió negra, pantanosa y comenzó a burbujear como cuando un caldero está en el fuego hirviendo al máximo. Comenzó a desprender un olor acre, putrefacto y vomitivo. Yasmina sobresaltada se levantó de un brinco para comprobar horrorizada que los niños habían desaparecido del lugar. El paisaje se mostró desierto, con una tierra resquebrajada y desprovista de toda vida y el cielo se ennegreció como portando tormenta. Yasmina quiso gritar para llamar a los niños pero de su boca no salió sonido alguno. Sus cuerdas vocales estaban totalmente paralizadas. Quiso arrancar a correr para buscar a los niños pero su cuerpo no respondió, la totalidad de sus músculos habían dejado de funcionar por completo y se había quedado en un rictus que incluso le dolió como si le clavaran un millón de alfileres por todo el cuerpo. De pronto, su nombre comenzó a sonar a lo lejos, más allá del lago, como traído de un lugar lejano, profundo, oscuro y tan corrupto como las aguas que ahora borboteaban siniestras a su vera.

Yasmina…

La voz sonaba aún distorsionada.

Yâsma…

La voz sonaba ronca, cansada y áspera.

Sâyma…

¿Era su nombre? Sonaba familiar…

Syâma…

¿Quién me llama…?

-¡Tengo sed! –la voz chillona de Jake la trajo de vuelta mientras este le tiraba delicadamente de la falda repetidas veces reclamando su atención– ¡Tengo sed mamá Yasmina!

-Perdona cariño. –contestó ella un tanto confusa mientras buscaba en una cesta de mimbre un recipiente de cristal en el que llevaba agua.– Aquí tienes.

-¿Qué te pasa mamá Yasmina? –preguntó Jake tras dar un gran trago de agua fresca.

-No te preocupes, cariño. –respondió amablemente mientras se agachaba para secarle la boca al niño.– Ve a jugar un rato más con los demás.

Jake se alejó para unirse de nuevo al resto del grupo a la vez que Yasmina se incorporaba de y echaba un vistazo al paisaje. Volvía a estar como siempre, con sus aguas cristalinas rodeado de una frondosa y casi mágica vegetación. El semblante de Yasmina perdió parte de su alegría a la vez que una sombra iba borrando poco a poco su sonrisa. Instintivamente Yasmina se acercó al lugar en el que revoloteaban felices los niños y las niñas del hospicio. Algunos de ellos se percataron de su cambio de humor y fueron calmándose uno a uno, parándose frente a ella a esperar que les dijera algo. A pesar de estar posada sobre los infantes, la mirada de Yasmina estaba ausente, lejana, en una oscura ensoñación cubierta de un manto de dudas, preguntas sin respuesta y un temor que crecía ensombreciendo todo lo bueno que tenían. Los niños habían cesado sus risas por completo mirando a mamá Yasmina sin comprender qué le ocurría.

                Mamá Yasmina abrió la boca para anunciar algo, pero sus palabras no llegaron a salir. Fue interrumpida por un atronador estruendo que retumbó a la lejos con la fuerza de la peor tormenta que podían recordar tanto ella como los niños. Sobresaltada, mamá Yasmina se dio la vuelta levantando los brazos a la altura de sus hombros, con las palmas hacia adelante emulando un gesto de protección para los niños. A lo lejos, mucho más allá del sendero que llevaba al lago, incluso más lejos del plano donde estaba la casa en la que hospedaba a los niños y niñas, Yasmina vio que una colosal columna de humo negro ascendía funesta a lo más alto de los cielos. Algunos de los chiquillos, sobrecogidos por aquella inusual visión, comenzaron a sollozar. Mamá Yasmina se giró hacia ellos, se agachó con los brazos bien abiertos para indicarles que se acercaran y se dieron un reconfortante abrazo colectivo. Yasmina repitió varias veces pidiéndoles con un tono sosegado que no se asustaran, que ella estaba allí con ellos y que ella les cuidaría. Un segundo estallido tronó de nuevo a lo lejos, no obstante parecía más cercano que el anterior; al estallido le siguió una segunda gigantesca columna de humo negro y espeso que al igual que la primera, esta también se perdía en los cielos. “¡Vamos!” espetó con firmeza mamá Yasmina a todos los niños y niñas, agarrando a las gemelas cada una en una mano a la vez que arrancó a correr por el sendero de vuelta. “¡Volvemos a casa! ¡Allí estaremos todos seguros!”

                Al llegar a la casa, mamá Yasmina se dirigió a un armarito que había en el hueco que había debajo de la escalera que llevaba al piso superior. Abrió la puerta con nervio y comenzó a sacar todo lo que había dentro como llevada por un extraño frenesí surgido del fondo de sus entrañas. Al vaciar el contenido del armario una nueva puerta algo más pequeña se mostró ante ella. La abrió. Sólo halló oscuridad y un par de peldaños que descendían se perdían en ella. Yasmina salió del hueco bajo la escalera, ordenó a Pete que vigilara la entrada oscura rogándole que no dejara que ninguno de los demás bajara por ese camino; mamá Yasmina pidió a Cleo y Jana que la acompañaran a la cocina. Una vez allí, mamá Yasmina sacó de un armario que había bajo la encimera principal un gran saco en el que guardaba una cantidad más que suficiente de velas, a continuación abrió el cajón en el que guardaban los cubiertos del que extrajo cuatro cajas de cerillas. Les dio las cajas de cerillas a las dos niñas mientras ella cargó con el saco lleno de velas. Las tres volvieron al recibidor donde los niños y niñas más pequeños lloraban asustados. Pete seguía plantado en la entrada del hueco bajo la escalera como un guarda de la corte de Wisthar. Mamá Yasmina prendió rauda como el viento dos velas para llevar una en cada mano, apartó delicadamente a Pete del umbral de la puerta oscura y comenzó a descender peldaño a peldaño hasta que la oscuridad la envolvió por completo.

Yasmina…

La voz lejana y ronca llamó de nuevo.

Yâsma…

Esta vez sonó como una llama crepitante.

Sâyma…

Un eco familiar pero a la vez aterrador.

Syâma…

La voz evocaba una misión.

Yasmina pudo ver otra vez entre las tinieblas y se encontró de nuevo frente al lago, cuyo fondo era un limo putrefacto y efervescente; además, esta vez pudo comprobar que ese infame charco de muerte era alimentado por tres imponentes afluentes que arrastraban un barro inmundo. “¡Mamá Yasmina!” la voz de Pete la devolvió al sótano sombrío que había bajo la escalera.

-¿Enciendo más velas y te las voy dando? –preguntó el niño con presura.

-¡Sí cariño! –contestó mamá Yasmina un poco abrumada– Pídele a Jana que te eche una mano con eso. Yo iré subiendo y bajando las escaleras para iluminarlas hasta abajo del todo.

Y así lo hicieron: Pete y Jana encendían velas y se las iban dando a mamá Yasmina que las iba depositando una a una sobre los peldaños de madera. Avanzaron bastante rápido en la tarea de iluminar el sótano. Yasmina llegó abajo del todo de la escalera; no sabía exactamente cuánto había descendido pero le parecía que era lo suficientemente profundo como para proteger a los niños de cualquier ataque. Mamá Yasmina subió de nuevo al recibidor y pidió a Pete, Jana y Cleo que la ayudaran a llevar a los más pequeños al sótano para resguardarlos. Entre todo el barullo, los llantos y el movimiento un tanto atropellado de los infantes, Yasmina se sobresaltó al oír como alguien golpeaba con fuerza la puerta principal de la casa.

                Mamá Yasmina ordenó a los niños que se apresuraran a bajar al sótano y que no salieran para nada; insistió en que los mayores cuidaran de los pequeños y les instó a que se calmaran ya que en aquel lugar había protecciones fantasiosas que los cuidarían. Mamá Yasmina abrió la puerta principal tras la cual estaban Tarín y Kareen muy alterados. Kareen tenía la cabeza echada hacia adelante, respiraba muy fuerte y muy deprisa, tenía su mano izquierda posada sobre su bajo vientre y su brazo derecho sobre los hombros de Tarín; él la agarraba por la cintura con su brazo izquierdo. Mamá Yasmina los hizo entrar preocupada.

-¿Qué pasa muchachos? –preguntó con la voz un tanto entrecortada

-¡Ya viene! –contestó Tarín con voz chillona y conmovida.

-¿¡El bebé!? –preguntó Yasmina alarmada

-¡Sí! –gritó Kareen con gesto de dolor– ¡Ya viene! ¡Y él también viene por mi bebé!

-¿Quién viene por tu bebé? –cuestionó Yasmina mientras ayudaba a Tarín a llevar a Kareen a la habitación que hacía las veces de enfermería, para acomodarla y prepararla para el parto.

-¡Juwaba! –contestó la chica con un chillido agudo de sufrimiento.

-¡Un monstruo! –quiso aclarar Tarín mientras ayudaba a Kareen a tumbarse en la camilla que había dispuesto Yasmina.– Un enorme monstruo llamado Juwaba ha atacado el pueblo. Todo ha ocurrido muy deprisa. Ha aparecido de la nada como cuando cae un rayo y ha empezado a atacar el pueblo. Y en ese momento Kareen ha roto aguas.

-¡Duele! –chilló Kareen agarrando los costados de la camilla con ambas manos.

-Me lo imagino, cariño. –intentó tranquilizarla mamá Yasmina– Tarín por favor, ve a la cocina y tráeme un balde con agua caliente; de paso pide a Pete que cuide de los niños y dile a Jana y Cleo que vengan a echarnos una mano.

-¡Sí mamá Yasmina! –obedeció Tarín saliendo lo más rápido que pudo de la habitación.

                Un nuevo y horripilante restallido retumbó con la fuerza de mil tormentas eléctricas a pocos metros de la casa al que le siguió un punzante olor a quemado que se coló por todos y cada uno de los rincones del hospicio. “¡Maldita sea!” pensó Yasmina apretando los dientes e intentando que no se le notara el temor. Acto seguido una voz oscura, profunda y monstruosa emitió un poderoso rugido que hizo que la puerta principal de la casa se abriera de par en par y se saliera de los quicios acabando tirada en el suelo como una hoja de papel usado. Tarín se detuvo un segundo a mirar con horror que la criatura que había visto en el pueblo se encontraba frente a la entrada del hospicio. Corrió con el balde de agua caliente hacia dentro de la casa en dirección a la enfermería donde ya habían entrado Jana y Cleo para ayudar a Yasmina.

-¡Juwaba está aquí! –Informó alarmado Tarín mientras entregaba el balde a Yasmina– ¡Ha destrozado la entrada del hospicio!

-Nosotras nos ocupamos de Kareen y el bebé. –Declaró firmemente Yasmina mientras indicaba a las niñas qué hacer para ayudar en el parto.– ¿Crees que puedes defender el hospicio Tarín?

-Esa bestia puede aplastarnos con sólo mirarnos… –explicó Tarín con la voz temblorosa y el corazón aceleradísimo– ¡Pero por mi hijo haré lo que haga falta!

-¡Bien! –lo animó Yasmina– Mira cerca del armario que hay bajo el hueco de la escalera. Al vaciarlo he tirado al suelo unas cuantas cosas de entre las cuales debe de haber un arma para defenderse.

-¡Allá voy!

Tarín se lanzó a la carrera hacia la entrada principal, avistó el montón de enseres que estaban apilados frente al armario bajo la escalera y comenzó a removerlos todos en busca de un arma con la que defender el hospicio. Finalmente, dio con un mosquete coronado con una bayoneta. Lo agarró con todas sus fuerzas y lo pegó a su pecho que parecía que iba a estallarle por el terror que estaba sintiendo. Salió con paso dubitativo por el umbral de la entrada principal cuya puerta había sido arrancada por el terrible rugido de la bestia. En el exterior a pocos metros advirtió al terrible monstruo. Era una criatura enorme, probablemente debía de medir cerca de dos metros y medio de alto y otro tanto de ancho. Se mantenía erguida sobre dos musculosas patas, también tenía dos patas anteriores muy marcadas y fuertes unidas a un torso descomunalmente henchido de potencia. Además poseía una larga y poderosa cola que movía de forma siniestra tras de sí. Todo su cuerpo estaba recubierto de un pelaje verdoso y duro, salvo su rostro que recordaba al de un toro, sin embargo en su boca que estaba medio abierta, lucían dos hileras de colmillos afilados como cuchillos; sus ojos eran más bien pequeños y brillaban con la furia de los fuegos infernales. Su cabeza estaba coronada con dos colosales astas curvadas de forma grotesca.

-¿Dónde está el portador del Alma Etérea? –preguntó la increíble criatura usando su pavoroso rugido

-¡No sé quién es ese! –contestó con un grito agudo Tarín mientras encañonaba a la bestia apuntando directamente a su cabeza.– ¡Pero si no te marchas te abriré un tercer ojo en la frente!

-¡Insignificante humano! –escupió iracundo el monstruo– ¿Crees que un arma de la vuestras puede dañar al Gran Juwaba?

-¡Ahora verás! –amenazó Tarín a la vez que soltaba todo el aire que tenía dentro. El muchacho afianzó la culata del mosquete sobre su hombro derecho, aguzó la precisión y apretó el gatillo con decisión. Juwaba estalló en una cruel carcajada y se burló de Tarín.

-¡Ni siquiera tienes el arma cargada! ¿Qué pensabas hacerme con ese juguete?

-¡No dejaré que entres en el hospicio! –gritó Tarín mientras cargaba contra la criatura con la bayoneta en ristre.

-¡Criaturita! –dijo burlón Juwaba mientras soplaba casi sin esfuerzo para hacer volar por los aires a Tarín quien cayó de espaldas al suelo– Dime debilucho, ¿está en esa casa el portador del Alma Etérea?

-¡No sé de qué estás hablando! –respondió  Tarín retorciéndose de dolor por culpa del batacazo.

-Te lo explicaré. Hay ciertos humanos que en su interior albergan retazos del alma de la Diosa Creadora Sârva. Esos humanos son portadores del Alma Etérea y están dotados de un poder cercano al de los Dioses Prístinos.

-¡No conozco a nadie que posea el poder de los Dioses! –rebatió Tarín levantándose con dificultad– ¡Así que márchate! ¡No hay nada para ti en este lugar!

-Estás muy equivocado, debilucho. El Amo Avyasthâ nos ha enviado a buscar a los portadores del Alma Etérea para capturarlos y nos ha dotado de la capacidad de detectar su presencia. –contó Juwaba olisqueando con sus enormes narinas el aire mientras Tarín se encogía de dolor y de miedo.– El aroma del Alma Etérea mana de dentro de esa casa. Si no sale por su propio pie, yo mismo le haré salir.

-¡No te atreverás! –protestó Tarín cruzando ambos brazos sobre su torso para atenuar el dolor que sentía por el topetazo que había recibido– ¡Defenderé a mi amada Kareen, a mí esperado bebé, a mamá Yasmina que siempre nos ha cuidado y a los niños…

Tarín se desplomó en el suelo y exhaló su último aliento.

                Juwaba observó cómo se apagaba la vida de ese insignificante contrincante mientras seguía olisqueando el aire en busca del paradero exacto del portador del Alma Etérea. Tan pronto como la vida de Tarín se esfumó, Juwaba dio un respingo al notar un nuevo olor. “¡Qué suerte he tenido! ¡Voy a tener doble premio en esta misión!” se dijo a sí mismo. Juwaba adoptó una postura ofensiva en la que flexionó sus potentes patas traseras y alzó los musculosos brazos mostrando al cielo las palmas de sus monstruosas garras. A continuación el suelo comenzó a temblar ligeramente y justo sobre la casa se concentraron de forma grotescamente rápida una cantidad ingente de perversas nubes negras. Juwaba profirió un aberrante rugido que provocó una inmisericorde salva de descargas eléctricas provenientes de los nubarrones que alcanzaron de lleno y varias veces el hospicio. El tejado principal del hospicio se derrumbó llevándose consigo la estructura interna levantando una gran polvareda.

                El monstruo se acercó a la pila de escombros que él y su ofensiva diabólica habían causado y comenzó a olisquear de nuevo. “¿Dónde te escondes?” profería mientras retiraba restos de escombros echando manotazos a un lado y otro con sus poderosas garras. “¡Da la cara y únete al Amo Avyasthâ!” rugió Juwaba con ira deteniéndose unos segundos para retomar el aire. Juwaba se detuvo por completo al notar algún tipo de alteración en el lugar y su verde pelaje se erizó sobre su piel como signo de alerta. Se retiró prudentemente un par de pasos atrás y observó lo que estaba ocurriendo. Bajo los escombros, comenzó a palpitar un resplandor morado de forma intermitente y suave. “¡Así que has decidido mostrarte tal y como eres! ¡Aquí te espero!” escupió Juwaba adoptando una postura ofensiva. Tras el brillo morado un estallido considerable envió restos de madera, pizarra y polvo por todos lados dejando una oquedad en medio del derrumbamiento. Del hueco surgió una figura humanoide, de forma majestuosa, envuelta por el halo resplandeciente de color morado; su piel era grisácea, sus largos cabellos azabaches ondeaban de forma espectral, de entre los cuales podían distinguirse dos cuernos puntiagudos duros y oscuros a cada lado de la cabeza. Sus ojos tenían dos pupilas negras, profundas como el mismísimo abismo, tenía una nariz recta y marcada, casi puntiaguda y sus labios eran finos y morados. Su cuerpo estaba ataviado con una lustrosa casaca de cuero que tenía bordado en las esquinas unas elegantes y nobles decoraciones con hilo dorado. Tras de sí se desplegaron unas imponentes alas ramificadas de un color negro carbón. En sus brazos sostenía una toalla que tenía hecha un ovillo y que estaba claramente manchada de sangre. “¡Bienvenida Syâma!” la saludó Juwaba esgrimiendo una afilada sonrisa.

                Syâma no cruzó una sola palabra con el monstruo. Tan sólo aseguró con el brazo izquierdo el bulto que hacía la toalla para liberar su brazo derecho que luego tendió hacia adelante mostrando la palma de su mano al cielo. Syâma susurró algo casi de forma imperceptible, sin embargo Juwaba entendió a la perfección cuáles fueron sus palabras. La criatura aterrorizada por lo que dijo Syâma dio media vuelta y comenzó a huir despavorido haciendo temblar el suelo a su paso. Syâma no se movió un ápice de donde se encontraba. Acto seguido una vela blanca, rígida y nueva apareció en su mano. A continuación, el blanco de sus ojos se tornó totalmente negro dándole un aspecto diabólico. Juwaba que corría a lo lejos intentando escapar puso sus grandes manazas delante de su boca para tapársela como pudo, no obstante eso resulto ser completamente inútil pues una suerte de vaho anaranjado empezó a salir de su interior a través de sus enormes narinas pero también y en menor medida a través de los resquicios de sus dedos y las comisuras de su boca. El vapor naranja flotó raudo hacia la mecha de la vela que sostenía Syâma y esta se prendió mostrando una potente llama. Juwaba se volteó de nuevo hacia Syâma y la miró con una mezcla de pavor y odio. “¡Maldita bruja!” El monstruo cargó contra Syâma a toda velocidad. Syâma acercó la vela a sus labios y sopló. La llama se apagó dejando un hilillo de humo blanquecino. Juwaba se desplomó en el suelo causando un temblor considerable; su vida también se apagó.

                Tras lo ocurrido, Syâma acomodó con sus dos brazos el bulto que llevaba envuelto en la toalla y suavemente lo destapó. Un recién nacido dormía plácido, prácticamente ajeno a todo lo que había acaecido a su alrededor. El aspecto de Syâma cambió y volvió a ser Mamá Yasmina. Sus ojos ya no eran negros como el abismo pero estaban inundados de lágrimas, su cabello volvía a clarear de un color gris pálido y su piel volvió a tomar su tono habitual, además la casaca volvió a ser el vestido morado que le habían hecho las niñas del hospicio, aunque ahora tenía alguna que otra rotura suelta. Se sentó sobre los escombros con el bebé en brazos y lo miró con pesar. Sólo le quedaba esa pequeña criaturita que acababa de nacer. Todo lo que había luchado, todo lo que había cuidado, todo lo que había querido estaba destruido, hecho añicos, convertido en una pila en ruinas, cascotes, trozos de madera partida y astillada… Y las niñas y los niños… Ya no estaban…

                De pronto, un tenue brillo azul proveniente de debajo de los escombros la sacó de sus oscuros pensamientos. De entre los materiales ruinosos desperdigados por doquier brotaron unas brillantes esferas de luz azul que se detuvieron frente a mamá Yasmina. Pudo contar diecisiete en total. Una profunda voz resonó en la cabeza de mamá Yasmina que observaba maravillada el inusual fenómeno. La voz sonaba conciliadora, agradable, cálida y amorosa.

-Querida Syâma, sé que acabas de sufrir una pérdida descomunal, y lo siento muchísimo. Pero el Universo entero te necesita.

-¿Qué… –preguntó Yasmina parpadeando rápidamente para secar en la medida de lo posible sus lágrimas.

-Soy Sansâra. –respondió la voz con su tono cándido– El Universo está sufriendo un terrible desequilibrio causado por la acción de mi hermano Avyasthâ y de sus secuaces. He venido a despertar tu poder del Alma Etérea pues eres una de las piezas más importantes del juego. Me siento culpable por lo que ha ocurrido con tus seres queridos, puesto que en parte no he podido controlar las acciones de mi hermano y de sus seguidores, no obstante necesito que uses tu poder para ayudarme a restaurar el orden.

-Pero, ¿qué puedo hacer yo? –preguntó Yasmina con la voz entrecortada– Cuando el techo se vino abajo dentro de la casa mi reflejo fue abrazar al bebé de Kareen y justo después todo mi ser cambió. Noté una sensación abrumadora de tener un poder ferviente en mi interior, pero por otra parte me sentí completamente impotente, pues ese cambio llegó demasiado tarde… ¿Qué puedo hacer?

-¿Ves esas esferas brillantes a tu alrededor? –preguntó conciliador Sansâra

-Sí. Son hermosas, pero a la vez me hacen sentir una gran tristeza. ¿Por qué? ¿Qué son?

-Son las almas de tus seres queridos. –explicó la voz de Sansâra a la vez que Yasmina daba un respingo– Sabes lo que ocurre cuando alguien fallece, ¿verdad?

-Sí… Su alma viaja hasta el Inframundo, donde llega a uno de los tres pabellones según haya sido su vida; más tarde, al cabo de un cierto tiempo ésta se reencarna en una nueva vida.

-Así es, querida. –aseveró Sansâra– Pues verás, las artimañas de mi hermano han conseguido corromper el Inframundo y las almas que están llegando ahora allí no pasan por el proceso de reencarnación correctamente; a causa de esto los seres que están naciendo desde ese momento son seres malvados y corruptos.

-¡Es horrible! –murmuró Yasmina posando su mirada sobre el bebé de Kareen a la vez que dibujaba una mueca de preocupación– Eso significa que este bebé también tiene un alma corrupta, ¿verdad?

-Desgraciadamente, así es. –contestó la voz con algo de pesar– Además, las almas de tus seres queridos, que ahora mismo te rodean, también pueden acabar viciándose si no ponemos remedio.

-¿Qué pasaría si no se solucionase el problema? –preguntó Yasmina un tanto recelosa

-En este momento, hay un número ingente de almas corruptas en el Inframundo, atrapadas por un hechizo de contención que yo mismo he lanzado; no obstante no es un hechizo eterno, por eso el tiempo apremia. Si no las purificamos antes de que se escapen, se reencarnarán en seres vivos que poco a poco irán revelando su naturaleza malvada y causarán el caos y traerán destrucción al universo.

-¡No puedo permitir que mis niños se conviertan en monstruos! –afirmó Yasmina sollozando y secándose las lágrimas como pudo– ¿Qué debo hacer?

-Debes usar el poder del Alma Etérea que posees para ir al Inframundo y restaurar el orden de todas las cosas allí.

                Yasmina se secó las lágrimas con una esquina de la toalla ensangrentada; su rostro ahora tenía una especie de halo de decisión y empeño. Miró al bebé de nuevo y preguntó a la voz.

-¿Qué haremos con él?

-Es un ser nacido con un alma corrupta, quizás encuentres una manera de purificar su alma salvándole la vida. –animó la voz de Sansâra con empeño.

Mamá Yasmina cubrió con delicadeza al bebé con la manta y se levantó decidida como Syâma, la Guardiana del Inframundo. Frente a ella surgió una arruga en el aire que se transformó en un portal circular y oscuro. Syâma se volteó hacia las almas brillantes de sus seres queridos, las observó y esbozó en sus labios morados una sonrisa de confianza. “¡Vámonos!” dijo con decisión. “¡Tenemos trabajo que hacer!” Syâma cruzó decidida el portal seguida de las diecisiete almas brillantes. Tras entrar en el vórtice oscuro este se hizo cada vez más pequeño hasta volverse una arruga insignificante para luego desaparecer.

Acuario

             Laya era una grácil muchacha, habitante de Mar Calmo, un pequeño pueblo pesquero al noroeste de la Nación Esteryania. Era la hija de un pescador que salía con puntualidad religiosa a faenar cada día con gran destreza obteniendo muy buenos resultados; su madre era una hilandera que retorcía filamentos con una precisión milimétrica y producía de las mejores hilazas que se habían hecho jamás. Sin duda, se trataba de una familia con una vida apacible, dedicada al trabajo y a cultivar las buenas costumbres y tradiciones familiares. Por eso, Laya era una persona entregada a la cultura familiar y desde una edad muy temprana comenzó a interesarse por el laborioso trabajo de hilandera que desempeñaba su madre con tanto tesón. En muchas ocasiones la había acompañado al telar en el que trabajaba, que estaba situado al lado del puerto y se había quedado durante toda la jornada laboral observándola para aprender el oficio con la esperanza de un día llegar a ser tan buena hilandera como lo era ella.

                Durante el verano, las hilanderas y tejedoras de Mar Calmo solían instalarse en el exterior del telar para poder ofertar en pequeñas paradas mercantiles los productos resultantes de su magnífico y elaborado trabajo. Era en esas ocasiones en las que Laya disfrutaba mucho más ya que ella se ponía en las paradas para ayudar a vender el tan preciado género que creaban a diario. Las hilanderas y tejedoras apreciaban su ayuda puesto que tenía un increíble don para agotar todas las existencias y conseguir recaudar el máximo beneficio para el gremio; razón por la cual, las hilanderas no se olvidaban nunca de invitar a Laya la venta de la hilaza cada verano.

                Fue precisamente en uno de esos veranos que la sosegada vida de Laya cambió radicalmente. Un buen y soleado día, en el que la brisa marina era fresca y agradable, Laya acudió al puerto de Mar Calmo, dispuesta a usar su habilidad para vender todo el género que habían estado produciendo las hilanderas. Como cada mañana, algunos de los marinos y pescadores de la zona que volvían de faenar en el Mar de Esteryania se quedaban atónitos observando a la muchacha realizando aquella labor con el empeño que desprendía. Tenía a todo el mundo encandilado con su gran sonrisa y su amabilidad que invitaba a  comprar la hilaza de tan buena calidad que producían aquellas hábiles mujeres.

                Pero aquella mañana, la tranquila y rutinaria vida en Mar Calmo se vio truncada por algo que sus habitantes jamás antes habían vivido. Un anciano, que había sido marino mercante en su juventud, estaba sentado en el porche de uno de los barracones del puerto, observando el horizonte como hacía cada mañana recordando los viejos tiempos; sin embargo ese día se levantó casi de un salto de su sillón de mimbre trenzado, atónito por lo que estaban presenciando sus pequeños y cansados ojos: a lo lejos divisaron una flota de grandes buques de vela que se acercaban hacia Mar Calmo. El viejo se acercó, no sin dificultad y apoyándose en un bastón, a uno de los muelles de madera del puerto para observar de cerca la llegada de aquellos navíos. No sabía el por qué, pero algo en su interior le decía con amargura que muy probablemente no traerían buenas noticias.

                Laya, que en aquel momento se encontraba sumergida de lleno en su tarea veraniega de venta, casi no se percató de lo que ocurría hasta que una suerte de sensación en su interior, a la altura del estómago, la hizo detenerse en seco. Alzó la vista y se fijó con una incómoda sorpresa que todo el mundo a su alrededor había cesado sus quehaceres diarios, pues se encontraban todos observando mesmerizados el horizonte. Aquellos enormes barcos de vela, que tenían en Babia a todos los habitantes del pueblo, se acercaban raudos a las orillas de Mar Calmo como un inevitable presagio cargado de fuerzas negativas. Como atraída por el efecto embrujador arrastrado por la brisa marina, Laya caminó con aire fantasmagórico hasta el muelle donde estaba el viejo del sillón de mimbre. Se detuvo con los ojos quedos sobre aquella flota que se acercaba.

                Algo extraño le ocurrió entonces; mientras seguía mirando hipnotizada, en lo más hondo de su mente, en algún lugar oscuro en el que todavía ningún pensamiento había podido llegar, resonó tímidamente una especie de llamada lejana, demasiado lejana, casi de otro mundo. Un susurro etéreo que se repitió una y otra vez. Muy despacito. Al principio casi inaudible, pero muy claro.

Laya…

Un susurro de otro plano, extrañamente familiar.

Layâ…

Sonaba a su nombre, sí. Pero de alguna manera le parecía distinto.

Lajâ…

Cada vez le era más extraño.

Jâla…

-El mar me está llamando –susurró sin apartar la vista de los buques

-¿Qué dices niña? –le preguntó con voz ronca el anciano mirándola por el rabillo del ojo.

-El mar… Jâla…

                Cuando los buques alcanzaron los muelles del puerto de Mar Calmo, fue como si todos los habitantes salieran de ese extraño trance en el que les había sumido aquella visión nada habitual.

¿Dónde está mi padre? –preguntó Laya al viejo apresuradamente, como quien se despierta tarde una mañana.

-En la lonja, con los demás pescadores, vendiendo el género, supongo. –respondió aquel anciano todavía sorprendido por el brusco cambio de actitud que tuvo Laya.

-¡Gracias! –dijo la muchacha mientras salía disparada en dirección a la lonja.

Laya corrió con todas sus fuerzas hasta la lonja; abrió las puertas dobles de entrada de par en par, jadeando con fuerza y transpirando por la carrera.

¿¡Dónde está mi padre!? –preguntó con un fuerte grito que hizo que todos los comerciantes de la lonja y los pescadores se giraran hacia la entrada.

-¿Qué ocurre Laya? –respondió su padre preocupado por el alarido que acababa de proferir su hija, mientras salía de entre la muchedumbre.

-¡Vienen a por vosotros! –contestó alterada y lanzándose entre lágrimas a los brazos de su padre.

-Calma hija –intentó tranquilizarla mientras la abrazaba– Cuéntame, ¿qué ocurre? ¿Quiénes vienen a por nosotros?

-Los buques –dijo entre sollozos– La voz del mar me lo dijo. Susurró mi nombre y me avisó que venían a por vosotros.

                Alguien entre los trabajadores de la lonja miró por una de las ventanas tras lo cual alertó al resto de que en el puerto habían atracado una gran cantidad de barcos de vela que no había visto nunca. Al oír eso, todo el mundo salió de la lonja para lanzarse al muelle con rapidez para presenciar aquello. Laya, todavía en el interior del local, arreció el abrazo a su padre rogándole que no saliera, porque si salía de allí se lo llevarían para siempre. Al cabo de unos segundos, Laya y su padre salieron de la lonja atraídos por el rumor de los habitantes de Mar Calmo. Una vez fuera, Laya agarró la mano de su padre con tanta fuerza que hasta le hizo daño; el hombre tan sólo la miró con expresión preocupada.

                Mientras todo el pueblo de Mar Calmo se reunía en el puerto frente a los enormes buques que acaban de atracar, de estos comenzaron a descender de forma ordenada, siguiendo un ritmo constante y decidido marcado por sus propios pasos, varias decenas de personas ataviadas con imponentes armaduras brillantes que casi parecían forjadas por los Dioses. Algunos equipaban también grandes lanzas con un estandarte en el que ondeaba un símbolo extraño parecido a al sol pintado de morado oscuro. Todos y cada uno de esos extraños guerreros se pararon frente a los habitantes de Mar Calmo como siniestras estatuas férreas. De uno de los buques se oyó una atronadora voz que restalló por todo el pueblo e hizo estremecer a más de uno de los presentes. La masa de guerreros se separó creando un perfecto pasillo que iba desde la embarcación de la que había resonado la voz hasta el muelle donde estaban todos los Calmeños observando. Del barco descendió un hombre anormalmente alto, con una corpulencia considerable, ataviado con una armadura idéntica a la del resto de guerreros que lo acompañaba; tenía una larga melena blanca que llevaba recogida en una cola de caballo de forma muy elegante, su piel era de una tez anómalamente blanca, tenía las facciones muy duras, muy marcadas, con una quijada casi cuadrada, una nariz ancha y algo chata y sus ojos desprendían un brillo casi infernal. Laya puso su temerosa mirada sobre aquella descomunal bestia y sintió como un gigantesco vacío se le hacía en el interior y la arrastraba poco a poco a un lugar oscuro y frío.

-¡Oídme bien habitantes de Mar Calmo! –vociferó el gigante con una voz ronca y profunda– ¡Mi nombre es Bakasuron! Y ostento el título de Dios Antiguo, Señor de la Guerra y Portador de Odio. Mi Señor, Hijo de Sârva la Creadora, Regente del Caos, el Dios Prístino Avyasthâ, se ha declarado el auténtico dueño de todo el Universo; en estos aciagos tiempos, se encuentra en una cruzada contra su hermano. Para salir victoriosos de la guerra que se ha iniciado entre ellos dos, nos ha enviado a sus fieles emisarios por todo el mundo de Onyria, para encontrar las Almas Etéreas y reclutarlas para nuestro ejército. Sabemos que una de esas Almas Etéreas está en este pueblo y hemos venido a reclamarla.

                Los Calmeños miraban a un lado y a otro, sumergidos en el temor provocado por el sólo nombre del Dios del Caos y en la incomprensión surgida de las palabras del siniestro Dios Antiguo. El murmullo de la gente empezó a correr en todas direcciones transportando dudas, preguntas y ruegos a los Dioses para que no ocurriera una desgracia en aquel pacífico lugar. Impacientado, Bakasuron alzó su oscura voz de nuevo contra Mar Calmo.

-¡Decidme! ¡¿De quién se trata?! ¿Quién posee el Alma Etérea!

-Me parece que no encontraréis lo que buscáis en este lugar, Señor. –intervino el anciano del porche abriéndose paso entre la gente para situarse frente al gigantesco ser– No creo que tengamos algo así. Somos tan sólo un humilde pueblo pesquero.

-El Alma Etérea no es un objeto tangible –explicó rugiendo Bakasuron– El Alma Etérea está dentro de uno de vosotros. Si no tienes el Alma Etérea, viejo, es mejor que te apartes.

-¡Qué malos modales tenéis para ser un Dios! –protestó el anciano– ¿Cómo podemos saber quién tiene el Alma Etérea entonces?

-Los portadores del Alma Etérea tienen un don especial –contó Bakasuron tras emitir un gruñido de fastidio– algo que los hace diferentes al resto.

A pesar de la honda congoja instalada en Mar Calmo, la explicación de aquel intimidante Dios gigante les pareció vaga y laxa a casi todos los presentes; como consecuencia siguieron murmurando entre ellos preguntándose quién podría ser esa persona a la que buscaba Bakasuron. Pasaron unos minutos en los que las demandas del Portador de Odio no fueron satisfechas y este pasó de la impaciencia al enfado.

-¡Ya está bien! –objetó irritado Bakasuron resoplando pesadamente– ¡Prended a todos los hombres y subidlos a bordo! ¡Averiguaremos quién es el portador del Alma Etérea en cuanto partamos!

Los guerreros de brillantes armaduras que habían permanecido totalmente inmóviles, empezaron a moverse para cumplir las órdenes de capturar a todos los hombres de Mar Calmo. Aquello provocó reacciones dispares cuanto menos: unos huyeron despavoridos, otros plantaron cara a los soldados siendo capturados inevitablemente. El padre de Laya, henchido de valor y rabia avanzó firmemente entre los enfrentamientos casi sin ser percibido, hasta plantarse frente a Bakasuron para lanzarle una mirada desafiante directamente a los ojos. Laya, horrorizada, con los ojos inundados completamente se lanzó tras su padre y lo agarró del brazo para tirar de él e intentar hacerle marchar del lugar. El rostro de Bakasuron mostró una pincelada de curiosidad frente a aquella afrenta y esbozó una ligera sonrisa.

-Así que un valiente, ¿eh? –espetó Bakasuron con sorna

-¡Detén esta locura! –gritó seriamente el padre de Laya

-Podrías ser tú. –musitó Bakasuron algo sorprendido– Ninguno de mis guerreros ha reparado en que te acercabas a mí. Ni siquiera yo te he notado venir.

Laya tiraba del brazo de su padre con todas las fuerzas de las que disponía, pero no se movía ni un ápice. Bakasuron levantó su mano izquierda en el aire y chasqueó los dedos; en el acto, todos los guerreros armados se detuvieron y regresaron a los buques llevando a los capturados con ellos. En los muelles sólo quedaban algunos Calmeños escondidos entre trozos de madera, paradas de venta de productos maltrechas por la rebatiña o detrás de alguno de los porches y en sobre el muelle donde prácticamente todo había ocurrido tan sólo quedaban el padre de Laya parado frente a Bakasuron, y Laya que seguía intentando llevarse a su padre.

-¡Tú vienes conmigo! –aseveró Bakasuron agarrando con su gigantesca mano al padre de Laya y empujándola a ella para hacerla a un lado– El Alma Etérea de los mares debe de estar dentro de ti.

-Laya, cuida de tu madre. –pidió el hombre con voz segura mientras era arrastrado inevitablemente al interior del barco.

Laya permaneció inmóvil ante el suceso. Los buques se alejaron casi tan veloces como habían llegado a Mar Calmo. Pasaron tan sólo unos pocos minutos, pero a Laya le dio la sensación de que el tiempo se había paralizado. La culpa se la estaba llevando a un lugar profundo, frío, inhóspito y terrible. El abrazo desesperado de su madre la trajo de vuelta a la realidad.

-¡Laya! ¿Estás bien? –preguntó preocupada

-¡Mamá! –respondió Laya como quien despierta de golpe.– Papá… ¡Se han llevado a Papá!

-Lo he visto, cariño. ¡Ha sido terrible! Pero estamos tú y yo aún. –intentó consolarla

-Es mi culpa…

-No hija mía, tú no te has llevado a tu padre.

-Pero yo sabía que venían a buscarle… Me lo dijo el mar…

Durante el resto del día, las madres, los hijos e hijas de Mar Calmo lloraron las pérdidas mientras recogían y reparaban los destrozos resultantes del enfrentamiento contra los guerreros de Bakasuron.

                La noche cayó. Las lámparas de aceite de cada casa se fueron apagando gradualmente. Mar Calmo quedó sumido en la total oscuridad. El silencio de la noche únicamente truncado por el rumor de las olas del mar arrastraba una brisa densa y triste. Laya yacía en su cama, con el corazón compungido. La culpa seguía creciendo en su interior y a pesar de la ensordecedora quietud del momento no podía dormir.

Laya…

Resonó con una dulzura paternal en su mente.

Layâ…

Otra vez, su nombre, pero no sonaba del todo igual.

Lajâ…

Extraño, sin embargo familiar

Jâla…

Laya se levantó y se dirigió a la puerta de su casa. Su madre, alertada por el sonido de los pasos de su hija en el suelo de madera, salió a su paso.

-¿Dónde vas Laya?

-El mar… –susurró la muchacha sin apartar la vista de la puerta– Me está llamando el mar…

Laya abrió la puerta, y el frescor húmedo de la noche le besó suavemente en la frente. Salió de su casa, caminó descalza, con un aire fantasmal por las calles del pueblo hasta llegar al muelle. Su madre la siguió preocupada intentando detenerla, pero no hacía ruido porque no quería despertar a los vecinos que ya habían sufrido bastante.

-¡Laya volvamos a casa! –ordenó su madre intentando no alzar mucho la voz

-El mar… –repetía Laya una y otra vez como mesmerizada por el susurro que repetía y deformaba su nombre.

Laya avanzó hasta el borde de un embarcadero. Su madre la agarró del brazo para evitar que se cayera al agua. A lo lejos, más allá del horizonte, un resplandor carmesí atravesaba el paisaje de forma misteriosa, danzando sensualmente, curvando hacia un lado y otro alternativamente su silueta luminosa. Laya se dio la vuelta hacia su madre y la miró con ternura.

-Voy a buscar a papá. –resolvió con una seguridad que perturbó a su madre.

Se dio la vuelta, saltó al agua y nadó hacia el fondo, cada vez más hondo, dejando atrás el llanto desconsolado y las súplicas de su madre.

Laya…

Sólo oía aquel susurro que la llamaba desde el fondo del mar.

Layâ…

Cada metro que descendía en profundidad el susurro se volvía más audible.

Lajâ…

Y aún más.

Jâla…

 Su nombre había cambiado, sin embargo le resultaba extrañamente más adecuado ahora. Siguió nadando aún más al fondo. El aire que tenía dentro ya había salido por completo y se había ido burbujeando grácilmente a la superficie. Se le agotaban las fuerzas, pero seguía nadando con tesón pues tenía que rescatar a su padre. Su cuerpo empezaba a fallar: le dolía el pecho por el esfuerzo y la ausencia de aire, los músculos ya no tenían fuerza y su avance se había detenido, su mente poco a poco se iba apagando en una especie de sueño muy lejano con un regusto algo amargo pero a la vez mágico. Sus ojos se cerraron y quedó inmóvil rodeada de agua salada y oscuridad. Despacito, su cuerpo fue descendiendo cada vez más hasta perderse en las profundidades.

Laya…

Layâ…

Lajâ…

Jâla…

Despertó en un lugar frío, su camisón y su pelo ondeaban mecidos por una apacible corriente marina. No había aire en ese lugar, no obstante respiraba. “¿Qué ha ocurrido?” pensó. Frente a ella, la penumbra marina se disipó tras un cegador destello blanco. La voz que había susurrado en su mente se dirigió a ella con una claridad solemne.

-Has escuchado la llamada.

-¿Quién es?

-Sansâra es mi nombre –respondió aquella grandilocuente voz

-¿El Dios Prístino? ¿Hijo de Sârva la Creadora?

-Así es. Y tú, Laya de Mar Calmo, posees lo que buscan los secuaces de Avyasthâ.

-El Alma Etérea… –esas palabras salieron de Laya como un suspiro que se da tras un esfuerzo exigente.

-Por eso has podido oír mi llamada.

-¿Qué significa?

-Enseguida lo entenderás, querida.

El destello centelleó de forma sorprendente frente a Laya quien comenzó a notar cómo cambiaba su cuerpo: la piel se le tornó de un tono azulado como el mar en un imponente y soleado día de verano, las pupilas de sus ojos se encogieron y cambiaron de forma hasta convertirse en las de un reptil, su pelo se volvió parecido a las algas marinas que ondulaban mecidas por las corrientes, entre sus dedos, tanto de los pies como de las manos, brotaron membranas cartilaginosas, sus uñas se transformaron en poderosas garras, y la integridad de su cuerpo se recubrió de una suerte de armadura de escamas que ella identificó como las de los dragones de los cuentos.

-Jâla es tu Alma Etérea –explicó la voz de Sansâra– Jâla en la lengua de los Dioses es el agua, es el mar, es la lluvia, los ríos y los lagos. Jâla es la Guardiana Celestial del Océano.

-Entiendo. –asintió Jâla– Ahora, voy a rescatar a mi padre.

Jâla nadó rauda y desapareció en las aguas de los mares de Esteryania.

A la mañana siguiente, los habitantes de Mar Calmo despertaron con el pesar de la madre de Laya, quien había pasado la noche llorando desconsolada, en el embarcadero donde vio a su hija saltar al agua. Muchos se acercaron para tratar de darle su apoyo. A pesar de lo terrible de la situación, la tortura de la pérdida de dos seres queridos se vio interrumpida por un asombroso hecho. Un niño Calmeño oteó al horizonte y gritó con entusiasmo: ¡Están volviendo! A lo lejos, los habitantes de Mar Calmo que se habían apelotonado sobre el muelle pudieron contar una quincena de barcas que se acercaban al puerto. En dichas embarcaciones navegaban todos y cada uno de los hombres que se habían llevado los guerreros de Bakasuron. Al arribar a puerto, cada uno corrió hacia sus respectivas familias para fundirse en abrazos y lágrimas de soslayo. Los padres de Laya no fueron una excepción.

-¡Has vuelto! –sollozó la mujer dándole a su marido un cálido beso en los labios.

-Sí. –contestó sonriendo el hombre– Hemos vuelto todos. Laya nos ha salvado.

-¡Laya! ¿¡Dónde está!?

-Ahora ella es el mar.

Era extraño, pero aquellas últimas palabras del padre de Laya, se volvieron una especie de reconfortante lema.

La madre de Laya echó la vista al horizonte. Su pecho exhaló un suspiro y de sus labios salieron las mismas palabas: Ahora ella es el mar.

 

Jâla o la Dama del Mar.

Fragmento del Libro de Sârva, La Gran Guerra de los Dioses