Marina: jazmín y cobre

Marina entre el vaho del cuarto de baño. (Generada por la IA de wordpress)

Es 31 de octubre de 2025. Hace mucho que no publico nada en mi blog, no sé si por falta de tiempo, por hacer otras cosas o si por desidia… Pero ha llegado el momento y tenía necesidad de compartir esta historia. No está revisada, hace tan solo unos días que la escribí y aún tiene cosas a corregir, pero hoy es el día que tiene que aparecer. «Marina: jazmín y cobre» es un relato corto de horror trágico, espectros, locura, venganza y un trasfondo social que denuncia cómo el cuerpo de las mujeres no es más que un simple objeto para uso finito de los hombres y de la sociedad. Espero que lo disfrutéis y que os embruje el espectro de esta historia.


Como cada último viernes del mes, sobre las cinco de la tarde, Darío es el último en salir del despacho. Antes de apagar el ordenador y echar el cierre hasta el lunes, se cerciora de haber tramitado todas las facturas, de haber preparado los pagos de todos los recibos de la empresa y prepara las nóminas para que sus compañeros el lunes siguiente cobren religiosamente. Tras abandonar la estancia y salir a la calle, una bocanada de aire frío lo sorprende desagradablemente, cosa que le extraña porque durante todo el día ha hecho muy bueno, de hecho, al medio día, durante la pausa para ir a comer, incluso ha tomado un poco el sol y hasta le dio algo de calor. No le da más importancia de la que tiene, al fin y al cabo, esos cambios de temperatura tan bruscos son normales a finales de octubre. El verano ya hacía días que se había marchado para no volver en una larga temporada dando paso al otoño que suele teñir de gris el devenir de los días, con la lluvia y el frío. Como siempre acostumbra a hacer, antes de volver a casa y descansar durante el fin de semana, pasa por el bar. Un bar que no queda muy lejos de su casa ni de su oficina. Para él es un lugar que frecuenta, como muchos otros hombres al terminar la jornada laboral para desconectar, discutir sobre el último partido de fútbol de sus equipos favoritos, de lo mal que está la política actual, de cómo esas feministas feas y rabiosas castran a los hombres quitándoles derechos impunemente, de que ya no se puede decir nada y todas esas cosas que parece que les devuelven a los hombres la fuerza y la seguridad que nunca tuvieron.

Aquella tarde, al entrar al local, el olor a cerveza, a barra antigua y a sudor concentrado, al igual que el barullo típico de una veintena de tíos hablando con algunos decibelios de más, lo reciben como siempre, sin embargo, al cerrar la puerta tras de sí, algo es distinto: el alboroto y las risas que inundan el bar se van apagando poco a poco, y las miradas, todas ellas frías, se van posando sobre Darío una a una. Al principio, no se da cuenta, absorto en las notificaciones de Instagram, pero el murmullo se apaga del todo y el ambiente se vuelve espeso. Entonces, Darío levanta la mirada. Saluda con efusividad como suele hacer todas las semanas y sonríe levemente por la sorpresa. “¿Qué pasa? ¿Me estabais esperando?” pregunta despreocupado y festivo. No recibe respuesta. Sólo esos ojos gélidos clavándose en él. Está acostumbrado a hablar en público, pues es uno de los formadores de la empresa de transportes para la que trabaja y suele impartir las clases de riesgos laborales, además de hacer muchas entrevistas para contratación, pero sin duda alguna, esta situación le parece extrañísima, casi siniestra. Su sonrisa se desdibuja muy lentamente, como si lo hiciera con cuidado, como para no alertar a algún peligro acechante.

A continuación, aún extrañado, se va a acercar a la barra para pedirse un botellín e iniciar la velada. Conforme avanza por la sala, sus pasos son pesados, no solamente porque se le van pegando las suelas con cada zancada, sino porque las miradas abandonan la frialdad que habían esgrimido y ahora se vuelven indiferentes hasta que lo ignoran por completo. Casi todas. Desde la barra, sólo una mirada sigue puesta en él. 

Proviene de una silueta de mujer, ataviada con un vestido amarillo, ceñido, de lo más atrevido, Darío casi podría decir que es un traje de látex, de esos provocativos que ha visto miles de veces en esos videos guarros que circulan por internet. Echa un vistazo fugaz al rostro de la mujer. Algo en ella le es muy familiar. “Pero es imposible…” Siente una repentina punzada en la sien derecha, cierra los ojos apretando los párpados con vehemencia, se lleva las manos a la cabeza y emite un quejido que queda ahogado por el guirigay que vuelve a instalarse en toda la sala. El dolor sólo dura un instante; se recupera a los pocos segundos. Cuando recobra la compostura, se da cuenta de que la mujer ya no está, se ha perdido entre la gente, el alboroto y las carcajadas. De ella sólo queda en el aire un perfume familiar, a jazmín y algo más, un leve matiz metálico, como a cobre, que se disuelve poco a poco en el ambiente denso del bar.

Una vez en la barra, pide el tan ansiado botellín; el camarero de toda la vida se lo sirve con un desdén del que jamás antes había hecho gala y al que Darío no está acostumbrado. “¿Qué coño le está pasando hoy a esta gente?” Le da un buen trago a la cerveza intentado localizar entre tanto tío a su grupo de compañeros de bar. La puerta del local se abre y entra Jorge, uno de los parroquianos habituales de los viernes por la tarde y pegado a él le sigue el frío otoñal que intenta colarse con intenciones poco amistosas. Darío se seca con la mano los restos de espuma que le han quedado en los labios y alza el botellín en señal de saludo hacia Jorge. Este le ignora descaradamente y desaparece en el amasijo de tíos que discuten acaloradamente sobre las noticias del día anterior.  Darío, extrañado, hace una mueca de disgusto, pero no se lo tiene en cuenta. Todo está siendo muy raro y es mejor no dale demasiadas vueltas; seguro que todo se debe al cansancio de la semana.

Se termina el botellín y pide un segundo al camarero. Antes de empezar a beberse la segunda cerveza, necesita ir al baño a mear. Siente que lleva demasiadas horas, demasiados cafés y demasiada agua acumulada de todo el día y necesita hacer algo de espacio para más cerveza porque intuye que la noche va a ser muy larga. Cruza el bar en dirección al cuarto de baño, sintiéndose un extraño, un forastero en su propio ambiente. Accede a un cubículo en el que hay un urinario apartado del lavabo para lavarse las manos. Los urinarios, separados por baldas rojas y una puertecita con pestillo, dan una falsa sensación de intimidad. El lugar huele mal, como muchos bares carajilleros, huele a pis muy fuerte y Darío tiene que reprimir una desagradable arcada. Mientras libera su vejiga, alguien entra en el cuarto de baño y enciende el grifo del lavabo. Darío detecta que el agua que corre del grifo está muy caliente porque en pocos segundos toda la estancia se llena de vapor de agua. “¡Joder! ¿No se quema las manos el tío este?” se pregunta sorprendido. Darío termina de hacer pis, presiona el botón de la cadena del urinario para hacer caer el agua y sale del cubículo. Esperaba encontrarse con alguno de los hombres que estaban en el bar, pero no hay nadie. El grifo, no obstante, sigue abierto soltando incesantemente un chorro de agua muy caliente. Darío se acerca al lavabo y para el grifo para ajustar la temperatura y poder lavarse las manos. El grifo está muy caliente, prácticamente quema si lo sostiene mucho tiempo en tu mano. Darío se va a mirar al espejo; el vapor es tan espeso que no puede ver su reflejo. Entonces, descubre que alguien ha escrito con un dedo una frase que le hace estremecerse: “¿Te acuerdas de mí?”   

“¡Qué noche más rara! La gente pasando de mi cara, aquella tía despampanante, el mensaje en el espejo del lavabo del bar…” se queja Darío desde la cama con una más que evidente resaca tan densa como el aire del dormitorio. No fue buena idea empezar la noche con cerveza y terminarla con varios chupitos de tequila, como si quisiera olvidar algo que aún no entendía. Se incorpora con esfuerzo sobre la cama de un metro cincuenta que, tiempo atrás, había compartido Marina. Una mujer increíble, trabajadora, independiente, una diseñadora gráfica brillante… En su sueño etílico de esa noche, cree haberla visto como era o como la recordaba, y también su perfume. Jazmín, con un leve matiz metálico. Ese olor se le ha incrustado en el cerebro, pegajoso, persistente. “¿Era ella? Anoche, ¿era ella?” Una punzada le atraviesa la sien. “¡Dios! ¡Qué resaca más mala!” Arrastra los pies hasta la bañera, abre el grifo y espera a que el agua se caliente. Afuera, el apartamento está helado. El contraste de la temperatura exterior con el vapor que empieza a llenar el baño hace que se vuelva un aire espeso, casi sólido. Darío tiene la sensación de que el vapor se mueve por voluntad propia, nublando todavía más su juicio aún resacoso.

Sale de la ducha aparentemente con las fuerzas renovadas. El agua caliente a veces hace milagros. Se seca y se pone un chándal viejo para andar por casa. Se va a la cocina a desayunar alguna cosa, seguramente rescatará algún pedazo de pan duro que tostar y al que añadirle algo de aceite y sal; luego lo acompañará todo con un buen café. Mientras la taza humea y la tostada se enfría un poco, agarra su teléfono móvil y le envía varios mensajes a su hermano para preguntarle que a qué hora es la comida familiar, si hay que ir a casa de los viejos o si van a salir a comer a algún restaurante. No recibe ninguna respuesta. Al parecer su hermano está viendo los mensajes porque aparecen los dos palitos azules de confirmación de entrega y lectura, pero éste deliberadamente está pasando de él. Darío termina de desayunar, se lava los dientes e insiste en exigirle a su hermano que le conteste a sus mensajes. Nuevamente es en balde. Al cabo de un rato, y algo irritado, Darío graba una nota de voz que envía a su madre: “¡Hola, mamá! Oye, que el tontopanes de mi hermano no me contesta. ¿A qué hora vengo a comer hoy?” A los pocos segundos, el estado de su madre en la pantalla del teléfono parpadea intermitente con el mensaje “escribiendo…” Al cabo de unos segundos, recibe una respuesta de su madre: “Hoy tu padre y yo nos vamos a comer fuera. Nos han invitado. Tendrás que apañártelas solo.”

“¡De puta madre!” exclama forzando el entusiasmo, mientras estira los brazos hacia arriba para desperezarse. “Así podré descansar todo el día.” Se deja caer pesadamente en el sofá con el teléfono en las manos y se pone a escribir un mensaje a su mejor amigo para proponerle salir a cenar o ir al cine esa misma tarde de sábado. La respuesta tarda unos minutos en llegar y es terriblemente desconcertante: “Tío, lo siento mucho, pero necesito distanciarme de ti.” Darío no da crédito y se pone a redactar, algo iracundo, exigiéndole una explicación, pero no le da tiempo pues descubre que su mejor amigo, le acaba de bloquear. “Pero ¿qué cojones?”. Tira el móvil a un lado del sofá; entre dientes y rebufando deja escapar un “¡Pues que te den!” Se cruza de brazos intentando digerir el cabreo, pero esto no ha hecho más que empezar. El móvil suena notificando la llegada de un mensaje. Se abalanza sobre él esperando que lo de su mejor amigo sea sólo una broma y que le va a decir de quedar a las seis de la tarde en el centro comercial para ver una peli. Sin embargo, el mensaje es de Josefina. A Darío le da un vuelco el corazón. ¿Josefina? La madre de Marina… Su exsuegra le acababa de mandar un mensaje después de mucho tiempo sin tener contacto. ¿Cuánto hacía? ¿Dos años? ¿Ya? Parecía una eternidad… Algo nervioso, desliza el dedo sobre la pantalla del móvil para abrir la aplicación de mensajería y descubrir lo que le acababa de enviar aquella mujer. Antes de ver el mensaje, pensó por un instante que la señora, erróneamente le habría enviado la típica cadena de oración con un fondo de colores pastel o alguna imagen religiosa, de esas cosas que hacen las señoras y que no sirven para nada. Al abrir la ventana de conversación, quedó paralizado pues el mensaje rezaba así: “Dijiste que no querías volver a verla. Por suerte, a veces, el infierno escucha.”

De repente, otra punzada en la sien le impacta haciendo que se lleve las manos a la cabeza. “¡DIOS!” gime apretando la mandíbula. Se levanta tambaleándose y se dirige a la habitación para echarse en la cama, a ver si se le pasa ese dolor insoportable. Se tumba sobre las sábanas aún tibias con la esperanza de calmarse, pero el malestar no cede. Cierra los ojos y empieza a respirar con lentitud, intentando relajarse. Inspira. Espira. Inspira. Retiene aire. Espira… Lo que debe ayudarle a relajarse sólo empeora la sensación. Con cada bocanada de aire, el perfume de jazmín se hace más presente, como si emanara de las sábanas, la almohada, el colchón… Ese olor… inconfundible, dulce y metálico. Darío intenta resistir esos recuerdos primordiales que afloran, pero es inútil. Pierde la batalla y el conocimiento.  

Marina…

Está sentada en una sala con las paredes blancas, frente a una mesa blanca, incluso la luz es blanca. Frente a ella, un hombre sentado con bata y varios papeles en la mano le habla. Darío la observa desde algún lugar sin forma, como si flotara, como si no existiera. Marina frunce el ceño, su expresión es de duda, de miedo, de algo que se desmorona por dentro. Entonces, ella vuelve su rostro hacia él. Marina no habla, pero su voz estalla dentro de la cabeza de Darío como un grito de cristal: “Si tan sólo lo hubiéramos sabido antes… Ya no hay tiempo…”

Negro.

Marina yace en la cama de metro cincuenta, desnuda, pero no es la misma que Darío conocía. Está escuálida, sus costillas sobresalen como garras terribles por debajo de la piel, un presagio de muerte; su cara está pálida, sus mejillas se hunden en su rostro y sus ojos, antes claros y luminosos, ahora parecen dos pozos sin fondo. Darío la mira inmóvil, sin poder apartar la vista. Sólo siente algo pesado en la boca de su estómago, algo que le remueve las entrañas, una náusea profunda de vergüenza que no sabe nombrar. La Marina que él conocía, la que tanto decía amar, ahora era un espectro, un cuerpo devastado, un reflejo de lo que él no quiso amar. De nuevo, Marina no habla, sólo fija su terrible mirada en Darío y su voz le atraviesa el cráneo como una tormenta: “¿Por qué me abandonaste?”

Negro.

Darío sobresaltado, despierta en su cama. El corazón le martillea el pecho a una velocidad anormalmente alta, el sudor le empapa la frente y tiene la respiración entrecortada. “¿Qué ha sido eso?” susurra. Una pesadilla, sin duda. Entonces, nota que tiene algo en su mano izquierda. Abre los dedos y observa un bote de pastillas. Lo lanza a lo lejos con recelo. Es la medicación que tomaba Marina durante el tratamiento. ¿Qué coño hacía eso ahí? ¡Y en sus manos!

Darío está sentado en un taburete, con la parte superior del cuerpo desparramada sobre la barra del bar, en una mano sostiene un botellín a medio terminar y en la otra el teléfono, con la pantalla en negro, parece haberse vuelto un enemigo más. El fin de semana ha sido un asco: su mejor amigo le bloquea en redes, sus padres entran y salen de casa sin contar con él para nada, su hermano sigue sin contestarle a los mensajes y luego está el mensaje de Josefina… No ha osado responderle… ¿Qué iba a poder decirle a la madre de Marina? Se le caería la cara de vergüenza, la verdad, pero ¿por qué aquel mensaje tan cruel? Incluso siniestro… Darío da un último trago al botellín sin comprender todo lo que está sucediendo a su alrededor y acto seguido pide otro. El camarero se lo sirve con desgana añadiendo con condescendencia: “Jefe, ¿no cree que para un lunes esto es demasiado?” Darío no responde, solo agarra el botellín, le da un primer trago y vuelve a agachar la cabeza. En ese extraño letargo, repasa mentalmente las conversaciones ajenas que ha oído durante el día en la oficina.

Desde su despacho escuchó a tres compañeros que estaban en el office haciéndose un café mientras hablaban animadamente sobre una misteriosa mujer:

– ¿Habéis visto a la nueva del barrio?

– ¿La rubia del vestido amarillo? -respondió otro-. Dios, ¡qué pedazo de tía! Dicen que vive por la zona de la plaza.

– Sí, o que tiene un estudio fotográfico o algo así. Pero vamos, que está para parar un tren.

– ¿No os recuerda a alguien?

– Ahora que lo dices… Tiene un aire a… ¿cómo se llamaba la ex de Darío?

– ¿Marina?

– ¡La misma! Pero esta… no sé, se la ve más joven… y más… sana.

Darío con disgusto se levantó y cerró la puerta de su despacho con un golpe. Su piel estaba erizada y notaba sus latidos en las sienes. Desde luego aquella mujer no era Marina. ¡Es imposible! ¡IMPOSIBLE! Se repitió varias veces.

El algarabío en el bar interrumpe los pensamientos de Darío pues un montón de tíos del barrio han empezado a alborotarse y a comentar sobre la mujer del vestido amarillo. “¿Habéis visto la story que subió Jorge ayer?

-No, ¿qué ha pasado?

-Consiguió hacerse un selfi con aquella tía despampanante.

– ¿La del vestido amarillo?

– ¡Sí, tío!

Como si el taburete en el que estaba apalancado Darío tuviera un muelle, éste sale disparado hacia la pila de hombres que chalan alegremente, abriéndose paso entre brazos sudados y el olor acre de trabajo físico. “¡A ver!” exige algo alterado mientras busca el móvil en el que están mostrando la dichosa fotografía de Jorge con aquella mujer. “¡Eh, tío! Cálmate, ¿vale? ¡Esa no es tu piba!” le insta algo agresivo uno de los tíos mientras le enseña la historia de Instagram en cuestión. Darío la observa con los ojos como platos. No da crédito. La foto está un poco borrosa, todo el mundo sabe que Jorge no tiene el móvil con la mejor cámara del mundo, pero Darío sigue diciéndose a sí mismo que es imposible. La mujer aparece de lado, su vestido amarillo característico, el mismo que llevaba el viernes por la noche, su larga melena dorada, su cuerpo imposible… Y esa postura… el cuello, el modo en el que sostiene la copa de vino… A Darío le resulta insoportablemente familiar. “No puede ser… No puede ser ella.” Se repite a sí mismo una y otra vez. Darío agarra el móvil ajeno y hace zoom sobre la foto. A pesar de que se pixela un poco por la calidad de la imagen, percibe en la muñeca de la mano que sostiene la copa de vino una pulsera de cuentas de colores verdes, blancos y rojos. “La pulsera de ágata india…” murmura despacito, pasando con sumo cuidado por cada una de las sílabas y los sonidos de la frase con la mirada irremediablemente atornillada en la foto. “…se la regalé por nuestro primer aniversario.”

Tras aquel choque, Darío abandona el bar tambaleándose por la confusión, haciéndose preguntas extrañas y ninguna de ellas tiene respuestas lógicas. En la calle, el aire es frío y húmedo, parece que acaba de llover. Aun así, eso no lo despeja. Mientras camina errante por las calles de la ciudad, le parece ver un destello amarillo, como un vestido cruzando la avenida. En la siguiente esquina, una melena dorada reflejada sobre un escaparate de una tienda de ropa de lujo. En una marquesina, una sombra de una atractiva mujer que al instante se difumina antes de poder enfocarla. En el aire, otra vez, el perfume. Jazmín y cobre. “Te estás volviendo loco, Darío.” Se dice, pero ni siquiera su propia voz le suena familiar.

Sus pasos, lo llevan casi por inercia a un lugar que no visitaba hacía dos años o quizás más. Está frente a la puerta de una casa antigua, señorial y bien cuidada, pero con un aura de pesadumbre que parece enturbiar la calma de cualquiera que pase por delante. Darío mira el timbre. Acerca su dedo para llamar. Duda. Retira el dedo. Duda de nuevo. Se da la vuelta y da unos pasos alejándose de la puerta. Se detiene en seco. “Tengo que preguntárselo.” Se ordena a sí mismo con el cuerpo tembloroso. Se gira de nuevo y encara la casa que le parece todavía más grande e imponente que nunca. Darío se acerca de nuevo a la puerta y esta vez sí, llama al timbre que resuena como un campanario funesto. La puerta no se abre de inmediato. Del otro lado se oyen los crujidos de los pasadores y los pestillos desbloqueando esa infranqueable fortaleza. La hoja de la puerta se abre unos centímetros, despacio frente a Darío. Del interior surge un olor que desbloquea recuerdos antiguos, no necesariamente agradables: huele a potaje, a flores secas y a medicamentos.

Josefina asoma; se la ve envejecida, ojerosa, con la mirada enrojecida.

– ¿Qué haces aquí? -pregunta con voz ronca.

– Josefina… necesito hablar contigo.

– No tenemos nada de qué hablar. -contesta empujando suavemente la puerta para cerrarla.

– Necesito saber si Marina… -insiste Darío poniendo su mano sobre la puerta para evitar que la cierre.

– ¿Si Marina qué?

– Hay una mujer en el barrio que se parece a ella. -Darío traga saliva y sigue- Josefina, dime la verdad, ¿Marina… está…?

– ¿Viva? -asume con una carcajada amarga- ¡Tienes la poca vergüenza de venir a preguntarme eso!

La puerta se abre de golpe. Detrás de ella aparece Jacobo, el padre de Marina, callado, con la mandíbula apretada.

– La dejaste sola. -acusa Josefina con una nota de dolor mezclada con ira- Cuando más te necesitaba, desapareciste. ¿Te acuerdas de lo que le dijiste en el hospital? “No puedo verte así, me mata.” ELLA era la que se estaba muriendo. 

Darío intenta articular algún argumento, pero Josefina alza una mano temblorosa y sigue escupiéndole las verdades más dolorosas que jamás había dicho en su vida.

– ¡No soportabas que se volviera fea! Eso es. No querías cuidar de una mujer enferma. Preferiste huir para poder mirar a otras mujeres sanas, ¿verdad?

Se hace un silencio momentáneo. Josefina tiembla de rabia y prosigue.

-Vete de aquí, Darío. No quiero volver a verte el pelo. Si sigues rondando esta casa, te juro que te arrepentirás.

Cierra la puerta de golpe. A los pocos segundos el aire se llena de nuevo del olor a jazmín y cobre. Darío se queda inmóvil frente a la puerta cerrada, temblando.

Luz blanca, casi azul…

El olor a desinfectante inunda la sala, el pitido irregular de las máquinas se hace presente y se mezcla con el ruido monótono del aire acondicionado de la pared. Marina, débil, está recostada sobre la cama del hospital. Sobre su cabeza solo quedan tres tristes mechones raídos y débiles que podrían quebrarse con una simple brisa. Sus ojos hundidos en sus cuencas miran a Darío con cierta ternura, pero también con miedo. “Te quedarás conmigo, ¿verdad?” pregunta ella dulcemente. Darío traga saliva. De su garganta no sale ni un sonido, la glotis se le ha cerrado como una presa que contiene una inundación de angustia y asco. Darío se levanta y poco a poco retrocede. A medida que se aleja, el rostro de Marina se va borrando entre sombras y el sonido del pitido incesante se vuelve cada vez más agudo, insoportable. Darío no cesa en su retirada marcha atrás hasta que topa de espaldas con el ascensor. El estridente pitido cesa. Silencio… La voz de Marina restalla profunda, dolida, como proveniente desde el fondo de la tierra: “Morir me dolió, Darío. Pero aún me dolió más que me dejaras sola.” El ascensor se cierra con Darío dentro.

Negro.

“…que me dejaras sola.”

“…me dejaras sola.”

“…dejaras sola.”

               “¡SOLA!”

En la mesilla de noche el móvil se ha vuelto loco, no dejan de llegar notificaciones de forma frenética. Darío despierta sobresaltado y empapado de sudor. Agarra el teléfono, desbloquea la pantalla y observa que el icono de la aplicación de mensajería arde en decenas sino cientos de notificaciones. “¿Qué cojones…?” Desliza la pantalla hacia abajo para ver de dónde salen tantos mensajes y se queda paralizado.

               M A R I N A, seguido de un emoji de una flor.

Con el corazón desbocado, acerca su dedo tembloroso a la pantalla para abrir la ventana de chat… Es imposible… Duda un segundo. ¿Quién está mandándome mensajes desde el teléfono de Marina? Abre la ventana de chat y comprueba horrorizado que no hay texto, sino que la ventana está saturada de fotografías de la mujer del vestido amarillo. No está sola. En cada una de las fotos aparece con un hombre distinto. Darío desliza una a una las fotos embrujado por la visión de aquella mujer que en cada una de las fotos sale acompañada de tíos diferentes. Como poseído sigue deslizando, a medida que ve más fotos la sonrisa de la mujer se ve cada más nítida… Siempre el mismo vestido, la misma cabellera dorada, la misma copa de vino, la misma pulsera de cuentas… Y tíos distintos. Muchos desconocidos, pero también Jorge, su jefe, su mejor amigo, su hermano… Su estómago se siente vacío, hueco. Darío lanza el teléfono con fuerza contra la pared. Este queda hecho añicos, más las notificaciones no paran.

“¡NO! ¡NO!” De un salto y profiriendo un grito pavoroso, Darío se levanta y corre por el pasillo en dirección al cuarto de baño. Al pasar por delante de la puerta de la cocina, percibe un brillo amarillo sobre el reflejo de la nevera. En el cuarto de baño, enciende el grifo del lavabo para lavarse la cara, pero el agua sólo sale caliente. En segundos, el vapor se eleva y cubre el espejo del baño. Poco a poco se revela una única palabra escrita con un dedo invisible: “SOLA”. Darío con el corazón a punto de salírsele por la boca, retrocede. “No… ¡por favor!” La puerta del cuarto de baño se cierra con un fuerte golpe. Aporrea desesperado la puerta con los ojos empezando a inundársele. “¡Déjame salir! ¡Lo siento mucho!” chilla entre llantos.

La bañera empieza a llenarse también de agua caliente. Pronto el vapor se hace presente, espeso, agobiante. El perfume a jazmín y cobre también toma protagonismo y parece adherirse a los azulejos como una segunda piel. Parece que el cuarto de baño empieza a latir. Darío se derrumba frente a la puerta, se acurruca sobre sí mismo con la espalda recostada sobre la puerta. “Lo siento mucho…” murmura una y otra vez casi incomprensiblemente devorado por la desesperación y el llanto. En el vaho comienza a delinearse una forma: una silueta femenina, amarilla, traslúcida, como si el reflejo viniera desde el otro lado.

“Ya no estaré sola…” susurra una voz, ya no en la mente de Darío, sino en el vapor que lo envuelve. El agua de la bañera empieza a desbordarse y a encharcar el suelo. El agua arrastra un pequeño objeto metálico de color plateado que toca el pie de Darío. Una cuchilla de afeitar, afilada. El aroma a jazmín y cobre se intensifica, se vuelve sofocante.

“Ya no estaré sola…”

Alertada por los vecinos del piso de debajo, la policía revienta la puerta del apartamento de Darío. Al parecer, alguien ha dejado toda la noche los grifos abiertos y el techo se ha empapado y han salido a tener goteras. El suelo de todo el piso está encharcado. Huele a flores con un matiz metálico. Los vecinos se quedan en la puerta intentando fisgonear por encima de los agentes que están investigando. Un agente abre la puerta del baño sin dificultad alguna, el vaho deja entrever la palabra “SOLA” escrita en el espejo, el agua del suelo está enturbiada de un color rojizo y en medio de todo está el cuerpo de Darío. El agente se agacha para comprobar su estado. Presenta un profundo corte en la muñeca derecha. El agente le toma el pulso. Darío está muerto. 

En la sala del velatorio se respira un aroma a flores secas y café recalentado. Los asistentes murmuran constantemente, los fluorescentes que iluminan la estancia zumban ligeramente. En una esquina de la sala, el féretro abierto deja ver el rostro de Darío, casi irreconocible. Prácticamente nadie se ha acercado, apenas su hermano con el gesto torcido a la vez que ha susurrado algo sobre “una pena” mientras evita mirar directamente el cuerpo. En otra esquina, dos compañeros de trabajo cuchichean discretamente:

– Dicen que estaba muy raro últimamente.

– Eso parece… Desde que dejó a su ex, ¿te acuerdas?

– ¡Bah! Cosas de hombres. A veces no saben perder.

Josefina, vestida de negro riguroso, permanece sentada en la primera fila, con su bolso apretado contra el regazo, los ojos secos. No ha pronunciado ni una sola palabra desde que ha entrado al salón. Una mano se posa suavemente sobre su hombro. Levanta la vista. Frente al féretro, de pie, hay una mujer. Alta, de melena larga y dorada, vestida con un ceñido traje amarillo. Su perfume, leve pero inconfundible, llena el aire con notas de jazmín y algo más metálico. Todos en la estancia la observan desconcertados, nadie la reconoce. La mujer se inclina con delicadeza sobre el cuerpo de Darío, deposita entre sus manos una flor fresca de jazmín.

Josefina la mira fijamente, pero sigue sin pronunciar una sola palabra. La mujer se endereza, da media vuelta y se aleja hacia la salida. Con cada paso, el eco de sus tacones parece diluirse, como si se deshiciera en el aire. Cuando la puerta se cierra tras de ella, el perfume aún permanece. Una de las asistentes comenta en voz baja:

– ¡Qué mujer tan hermosa! No la había visto antes.

-Ni la volverás a ver. -responde Josefina sin apartar la vista del féretro.

La flor de jazmín sobre el pecho del muerto empieza a mancharse de un tono cobrizo, casi rojo.

FIN

Relámpago Azul

¡Muy buenas! Sé que es tarde, lo sé, pero está uno un poco blandurrio y me apetecía sacar cosas que tengo en la cabeza y en otro sitio del cuerpo (no mal pienses). Estaba aquí y hace unos días puse las dos primeras líneas de este texto en un tweet y hoy lo he vuelto a ver y me ha venido esta historia. La he subido directamente a ese tweet y se ha convertido en un hilo pero como es del estilo de los Cuentos de Invierno y tiene tintes de Onyria, he decidio copiarlo aquí y así tiene algo más de sentido. No sé, a ver qué os parece. Mientras lo escribía tenía que retener alguna que otra lágrima. Espero que os guste.

¡Un saludo!

PD: Está mal escrito porque lo he hecho así sin pensar mucho.

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Posó una fría y dura mirada sobre la ciudad desde lo más alto de aquella lúgubre torre de cristal oscuro. El precioso color café de sus ojos se vio delicadamente empañado por gotas de ira y torrentes de tristeza. El cielo compartió con él un terrible rugido que desgarró los tejidos de la bóveda celestial y lanzó un relámpago de forma espeluznante y azulado que estremeció hasta al más valiente. Clamaba con su pesar en los ojos que volviera el amor a su corazón. Pero el cruel destino le había arrebatado esa capacidad y ya no sería capaz de amar nunca más. Estaría condenado a traer la desdicha al alma del resto de los mortales por la infame eternidad. Los hados se habían conjurado y habían dictado esa injusta sentencia. La lluvia comenzó a caer fría e implacable empapando todo su ser y acrecentando su poder negativo. En su interior las sombras comenzaron a crecer de forma incesante tragándose el dolor y reemplazándolo por algo más tenebroso si cabe aún. Alzó la vista inundada hacia el cielo y expelió un nuevo rugido que resonó por toda la ciudad cual bestia herida buscando venganza. Y fue entonces cuando algo impensable para él ocurrió: un nuevo relámpago cayó del cielo, esta vez dorado como el sol e impactó directamente en él. Sobre sus labios heridos se posaron otros labios invisibles y etéreos como los vientos cálidos del sur de Onyria. Unos labios que trajeron una chispa de esperanza que se plantó en lo más profundo de su corazón. Una débil luz que debería cuidar como su último aliento. Si bien las máquinas infernales que encarrilan el porvenir se habían conjurado contra él, una fuerza otrora perdida quiso darle una oportunidad. ¿Sería eso una ocasión para buscar la redención o se dejaría consumir por las tinieblas de su corazón? Luchó. Luchó como nunca antes contra esas fuerzas invisibles en su interior. Derramó lágrimas que cayeron por la ciudad como una lluvia despiadada y poco a poco la pequeña chispa de su corazón fue ganando terreno. Y creció como un dorado y brillante amanecer. Miró de nuevo al cielo y esta vez sus labios dibujaron una bella y tierna sonrisa. Un sincero y sosegado susurro se le escapó por la comisura de los labios: «Te encontraré, siempre lo haré.»

Aura Anaranjada

En esta ocasión quiero compartir un texto que escribí no hace muchos días sobre un personaje misterioso, mágico, divino… El personaje en cuestión forma parte del universo de Onyria, sin embargo el texto en sí aparecerá en las 2 secciones principales del blog; esto se debe a que el texto es tan sólo una presentación de dicho personaje, como una especie de trailer o teaser. Además el formato del texto en sí es más propio de la sección Cuentos de Invierno que de la de Sueños de Onyria. En todo caso, espero que lo disfrutéis y que os guste. 

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“¿Qué demonios es ese fastidio de luz?” Protesté con una mezcla de ira y pereza en la voz ronca de quien recién se acuesta para dormir y algo o alguien le abstrae de dicho proceso. Importunado, me levanté del sillón y me dirigí a la ventana del salón; observé a través del cristal y vislumbré en lo alto de un peñasco cercano el origen de mi desazón. Se trataba de una brillante luz anaranjada que refulgía con un extraño y atrapante candor. “¿Pero qué demonios es esa cosa?” Como atraído por el destello naranja salí de mi humilde pero seguro hogar y me lancé a la caza del misterio. Ascendí a buen paso por aquella geografía rocosa y poco poblada, hasta llegar a la cima del peñasco donde el viento me golpeó rechazando mi presencia. Entrecerré los ojos y puse mis manos frente a mi rostro a modo de protección para poder seguir avanzando hasta el fulgor aloque.

        “¡Benditos Dioses! ¿Qué es eso?” Mi corazón dio un vuelco ante la imponente visión que presencié al llegar a lo alto de la peña. Normalmente en aquel lugar apartado del mundo, prácticamente en la cima de este, solía reinar una calma impasible y tranquila; un roble antiguo con el tronco ennegrecido por el paso de las eras era el único habitante de aquel paraje. Sin embargo, esa noche recibió una alucinante visita. La extraña luz anaranjada provenía del aura de un ser que califiqué como celestial; la brillante y llameante energía que lo rodeaba se elevaba tan alto como el cielo y fulguraba envuelta en el más grande de los misterios. Aquel ser tenía una apariencia humana, concretamente de un hombre joven, bastante alto y delgado. Tenía el pelo del color del fuego y este bailaba libre, en el aire, alborotado por el poder que surgía de su propio cuerpo. No podía distinguir del todo bien sus facciones puesto que estaba de perfil, pero sí que pude ver que lucía una perfecta y cuidada perilla pelirroja; desde ese mismo lado, pude comprobar que su ojo izquierdo estaba cubierto de un maquillaje negro que se lo emborronaba de una forma muy mística a la vez que pavorosa, como si fuera a traer la muerte. De su cuello colgaba una suerte de hilera de abalorios negros que serpenteaban en el aire de una forma fantasmal.

El enigmático joven iba ataviado con un singular atuendo hecho de unas abultadas pieles grises, atadas a la cintura con un elegante fajín marrón; dichas pieles envolvían parte de su cuerpo dejando al descubierto su hombro y su torso por el lado izquierdo, delgado pero firme. Sobre su piel descubierta, a la altura de la clavícula y sobre su costado podían distinguirse algunas líneas a modo de tatuaje con algún texto que no lograba leer desde mi posición. Del fajín, pendían una pequeña hacha y un fabuloso arco sobre el que pude advertir unas deliciosas tallas con motivos florales, tales como maravillosas hiedras y otras fastuosas enredaderas. A su espalda, portaba un imponente carcaj de cuero curtido del que sobresalían unas cuantas flechas mostrando unas esplendorosas plumas carmesíes. Bajo su cintura, vestía un elegante y ancho pantalón de una tela ligera, teñida de negro. Calzaba además unas robustas botas marrones cuyo interior estaba forrado con algún tipo de lana.

A pesar de su imponente aspecto, su vista puesta sobre la hermosísima bóveda celeste que se había vestido de un gallardo negro e infinidad de brillantes, parecía un tanto entristecida. Esa conmovedora mirada tenía un deje de nostalgia, una pincelada de pesar y a la vez un brillante atisbo de determinación. Di un par de pasos hacia donde él se encontraba y vi como sus pupilas se voltearon lentamente hacia mi posición. Mi cuerpo se detuvo en seco y él giró toda su faz de una forma un tanto mecánica para mirarme. Sus ojos brillaban con un fulgor carmesí y se clavaron en los míos. En ese momento, en la boca de mi estómago noté como si fuese a caer por un profundo y oscuro abismo; sentimientos que habían dormido durante tres lustros despertaron de golpe apelotonándose con virulencia por toda mi anatomía. Mis piernas comenzaron a temblar, mis brazos se sintieron muy pesados y mi mente empezó a embotarse.

El aura anaranjada que lo envolvía decreció poco a poco, pero fue reemplazada por dos esplendorosas estrellas que centellearon a cada uno de sus flancos. Ambas estrellas se tornaron dos majestuosos y grandiosos lobos cuyos tamaños me parecieron descomunales y antinaturales. Uno de ellos era blanco con los ojos dorados y el otro totalmente negro con los ojos rojos como la sangre. Ambos animales se sentaron con porte regio al lado del joven y también pusieron sus miradas sobre mí. El muchacho separó sus finos labios para decir alguna cosa pero yo perdí totalmente el conocimiento. No obstante, mientras caía, noté un cálido abrazo que evitó que me golpeara contra el suelo.

Al despertar, me hallé en mi sillón. Ya había amanecido y el encuentro con aquel fabuloso ser quedó como un lejano sueño. Más cuando tomé consciencia de todo mi cuerpo, noté que entre mis manos había algo: una flecha cuya pluma era rojo carmesí. En la parte central del misterioso proyectil había un trozo de pergamino retorcido y anudado con gracia sobre la fina madera. Mi instinto me llevó ipso facto a abalanzarme sobre él y a desplegarlo. Descubrí que no entendía el mensaje, puesto que aparecía en una extraña lengua… Aún así, en mi mente resonaba familiar…

 

Pu ficisóet jecisni wotvu, qait eáp pu it va nunipvu. qus gewus, ¡umwófeni!

Secreto en un Abrazo

Hacía tiempo que no escribía nada para la sección de los Cuentos de Invierno y anoche antes de ir a dormir las musas me dijeron que moviera el culo y escribiera unas líneas. Es un texto escueto pero era medianoche. Os lo dejo a continuación. 

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los-abrazos_negativo

Imagen extraída de https://www.triskelate.com/ y modificada con GraphicsGale

Mi cabeza reposaba sobre su hombro, mientras escuchaba su respiración tranquila y relajada. Hice el gesto de pegarme un poco más a su cuerpo para estar aún más cerca de él y cerré los ojos con la intención de buscarle en nuestro lugar íntimo, en nuestro país de los sueños. Posé mi mano izquierda sobre su pecho y respiré hondo para impregnarme de su olor.

De pronto una horrenda y helada punzada atravesó mi mano, subió furtiva por mi antebrazo, saltó violenta mi brazo y chocó brutalmente contra mi corazón haciendo que este sintiera que se despedazaba esparciendo por todo el universo los pedazos.

Di un respingo asustado. Él se percató y preguntó si todo iba bien. Mi silencio fue la única respuesta. Lo que acababa de descubrir en su interior era demasiado profundo, tenebroso y doloroso. Tuve miedo de aceptar que lo que hallé en él podía envenenar nuestro mundo de sueños privados y entonces, resignado, resolví en decirle que tan sólo había tenido una inoportuna pesadilla. En respuesta, me abrazó más fuerte contra su pecho y trató de tranquilizarme con un cálido susurro “Yo te protejo.”.

Yo sabía que él no tenía ese poder. Una lágrima pesada cual losa de granito corrió cruel por mi mejilla.

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Otra vez Diciembre..

De nuevo diciembre… Las calles se inundan de restallidos de mil colores, de alegres tonadas evocando el espíritu navideño y el frío no logra hacer mella alguna en los cálidos corazones de la gente que espera las fechas señaladas para reunirse con la familia y volver a verse con amigos que parecen perdidos durante el resto del año. Se respira un grácil ambiente en todas partes, las chimeneas chisporrotean con algarabía, los niños juegan, cantan y sueñan con que sus deseos se hagan realidad durante una de las noches más mágicas del año…

Ajenos a la terrible verdad que se oculta tras tanta felicidad…

Hoy día descansamos durante la vigilia de navidad pues nuestros sueños están velados por un ente místico que todos tenemos en nuestras casas y en nuestras ciudades: Ese majestuoso e imponente abeto adornado con excelentes gustos y colores vistosos. No es tan sólo un elemento decorativo, no.

Eones atrás, cuando el mundo todavía era joven, durante una vigilia de navidad una gigantesca sombra trajo dolor, desgracia y destrucción al mundo, una tiniebla ensombreció los corazones de todos los seres del mundo, una profunda oscuridad embrujó los sueños de las personas tornándolas en las más horrendas pesadillas. Esa penumbra no tenía nombre, ni forma física, ni siquiera los mismísimos dioses sabían qué era aquella cosa que estaba causando estragos en su universo y para cuando quisieron intervenir, la entidad lo había cubierto todo en su negro manto impidiéndoles poder repelerla.

No obstante, entre toda esa espesa oscuridad, un minúsculo atisbo de esperanza destelló un brillo dorado en el fondo de un corazón. Aquella luz casi imperceptible fue creciendo poco a poco contagiando su poder al resto de la humanidad quien encontró la forma de desterrar a la sombra. En el norte, muy al norte, donde el cielo y el mar casi se unen en el horizonte, bajo una furiosa nevasca, un grupo de personas se adentraron en un bosque, antaño vivaracho pero ensombrecido en aquel día, para buscar el abeto más sano y más alto. Una vez frente aquel enorme árbol, comenzaron su ritual de esperanza en el que procedieron uniendo sus manos rodeando al majestuoso pino, para acto seguido comenzar a cantar. Sus voces se fueron acoplando una a una con un ritmo hipnótico; a cada minuto que pasaban entonando fueron ganando más y más confianza.

La sombra respondió tornando la furiosa nevasca en una terrible y violenta tormenta invernal con un viento del norte que cortaba como el cristal, pero el conjuro ya estaba a punto de terminar. La penumbra se veía cada vez más débil e iba desapareciendo gradualmente tras la corteza del magnífico abeto que se convertiría permanentemente durante los eones a venir en su celda.

 La oscuridad se disipó completamente del mundo y quedó atrapada en el árbol que tornó su tronco de un color azabache profundo, oscuro como una noche de luna nueva. Acto seguido, los valientes colgaron desde las más bajas ramas hasta lo más alto de la mismísima copa unas preciosas esferas doradas y rojas que contenían sus más bellos sueños, sus más profundos deseos y sus más grandes esperanzas a modo de sello mágico.     

El Trino del Diablo

 

…a medida que el frenético movimiento del arco sobre las cuerdas producía las estridentes notas, del violín surgía una extraña luz rojiza. Una suerte de aura de color carmesí que rodeaba el instrumento como si lo estuviera controlando; a su vez, el violinista aceleró cada vez más sus movimientos. Parecía que se había vuelto completamente loco, pues sus ademanes eran casi presa de una histeria increíble y su negra melena echada sobre la cara no dejaba ver su expresión; en realidad lloraba cruelmente abrumado por el pánico pues la melodía que brotaba del violín no era la que él había compuesto, si no una más complicada, llena de trinos inaudibles y de acordes imposibles. La sonata se volvía tremendamente insoportable para sus oídos, sus dedos ya no aguantaban la agobiante presión sobre las cuerdas, toda aquella situación infernal se alargó tan sólo unos minutos, pero bastó para que pareciera una tortura de algún círculo del infierno de Dante; finalmente, una de las cuerdas del violín se rompió emitiendo un incómodo pero a la vez liberador sonido, hiriendo de un leve corte en la cara al violinista que le hizo recuperar el control de su cuerpo y dejó caer la herramienta al suelo.

 Después, tan sólo advino el silencio…

 El violinista, con la garganta severamente compungida y los ojos abiertos de par en par que mostraban sus capilares rojas e hinchadas, miró con espanto el violín y éste no tenía ni un rasguño, ni siquiera la cuerda que le había provocado esa herida que le escocía de forma obscena estaba rota, de alguna forma había vuelto a su sitio como si nada hubiera pasado. El aura carmesí alrededor del violín se había disipado y parecía no haber existido jamás. Al poco, una oscura y profunda voz resonó en lo más hondo del cráneo de aquel hombre, rebotando pérfidamente y resonando con una tenebrosa carcajada.

 “El Trino del Diablo está completo. Ahora tendréis fama y reconocimiento, pero a cambio ya sabéis qué quiero.”

 El cuerpo del hombre se desplomó pesadamente sobre el suelo, quedando en su rostro una horrenda expresión de terror imprimida en un rigor inmóvil y pavoroso…

El Sueño - James Marshall

Gravado de James Marshall que ilustra al compositor Giuseppe Tartini teniendo un sueño en el que el Diablo le compone su sonata.

El Árbol del Mal

El origen de este texto es una especie de pesadilla que tuve de forma recurrente hace muchos años, de pequeño. Ahora está relatada en este texto de una forma un poco más poética y menos agresiva que en mis sueños. 

Espero que disfrutéis de la lectura. 

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          Camino sin rumbo fijo por calles inundadas de un implacable sol estival que alegra a las masas, más mis pasos arrastran una cadencia de penurias; la vista perdida en un mar de frustraciones e inseguridad que riegan y alimentan el miedo que germina de las semillas del dolor. A mi paso el rígido pavimento cimentado y laboriosamente manufacturado se resquebraja con crueles crujidos que helarían la sangre de los más valerosos y dejo tras de mí una estela de destrucción que se hace notoria también en las plantas y árboles que se cruzan en mi paseo: sus hojas se secan y caen, sus tallos y troncos mueren y se pudren transformándose en grotescas tumbas vegetales que dan la bienvenida al desastre.

          El aura negra que surge de lo más profundo de mi corazón no cesa de agrandarse y sin prisa pero sin pausa devora incansable mi cuerpo y mi mente y desaparezco de este mundo dejando paso a un monstruoso engendro vegetal. Me desplomo sin alma, de cuclillas en el suelo que se hunde con mi peso e invoca al caos más absoluto. Del fondo de mi ser brotan las malignas raíces que se arrastran veloces y extremadamente dolorosas por mis venas, dirigiéndose a mis extremidades para romper con violencia mi piel y clavarse en el suelo que se pudre irremediablemente nada más tomar contacto. A continuación mi cuerpo se recubre de una corteza propia de un roble, dura, rugosa, irregular pero de un color negro uniforme y desagradable, formando un verdadero tronco que crece y crece… y crece… y crece… y crece hasta límites insospechados. Las despiadadas raíces se afianzan firmes en las profundidades de la tierra dando una diabólica estabilidad al terrible árbol. La alta y maquiavélica copa se viste siniestramente de miles de millares de hojas puntiagudas, hostiles, de tonos rojizos y oscuros que lejos de producir vida amenazan con su sola presencia. Las ramas se arremolinan desordenadas, caóticas y amenazantes apresándome en lo más oscuro de la terrible hojarasca; su roce es dañino y algunas se clavan en mi cuerpo cual lanza en el flanco o puñal por la espalda. La sangre salpica alegre e imparable la negra corteza que la absorbe como agua de lluvia tras largos meses de sequía.

          Entre tanta maleza perversa florecen unas extrañas flores de pétalos morados y rojos pistilos como mi sangre que parecen exhalar un horroroso veneno imbuido de más semillas del dolor. Un nuevo refugio de pesar y soledad me aísla del mundo y repele con una atroz muerte a todo aquel que se acerca a intentar salvarme, y a la vez acaba con todo lo que haya a su alrededor. Las raíces siguen extendiéndose imparables bajo la tierra como una perversa plaga que va en busca de más víctimas para extender su reino de caos, tristeza y pesar. El aire en las inmediaciones del inmenso y espantoso árbol se vuelve irrespirable, ponzoñoso, mortal y todo ser vivo debe huir para salvarse. El abominable y gigantesco demonio vegetal se torna pues en un monumento al mal, a la decadencia y a la derrota, tan imponente que ahuyenta a los rayos de la luz provenientes del astro rey, incapaces de obrar el milagro de la salvación. Un grito de sosiego en el corazón del árbol se ha visto ahogado por ese mar de hojarasca tenebrosa que baila al son de una brisa pútrida y decadente.

          Sin embargo, al correr del tiempo, percibo a lo lejos, entre la discordia disonante que danza con locura, como se cuela por los ínfimos resquicios de la podredumbre un diminuto atisbo de esperanza que lucha fervientemente por alcanzar el lugar en el que soy prisionero de tamaño dolor. Es el dulce eco de tu voz que viene a rescatarme de ese océano de perdición.

Árbol Maligno

El Muerto

Cuando redacté este texto justo terminaba de leer la trilogía de Los Caminantes de Carlos Sisí. Me apetecía escribir algo con zombies pero dándole un toque más decimonónico, enfocado a ese romanticismo negro del XIX.

Espero que lo disfrutéis.

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           Fría y yerma había sido siempre aquella tierra en la que le habían encerrado para la posteridad después de su muerte; era silenciosa y en parte confortable para los que han de descansar el resto de la eternidad, sin embargo él ya no sentía ninguna de estas cosas. No al menos hasta que algo sorprendente ocurrió: como si alguna divinidad le hubiera tocado, abrió los ojos y con gran bostezo se levantó de entre el suelo que le mantenía preso. Primero salió su mano de la tierra, escarbó un poco hacia arriba y luego surgió la otra mano. Después se abrió la tierra y emergió la cabeza, seguida del torso y luego las piernas y los pies.

            Logró levantarse por fin, echó involuntariamente la cabeza hacia atrás, porque sus vértebras hacía tiempo que no cumplían solemnemente con sus funciones. Después soltó un lamento sin palabras, de calidad lastimera y que podría erizar el vello de los brazos hasta a cualquiera de los más bravos hombres. Sus ojos provistos de una tela espesa y grisácea estaban volteados hacia la luna que lo bañó e iluminó pobremente pero lo suficientemente para ver que su cuerpo estaba en un estado tan penoso como sus aullidos. Su piel ya no tenía un tono humano, ahora era de un gris pálido como si fuera una perla sucia de tierra húmeda o limo. Su pelo se había caído prácticamente todo; toda su figura desprendía un olor acre y pugnante para el sentido del olfato y al moverse, que lo hacía muy pausada y paulatinamente, como si danzara ebrio, todos los huesos de su cuerpo, o por lo menos los que aún quedaban intactos, crujían terriblemente en una sinfónica percusión parecida a unas castañuelas mohosas.

            Caminó torpemente unos metros, arrastrando con pesadez y dificultad tras de sí su pie izquierdo; tenía los brazos caídos hacia los lados y la cabeza todavía un poco echada hacia atrás pero un poco inclinada hacia el costado derecho. Parecía no tener ni prisa ni un rumbo claro pero daba la impresión que se guiaba por un sonido que podía parecerle familiar, parecido a los sollozos lastimeros de un servicio fúnebre importante. Al avanzar un poco más, a pesar de la catarata gris que le envolvía cada uno de los globos oculares vio a más como él. Muchos más que todavía tenían restos de tierra sobre los jirones de ropa como él, muchos más con huesos que crujían al moverse como él, muchos más cuyos cuerpos desprendían hedores venenosos para el alma y los sentidos como él, muchos más que se movían parsimoniosamente guiados por su propio canto en coro de lamentos del más allá atraídos por el olor de lo que ellos ya no tienen.

  Wallpaper de Zombies

Luces y Sombras

Este texto lo escribí tras visitar la biblioteca de la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona, durante una escapada a la ciudad condal, algunos años después de terminar allí mis estudios. El edificio en sí, siempre me pareció interesante, misterioso, mágico y encantador. La biblioteca en sí, es fascinante y siempre me pareció que estaba llena de rincones con enigmas sin resolver e imaginé que sobre una de las múltiples vidrieras había una especie de entidad oculta que se encargaba de proteger todos los secretos del lugar. 

Espero que disfrutéis del texto. 

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Han pasado ya innombrables años, tantos que no recuerdo cuándo comenzó todo, ni siquiera cuándo empezó a perseguirme la sombra. Esa maldita imagen me acosa cada vez que cierro los ojos y embruja con negrura hasta lo más profundo de mi ser. ¡Pensar que tan sólo fue una mirada! Mi curiosidad lo arruinó todo y me condenó quizás hasta el punto final de esta página en blanco que es mi vida. ¡Ay de mí! Me advirtieron que entrar en aquella biblioteca era imprudente y más si se hacía una noche de luna nueva, mas los jóvenes jamás se dejan imponer las leyes de los adultos y con osadía las desafían, ajenos a lo que puede acontecer después. ¿Qué más dará? ¡Sólo será un momento! Y precisamente con ese pensamiento advino el tormento. Las fuerzas supremas que mueven la maquinaria infernal del destino mandan sobre nuestros actos y todo lo hecho recibe respuestas.

La biblioteca prohibida albergaba una vidriera que presidía magistralmente la sala principal, justamente en la entrada, dónde solían trabajar los recepcionistas y las bibliotecarias. Una espléndida obra de artesanía que desde tiempos inmemoriales mostraba la imponente efigie de una santa hasta la fecha desconocida, de rostro angelical y sereno lleno de un éxtasis divino ignoto a la gran mayoría de seres terrenales, pues sólo unos pocos son quiénes consiguen llegar a la ataraxia celestial más pura y dejar los saberes mundanos en el plano físico para perderse en un etéreo infinito. Figura dotada además de una indiscutible belleza, quizás producida por el efecto templado de su expresión. Dos enormes alas blancas propias de los serafines elegidos más cercanos a la luz suprema cubrían por completo ambos flancos como guardianes imperecederos de las puertas del anhelado y lejano paraíso. La diva del artífice iba ataviada con ropajes del color del cielo en el día más claro del verano más próspero en el que el astro rey reparte con brío y acierto sus majestuosos rayos para deleite de todas las criaturas vivas e irradiando luz salvadora a todos los rincones del orbe. No dejé ni un solo día de observarla.

Cada vez que ponía un pie en aquel edificio la figura de aquel místico ventanal saludaba con su impecable presencia, impactando de lleno en mi retina,  provocando que la contemplación más superficial atrajera a mi mente cuestiones que dormían en algún pozo oscuro de mi corazón. ¿Por qué aquella sensación de embriaguez? ¿Por qué aquellos sentimientos de admiración y a la vez desconcierto y misterio? Silencio. Pero al escuchar el ensordecedor mutismo, a lo lejos una diminuta voz interior que sonaba ronca y ahogada por la razón dijo que aquello se debía a la luz y que en la penumbra la luz se vería mucho más brillante. Ese verbo interior le dio la mano a la curiosidad y ambos dos encendieron sus motores empujados por la llave de los designios. Así pues, aquellos fatales engranajes comenzaron a instalar en mi cerebro el programa para empujarme a tener ganas de presenciar aquella magnífica efigie en la dichosa penumbra.

Los días se fueron postergando uno detrás de otro lenta pero inexorablemente, y con ellos las oportunidades de testimoniar aquel espectáculo bajo el manto nocturno se iban perdiendo irremediablemente en el capricho del flujo temporal, permitiendo así que el ansia creciera hasta niveles desorbitados. Finalmente, la fatídica noche en la que todo se torció había llegado; envuelto en una atronadora sinfonía de silencio y oscuridad logré cumplir aquel anhelo. ¡Qué un mal rayo me parta si miento! Cierto es que aquella imagen fue mucho más impresionante bajo el cielo sin luna que la primera vez que conocí a la santa desconocida. Confirmé entonces que la luz, bien cierto es que en la penumbra luce muchísimo mejor, sin embargo también averigüé la terrible verdad que cuanto más potente es la luz mayores son las sombras que esta proyecta.

Fue entonces cuando advino a mí un horror colosal que heló la sangre en la totalidad de mi fisionomía, al descubrir que aquella imagen que veneraba en secreto durante el día se había tornado en la causa de mi cruel insomnio. Toda la luz que había presenciado hasta ahora se convirtió en una honda tiniebla que aún a día de hoy no ha dejado de acosarme. Aquellas alas angelicales y cándidas cual manto níveo recién caído, eran ahora diabólicamente ramificadas, repugnantemente membranosas y de un tono grisáceo cual cielo ennegrecido por una violenta tormenta. Sus ropajes antes celestiales ahora habían sido degradados a un atajo de jirones de telas viejas, raídas, deshilachadas y negras como el tizón seco. La peor parte, sin duda alguna, fue ver el rostro de la nueva imagen, pues la luz sagrada que desprendía la gran vestal ahora lucía una macabra y esquelética sonrisa digna únicamente del cruel mensajero del mismísimo Azrael. Sus preciosos ojos dieron paso a dos cuencas oscuras y huecas, desprovistas de cualquier signo de vida y por supuesto de la serenidad de antaño.

El heraldo de la muerte dejó claro su mensaje y desde entonces ambas dos, luz y oscuridad me acompañan sin descanso alguno.

 

Rosetón Paraninfo Universidad de Zaragoza

Vidriera del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza