Acuario

             Laya era una grácil muchacha, habitante de Mar Calmo, un pequeño pueblo pesquero al noroeste de la Nación Esteryania. Era la hija de un pescador que salía con puntualidad religiosa a faenar cada día con gran destreza obteniendo muy buenos resultados; su madre era una hilandera que retorcía filamentos con una precisión milimétrica y producía de las mejores hilazas que se habían hecho jamás. Sin duda, se trataba de una familia con una vida apacible, dedicada al trabajo y a cultivar las buenas costumbres y tradiciones familiares. Por eso, Laya era una persona entregada a la cultura familiar y desde una edad muy temprana comenzó a interesarse por el laborioso trabajo de hilandera que desempeñaba su madre con tanto tesón. En muchas ocasiones la había acompañado al telar en el que trabajaba, que estaba situado al lado del puerto y se había quedado durante toda la jornada laboral observándola para aprender el oficio con la esperanza de un día llegar a ser tan buena hilandera como lo era ella.

                Durante el verano, las hilanderas y tejedoras de Mar Calmo solían instalarse en el exterior del telar para poder ofertar en pequeñas paradas mercantiles los productos resultantes de su magnífico y elaborado trabajo. Era en esas ocasiones en las que Laya disfrutaba mucho más ya que ella se ponía en las paradas para ayudar a vender el tan preciado género que creaban a diario. Las hilanderas y tejedoras apreciaban su ayuda puesto que tenía un increíble don para agotar todas las existencias y conseguir recaudar el máximo beneficio para el gremio; razón por la cual, las hilanderas no se olvidaban nunca de invitar a Laya la venta de la hilaza cada verano.

                Fue precisamente en uno de esos veranos que la sosegada vida de Laya cambió radicalmente. Un buen y soleado día, en el que la brisa marina era fresca y agradable, Laya acudió al puerto de Mar Calmo, dispuesta a usar su habilidad para vender todo el género que habían estado produciendo las hilanderas. Como cada mañana, algunos de los marinos y pescadores de la zona que volvían de faenar en el Mar de Esteryania se quedaban atónitos observando a la muchacha realizando aquella labor con el empeño que desprendía. Tenía a todo el mundo encandilado con su gran sonrisa y su amabilidad que invitaba a  comprar la hilaza de tan buena calidad que producían aquellas hábiles mujeres.

                Pero aquella mañana, la tranquila y rutinaria vida en Mar Calmo se vio truncada por algo que sus habitantes jamás antes habían vivido. Un anciano, que había sido marino mercante en su juventud, estaba sentado en el porche de uno de los barracones del puerto, observando el horizonte como hacía cada mañana recordando los viejos tiempos; sin embargo ese día se levantó casi de un salto de su sillón de mimbre trenzado, atónito por lo que estaban presenciando sus pequeños y cansados ojos: a lo lejos divisaron una flota de grandes buques de vela que se acercaban hacia Mar Calmo. El viejo se acercó, no sin dificultad y apoyándose en un bastón, a uno de los muelles de madera del puerto para observar de cerca la llegada de aquellos navíos. No sabía el por qué, pero algo en su interior le decía con amargura que muy probablemente no traerían buenas noticias.

                Laya, que en aquel momento se encontraba sumergida de lleno en su tarea veraniega de venta, casi no se percató de lo que ocurría hasta que una suerte de sensación en su interior, a la altura del estómago, la hizo detenerse en seco. Alzó la vista y se fijó con una incómoda sorpresa que todo el mundo a su alrededor había cesado sus quehaceres diarios, pues se encontraban todos observando mesmerizados el horizonte. Aquellos enormes barcos de vela, que tenían en Babia a todos los habitantes del pueblo, se acercaban raudos a las orillas de Mar Calmo como un inevitable presagio cargado de fuerzas negativas. Como atraída por el efecto embrujador arrastrado por la brisa marina, Laya caminó con aire fantasmagórico hasta el muelle donde estaba el viejo del sillón de mimbre. Se detuvo con los ojos quedos sobre aquella flota que se acercaba.

                Algo extraño le ocurrió entonces; mientras seguía mirando hipnotizada, en lo más hondo de su mente, en algún lugar oscuro en el que todavía ningún pensamiento había podido llegar, resonó tímidamente una especie de llamada lejana, demasiado lejana, casi de otro mundo. Un susurro etéreo que se repitió una y otra vez. Muy despacito. Al principio casi inaudible, pero muy claro.

Laya…

Un susurro de otro plano, extrañamente familiar.

Layâ…

Sonaba a su nombre, sí. Pero de alguna manera le parecía distinto.

Lajâ…

Cada vez le era más extraño.

Jâla…

-El mar me está llamando –susurró sin apartar la vista de los buques

-¿Qué dices niña? –le preguntó con voz ronca el anciano mirándola por el rabillo del ojo.

-El mar… Jâla…

                Cuando los buques alcanzaron los muelles del puerto de Mar Calmo, fue como si todos los habitantes salieran de ese extraño trance en el que les había sumido aquella visión nada habitual.

¿Dónde está mi padre? –preguntó Laya al viejo apresuradamente, como quien se despierta tarde una mañana.

-En la lonja, con los demás pescadores, vendiendo el género, supongo. –respondió aquel anciano todavía sorprendido por el brusco cambio de actitud que tuvo Laya.

-¡Gracias! –dijo la muchacha mientras salía disparada en dirección a la lonja.

Laya corrió con todas sus fuerzas hasta la lonja; abrió las puertas dobles de entrada de par en par, jadeando con fuerza y transpirando por la carrera.

¿¡Dónde está mi padre!? –preguntó con un fuerte grito que hizo que todos los comerciantes de la lonja y los pescadores se giraran hacia la entrada.

-¿Qué ocurre Laya? –respondió su padre preocupado por el alarido que acababa de proferir su hija, mientras salía de entre la muchedumbre.

-¡Vienen a por vosotros! –contestó alterada y lanzándose entre lágrimas a los brazos de su padre.

-Calma hija –intentó tranquilizarla mientras la abrazaba– Cuéntame, ¿qué ocurre? ¿Quiénes vienen a por nosotros?

-Los buques –dijo entre sollozos– La voz del mar me lo dijo. Susurró mi nombre y me avisó que venían a por vosotros.

                Alguien entre los trabajadores de la lonja miró por una de las ventanas tras lo cual alertó al resto de que en el puerto habían atracado una gran cantidad de barcos de vela que no había visto nunca. Al oír eso, todo el mundo salió de la lonja para lanzarse al muelle con rapidez para presenciar aquello. Laya, todavía en el interior del local, arreció el abrazo a su padre rogándole que no saliera, porque si salía de allí se lo llevarían para siempre. Al cabo de unos segundos, Laya y su padre salieron de la lonja atraídos por el rumor de los habitantes de Mar Calmo. Una vez fuera, Laya agarró la mano de su padre con tanta fuerza que hasta le hizo daño; el hombre tan sólo la miró con expresión preocupada.

                Mientras todo el pueblo de Mar Calmo se reunía en el puerto frente a los enormes buques que acaban de atracar, de estos comenzaron a descender de forma ordenada, siguiendo un ritmo constante y decidido marcado por sus propios pasos, varias decenas de personas ataviadas con imponentes armaduras brillantes que casi parecían forjadas por los Dioses. Algunos equipaban también grandes lanzas con un estandarte en el que ondeaba un símbolo extraño parecido a al sol pintado de morado oscuro. Todos y cada uno de esos extraños guerreros se pararon frente a los habitantes de Mar Calmo como siniestras estatuas férreas. De uno de los buques se oyó una atronadora voz que restalló por todo el pueblo e hizo estremecer a más de uno de los presentes. La masa de guerreros se separó creando un perfecto pasillo que iba desde la embarcación de la que había resonado la voz hasta el muelle donde estaban todos los Calmeños observando. Del barco descendió un hombre anormalmente alto, con una corpulencia considerable, ataviado con una armadura idéntica a la del resto de guerreros que lo acompañaba; tenía una larga melena blanca que llevaba recogida en una cola de caballo de forma muy elegante, su piel era de una tez anómalamente blanca, tenía las facciones muy duras, muy marcadas, con una quijada casi cuadrada, una nariz ancha y algo chata y sus ojos desprendían un brillo casi infernal. Laya puso su temerosa mirada sobre aquella descomunal bestia y sintió como un gigantesco vacío se le hacía en el interior y la arrastraba poco a poco a un lugar oscuro y frío.

-¡Oídme bien habitantes de Mar Calmo! –vociferó el gigante con una voz ronca y profunda– ¡Mi nombre es Bakasuron! Y ostento el título de Dios Antiguo, Señor de la Guerra y Portador de Odio. Mi Señor, Hijo de Sârva la Creadora, Regente del Caos, el Dios Prístino Avyasthâ, se ha declarado el auténtico dueño de todo el Universo; en estos aciagos tiempos, se encuentra en una cruzada contra su hermano. Para salir victoriosos de la guerra que se ha iniciado entre ellos dos, nos ha enviado a sus fieles emisarios por todo el mundo de Onyria, para encontrar las Almas Etéreas y reclutarlas para nuestro ejército. Sabemos que una de esas Almas Etéreas está en este pueblo y hemos venido a reclamarla.

                Los Calmeños miraban a un lado y a otro, sumergidos en el temor provocado por el sólo nombre del Dios del Caos y en la incomprensión surgida de las palabras del siniestro Dios Antiguo. El murmullo de la gente empezó a correr en todas direcciones transportando dudas, preguntas y ruegos a los Dioses para que no ocurriera una desgracia en aquel pacífico lugar. Impacientado, Bakasuron alzó su oscura voz de nuevo contra Mar Calmo.

-¡Decidme! ¡¿De quién se trata?! ¿Quién posee el Alma Etérea!

-Me parece que no encontraréis lo que buscáis en este lugar, Señor. –intervino el anciano del porche abriéndose paso entre la gente para situarse frente al gigantesco ser– No creo que tengamos algo así. Somos tan sólo un humilde pueblo pesquero.

-El Alma Etérea no es un objeto tangible –explicó rugiendo Bakasuron– El Alma Etérea está dentro de uno de vosotros. Si no tienes el Alma Etérea, viejo, es mejor que te apartes.

-¡Qué malos modales tenéis para ser un Dios! –protestó el anciano– ¿Cómo podemos saber quién tiene el Alma Etérea entonces?

-Los portadores del Alma Etérea tienen un don especial –contó Bakasuron tras emitir un gruñido de fastidio– algo que los hace diferentes al resto.

A pesar de la honda congoja instalada en Mar Calmo, la explicación de aquel intimidante Dios gigante les pareció vaga y laxa a casi todos los presentes; como consecuencia siguieron murmurando entre ellos preguntándose quién podría ser esa persona a la que buscaba Bakasuron. Pasaron unos minutos en los que las demandas del Portador de Odio no fueron satisfechas y este pasó de la impaciencia al enfado.

-¡Ya está bien! –objetó irritado Bakasuron resoplando pesadamente– ¡Prended a todos los hombres y subidlos a bordo! ¡Averiguaremos quién es el portador del Alma Etérea en cuanto partamos!

Los guerreros de brillantes armaduras que habían permanecido totalmente inmóviles, empezaron a moverse para cumplir las órdenes de capturar a todos los hombres de Mar Calmo. Aquello provocó reacciones dispares cuanto menos: unos huyeron despavoridos, otros plantaron cara a los soldados siendo capturados inevitablemente. El padre de Laya, henchido de valor y rabia avanzó firmemente entre los enfrentamientos casi sin ser percibido, hasta plantarse frente a Bakasuron para lanzarle una mirada desafiante directamente a los ojos. Laya, horrorizada, con los ojos inundados completamente se lanzó tras su padre y lo agarró del brazo para tirar de él e intentar hacerle marchar del lugar. El rostro de Bakasuron mostró una pincelada de curiosidad frente a aquella afrenta y esbozó una ligera sonrisa.

-Así que un valiente, ¿eh? –espetó Bakasuron con sorna

-¡Detén esta locura! –gritó seriamente el padre de Laya

-Podrías ser tú. –musitó Bakasuron algo sorprendido– Ninguno de mis guerreros ha reparado en que te acercabas a mí. Ni siquiera yo te he notado venir.

Laya tiraba del brazo de su padre con todas las fuerzas de las que disponía, pero no se movía ni un ápice. Bakasuron levantó su mano izquierda en el aire y chasqueó los dedos; en el acto, todos los guerreros armados se detuvieron y regresaron a los buques llevando a los capturados con ellos. En los muelles sólo quedaban algunos Calmeños escondidos entre trozos de madera, paradas de venta de productos maltrechas por la rebatiña o detrás de alguno de los porches y en sobre el muelle donde prácticamente todo había ocurrido tan sólo quedaban el padre de Laya parado frente a Bakasuron, y Laya que seguía intentando llevarse a su padre.

-¡Tú vienes conmigo! –aseveró Bakasuron agarrando con su gigantesca mano al padre de Laya y empujándola a ella para hacerla a un lado– El Alma Etérea de los mares debe de estar dentro de ti.

-Laya, cuida de tu madre. –pidió el hombre con voz segura mientras era arrastrado inevitablemente al interior del barco.

Laya permaneció inmóvil ante el suceso. Los buques se alejaron casi tan veloces como habían llegado a Mar Calmo. Pasaron tan sólo unos pocos minutos, pero a Laya le dio la sensación de que el tiempo se había paralizado. La culpa se la estaba llevando a un lugar profundo, frío, inhóspito y terrible. El abrazo desesperado de su madre la trajo de vuelta a la realidad.

-¡Laya! ¿Estás bien? –preguntó preocupada

-¡Mamá! –respondió Laya como quien despierta de golpe.– Papá… ¡Se han llevado a Papá!

-Lo he visto, cariño. ¡Ha sido terrible! Pero estamos tú y yo aún. –intentó consolarla

-Es mi culpa…

-No hija mía, tú no te has llevado a tu padre.

-Pero yo sabía que venían a buscarle… Me lo dijo el mar…

Durante el resto del día, las madres, los hijos e hijas de Mar Calmo lloraron las pérdidas mientras recogían y reparaban los destrozos resultantes del enfrentamiento contra los guerreros de Bakasuron.

                La noche cayó. Las lámparas de aceite de cada casa se fueron apagando gradualmente. Mar Calmo quedó sumido en la total oscuridad. El silencio de la noche únicamente truncado por el rumor de las olas del mar arrastraba una brisa densa y triste. Laya yacía en su cama, con el corazón compungido. La culpa seguía creciendo en su interior y a pesar de la ensordecedora quietud del momento no podía dormir.

Laya…

Resonó con una dulzura paternal en su mente.

Layâ…

Otra vez, su nombre, pero no sonaba del todo igual.

Lajâ…

Extraño, sin embargo familiar

Jâla…

Laya se levantó y se dirigió a la puerta de su casa. Su madre, alertada por el sonido de los pasos de su hija en el suelo de madera, salió a su paso.

-¿Dónde vas Laya?

-El mar… –susurró la muchacha sin apartar la vista de la puerta– Me está llamando el mar…

Laya abrió la puerta, y el frescor húmedo de la noche le besó suavemente en la frente. Salió de su casa, caminó descalza, con un aire fantasmal por las calles del pueblo hasta llegar al muelle. Su madre la siguió preocupada intentando detenerla, pero no hacía ruido porque no quería despertar a los vecinos que ya habían sufrido bastante.

-¡Laya volvamos a casa! –ordenó su madre intentando no alzar mucho la voz

-El mar… –repetía Laya una y otra vez como mesmerizada por el susurro que repetía y deformaba su nombre.

Laya avanzó hasta el borde de un embarcadero. Su madre la agarró del brazo para evitar que se cayera al agua. A lo lejos, más allá del horizonte, un resplandor carmesí atravesaba el paisaje de forma misteriosa, danzando sensualmente, curvando hacia un lado y otro alternativamente su silueta luminosa. Laya se dio la vuelta hacia su madre y la miró con ternura.

-Voy a buscar a papá. –resolvió con una seguridad que perturbó a su madre.

Se dio la vuelta, saltó al agua y nadó hacia el fondo, cada vez más hondo, dejando atrás el llanto desconsolado y las súplicas de su madre.

Laya…

Sólo oía aquel susurro que la llamaba desde el fondo del mar.

Layâ…

Cada metro que descendía en profundidad el susurro se volvía más audible.

Lajâ…

Y aún más.

Jâla…

 Su nombre había cambiado, sin embargo le resultaba extrañamente más adecuado ahora. Siguió nadando aún más al fondo. El aire que tenía dentro ya había salido por completo y se había ido burbujeando grácilmente a la superficie. Se le agotaban las fuerzas, pero seguía nadando con tesón pues tenía que rescatar a su padre. Su cuerpo empezaba a fallar: le dolía el pecho por el esfuerzo y la ausencia de aire, los músculos ya no tenían fuerza y su avance se había detenido, su mente poco a poco se iba apagando en una especie de sueño muy lejano con un regusto algo amargo pero a la vez mágico. Sus ojos se cerraron y quedó inmóvil rodeada de agua salada y oscuridad. Despacito, su cuerpo fue descendiendo cada vez más hasta perderse en las profundidades.

Laya…

Layâ…

Lajâ…

Jâla…

Despertó en un lugar frío, su camisón y su pelo ondeaban mecidos por una apacible corriente marina. No había aire en ese lugar, no obstante respiraba. “¿Qué ha ocurrido?” pensó. Frente a ella, la penumbra marina se disipó tras un cegador destello blanco. La voz que había susurrado en su mente se dirigió a ella con una claridad solemne.

-Has escuchado la llamada.

-¿Quién es?

-Sansâra es mi nombre –respondió aquella grandilocuente voz

-¿El Dios Prístino? ¿Hijo de Sârva la Creadora?

-Así es. Y tú, Laya de Mar Calmo, posees lo que buscan los secuaces de Avyasthâ.

-El Alma Etérea… –esas palabras salieron de Laya como un suspiro que se da tras un esfuerzo exigente.

-Por eso has podido oír mi llamada.

-¿Qué significa?

-Enseguida lo entenderás, querida.

El destello centelleó de forma sorprendente frente a Laya quien comenzó a notar cómo cambiaba su cuerpo: la piel se le tornó de un tono azulado como el mar en un imponente y soleado día de verano, las pupilas de sus ojos se encogieron y cambiaron de forma hasta convertirse en las de un reptil, su pelo se volvió parecido a las algas marinas que ondulaban mecidas por las corrientes, entre sus dedos, tanto de los pies como de las manos, brotaron membranas cartilaginosas, sus uñas se transformaron en poderosas garras, y la integridad de su cuerpo se recubrió de una suerte de armadura de escamas que ella identificó como las de los dragones de los cuentos.

-Jâla es tu Alma Etérea –explicó la voz de Sansâra– Jâla en la lengua de los Dioses es el agua, es el mar, es la lluvia, los ríos y los lagos. Jâla es la Guardiana Celestial del Océano.

-Entiendo. –asintió Jâla– Ahora, voy a rescatar a mi padre.

Jâla nadó rauda y desapareció en las aguas de los mares de Esteryania.

A la mañana siguiente, los habitantes de Mar Calmo despertaron con el pesar de la madre de Laya, quien había pasado la noche llorando desconsolada, en el embarcadero donde vio a su hija saltar al agua. Muchos se acercaron para tratar de darle su apoyo. A pesar de lo terrible de la situación, la tortura de la pérdida de dos seres queridos se vio interrumpida por un asombroso hecho. Un niño Calmeño oteó al horizonte y gritó con entusiasmo: ¡Están volviendo! A lo lejos, los habitantes de Mar Calmo que se habían apelotonado sobre el muelle pudieron contar una quincena de barcas que se acercaban al puerto. En dichas embarcaciones navegaban todos y cada uno de los hombres que se habían llevado los guerreros de Bakasuron. Al arribar a puerto, cada uno corrió hacia sus respectivas familias para fundirse en abrazos y lágrimas de soslayo. Los padres de Laya no fueron una excepción.

-¡Has vuelto! –sollozó la mujer dándole a su marido un cálido beso en los labios.

-Sí. –contestó sonriendo el hombre– Hemos vuelto todos. Laya nos ha salvado.

-¡Laya! ¿¡Dónde está!?

-Ahora ella es el mar.

Era extraño, pero aquellas últimas palabras del padre de Laya, se volvieron una especie de reconfortante lema.

La madre de Laya echó la vista al horizonte. Su pecho exhaló un suspiro y de sus labios salieron las mismas palabas: Ahora ella es el mar.

 

Jâla o la Dama del Mar.

Fragmento del Libro de Sârva, La Gran Guerra de los Dioses

La Cúspide de la Ruina

Un brillante destello verdoso fulguró con fuerza para después abrir una grieta en el espacio de la que salieron expulsadas dos personas; cayeron hábilmente con ambos pies anclados al suelo y después la abertura se desvaneció al instante emitiendo un fuerte y agudo rugido.

¿Es aquí? –preguntó el hombre rubio, de facciones marcadas y dura mirada mientras entrecerraba los ojos para discernir el paisaje en el que se encontraban.

-¡Aquí es! –contestó la mujer de aspecto enérgico y de constitución atlética– Este es el último lugar al que habría querido venir, pero somos la única esperanza que queda.

-Por desgracia…

-Sí, por desgracia. Además, tenemos otro problema.

-¿Otro más?

La mujer le mostró al hombre la palma de su mano que estaba cubierta con un guante de cuero, algo viejo y que tenía los dedos descubiertos. Él abrió los ojos de par en par con una expresión un tanto amarga, al ver que sobre la mano de su compañera sólo había una suerte de polvo de cristal verdoso.

-¿Y ahora qué? –preguntó angustiado

-Pues ahora sí que tenemos sólo una oportunidad. –dijo ella con resignación. Acto seguido expuso su mano al viento y sopló haciendo que el polvo cristalino se perdiera en el aire en una danza un tanto alegre para tan agrio momento– De todas formas, desde el principio sabíamos que si fallamos en esta misión, todo estaba acabado. Así que no nos queda más remedio que ponernos en marcha y hacerlo lo mejor que podamos.

Se hallaban al pie de un lugar que habían bautizado como la Cúspide de la Ruina, un horroroso monumento a la destrucción de todos los mundos, formado por una descomunal montaña de rocas secas y afiladas, amontonadas sin ton ni son. En lo más alto de aquel inhóspito monolito creado por una naturaleza salvaje y destructiva, se encontraba una gigantesca torre de hierro oxidado; era la siniestra guinda perfecta para aquel monte infernal. Aquella construcción sin duda alguna, no había sido obra de ninguna persona, puesto que era una peligrosa amalgama de hierros oxidados unidos a la fuerza y enroscados de forma grotesca. El objetivo de los dos jóvenes era llegar a lo alto de la cúspide y entrar en ese inhóspito edificio.

Avanzaron por un estrecho sendero serpenteante que ascendía de forma fachosa por la ladera de esa extraña montaña, a lo largo del cual había desperdigadas unas estrechas y altas torretas de piedra, parecidas a las torres de defensa que se usaban en las fortalezas militares de la edad media, copadas con unos tejados puntiagudos; casi todas esas estructuras presentaban un aspecto ruinoso y poco atractivo. Durante la ascensión, ella echó la vista al horizonte y su corazón le dio un desagradable puñetazo; todo el mundo estaba devastado, a lo largo y ancho del panorama sólo podía verse la destrucción que habían causado sus enemigos. El mundo entero se veía ahora como un extenso páramo desolado: no quedaban ni edificios, ni bosques, ni a penas montañas, todo rastro de vida había sido prácticamente borrado de la faz del planeta.

Es horrible… –murmuró mientras se aguantaba con una mano su larga melena teñida de violeta

-Lo sé. –contestó él deteniendo su paso y acercándose a ella para acto seguido ponerle una mano en el hombro con la vana intención de consolarla– Si encontramos en la torre de hierro lo que buscamos, quizás podamos hacer que todo esto se arregle y que toda la gente, o al menos la poca que queda, pueda volver a vivir en la superficie.

-Eso espero.

Tras esa pequeña pausa, retomaron la marcha hacia la cima de la Cúspide de la Ruina y en poco tiempo, no más de media hora, llegaron arriba del todo. Se pusieron frente al gigantesco monumento a la destrucción que había allí arriba y se dispusieron a empujar el enorme portón metálico que separaba el exterior de las entrañas de la torre férrea. Empujaron con todas sus fuerzas y con un estridente y sobretodo pesado chirrido, las bisagras cedieron dejándoles acceder a una sala en la que no había absolutamente nada más que el silencio roto por sus jadeos. Al fondo de la férrea y diáfana estancia se les presentó una escalera retorcida de forma grotesca que seguramente si hubiera sido diseñada por humanos hubiera sido una escalera de caracol. Dicha escalinata se elevaba hasta quizás el final de la torre que parecía no tener fin, pues la vista no alcanzaba a verlo.

Avanzaron poco a poco hasta más o menos el centro de la estancia; su paso entonces se vio de repente interrumpido al oír un horripilante chillido que les heló la sangre. Miraron hacia arriba, de donde provino el grito; sus ojos se abrieron de par en par puesto que la visión que estaban teniendo era cuanto menos sobrecogedora. Una extraña figura envuelta de una llama azulada se precipitaba en picado hacia donde estaban emitiendo el afilado chillido que habían oído hacia tan sólo unos segundos. Al impactar contra el suelo, un extraordinario estruendo, parecido a una explosión, hizo que los dos intrusos cayeran de espaldas al frío y metálico suelo. La llama azul se arremolinó violentamente y chisporroteó amenazante hasta formar una figura fantasmagórica de una altura similar a la de la chica. Cuando el fuego se disipó dejó ver a una mujer delgadísima, con los pómulos marcados en extremo, una piel muy blanquecina que le daba el aspecto de estar enferma o muerta; sus ojos de pupilas rojas como la sangre, parecían estar hundidos en las cuencas y tenía unas grotescas ojeras bajo ellos. El pelo, del mismo color azulado que el fuego que la había precedido parecía ondear en el aire confiriéndole un aspecto espectral. Iba ataviada con un vestido largo que dejaba sus huesudos hombros al descubierto; era de color turquesa y tenía los extremos de las mangas y los bajos de la falda bordados de hilo de oro con extraños símbolos.

¿Humanos? –preguntó con una voz chillona y estridente mientras levantaba su mano derecha para señalarlos con el dedo índice que era tan delgado como ella y estaba colmado por una uña negra, curvada y puntiaguda.

-¡Humanos! –contestó el hombre levantándose y ayudando a su compañera a hacer lo mismo.

-Pensaba que mi Señora os había erradicado del planeta. –contestó la horrible mujer con su inquietante voz

-¿Erradicarnos? –inquirió la chica con voz desafiante– ¡No vamos a rendirnos! ¡Hemos venido a arreglar el desastre que ha creado tu Señora!

-Ten cuidado Chloe –le dijo el hombre a la chica con un susurro– creo que esa mujer es una de sus sirvientas.

-¡Soy una de las Ménades! –gritó iracunda la extraña mujer bajando el brazo y dando un fuerte golpe con un pie en el suelo– ¡No somos vulgares sirvientas! ¡Somos nobles guerreras al servicio de Nuestra Señora Sûnya!

-Sirvientas o guerreras, ¡me da lo mismo! –espetó él provocador– Ya no tenemos nada que perder y vamos a intentar revertir lo que ha hecho tu Señora, cueste lo que cueste.

-No puedo dejaros con vida. –aclaró la Ménade– El Ciclo debe ser reiniciado una vez más.

Tras aquellas últimas palabras la extraña mujer levantó los dos brazos hacia arriba haciendo que las largas mangas de su vestido dejaran al descubierto sus delgaduchos y ridículos brazos. Acto seguido comenzó a recitar:

Âhim, Soldado del Frío Eterno, Dama del Invierno y Guardiana de las Cumbres Heladas, ¡ven a mi encuentro! ¡Yo reclamo tus servicios!

La estancia se volvió fría como una terrible noche de invierno en plena ventisca, los muros de hierro se cubrieron de una fina capa de hielo y el suelo de dos dedos nieve. Chloe exhaló y su respiración se volvió un espeso vaho visible sólo en plena estación invernal. Tras un breve pero fuerte destello, frente a la extraña mujer apareció una pequeña esfera blanquecina, parecida a una estrella de nieve que poco a poco tomó el tamaño de un humano, después estalló con un ruido cristalino y tras eso apareció lo que parecía ser una persona en posición fetal que flotaba justo donde había estado la estrella de nieve. Aquel ser se desperezó, estiró sus brazos y piernas como quien despierta de un largo sueño y mostró su ser en todo su esplendor: era sin duda una voluptuosa mujer, con la piel de un tono azul oscuro que parecía hielo antiguo, seco e inhóspito. Su larga melena que estaba copada por un singular tocado hecho de joyas brillantes, ondeaba como una bandera sacudida por una violenta nevasca. Iba cubierta con una suerte de toga de tela blanca casi transparente que la dotaba un aire místico. Abrió sus ojos totalmente desprovistos de vida de golpe y a la vez profirió un horripilante grito que podría haber calado en lo más hondo del corazón del más valiente helándole la sangre.

¡Ve Âhim y elimina con tu magia gélida a los dos humanos! –ordenó la Ménade con un gesto autoritario.

Acto seguido, la criatura surgida de la invocación se lanzó a la carrera con una pasmosa celeridad, parecía casi que ni tocaba el suelo con sus pies en pos de alcanzar a los dos humanos con sus gélidas garras y congelarles hasta el alma. Ambos humanos saltaron a un flanco y otro de la criatura para zafarse de su primera embestida.

-¡Parece una criatura de hielo! –gritó Chloe con un tono agudo y algo desesperado

-¿Acaso crees que estoy ciego? –preguntó él con retintín.

Âhim, la criatura gélida, se dio rápidamente la vuelta y se encaró hacia el hombre que se había apartado a su derecha. El monstruo humanoide tendió su mano con la palma hacia arriba y acercó sus morados y carnosos labios a esta para después soplar con fuerza. Acto seguido unas enormes lanzas de hielo salieron disparadas a toda velocidad contra el hombre rubio con el objetivo de atravesarlo, sin embargo él era muy hábil y a pesar de su cuerpo musculoso y consiguió esquivar el ataque haciendo rodar su cuerpo hacia un lado. Se incorporó y quedó al lado de su compañera Chloe.

-¡Chris debemos usar magia de fuego ya! –le sugirió Chloe

-¡Lo sé! –respondió el hombre entre jadeos– ¿Tienes una de las joyas?

-¡Lista! –contestó Chloe sacando de uno de sus bolsillos una joya de forma esférica y de un color rojo intenso.

-¡Vamos! –añadió él lanzándose a la carrera hacia la criatura.

Âhim giró sobre sí misma y los encaró. Vio cómo Chris corría directo hacia ella cerrando tras de sí su puño derecho. Cuando el muchacho estuvo frente a ella le intentó propinar un buen golpe con el puño pero ella lo detuvo con su mano izquierda que al contacto le provocó al chico un intenso y punzante dolor por el intenso frío que desprendía la piel de aquel ser. Aquello le permitió a Chloe situarse detrás del monstruo de hielo sin que se diera cuenta. La chica, empuñando la joya roja cerró sus ojos con intensidad y muy deprisa imploró: ¡Agni, guardián del fuego acude a mi llamada! A lo que acto seguido la joya soltó una descomunal llamarada anaranjada sobre la criatura que aulló y se retorció de dolor envuelta de aquel haz flamígero; cayó de rodillas al suelo y se encogió en el suelo hasta desaparecer por completo dejando tras de sí únicamente un poco de vapor de agua.

-¡¿Cómo habéis podido derrotar a uno de los Guardianes Celestiales?! –se preguntó entre gritos la Ménade enfurecida– Una criatura creada directamente con el poder de los Dioses…

-¡Esto es el poder de la esperanza! –gritó en respuesta Chloe con voz triunfante

-Y no vamos a dudar en hacer lo mismo contigo si te interpones en nuestro camino –añadió Chris con tesón mientras se secaba de la frente de vaho surgido de la combinación del hechizo de fuego de Chloe y del impacto de éste sobre la criatura gélida.

-¡Malditos humanos! –rugió la Ménade con una profunda y colérica voz– ¡No puedo dejar que sigáis viviendo! ¡Mi Señora Sûnya no me lo perdonaría!

La Ménade adoptó una postura inclinada mucho más amenazante que la que había mostrado hasta el momento; encorvó su espalda hacia adelante, cada uno de sus dedos en manos parecieron volverse afiladas cuchillas por un instante. Acto seguido, la mujer se lanzó contra Chris con furia, casi parecía volar sobre el suelo bajo su vestido serpenteante; cuando alcanzó al muchacho asestó con su garra derecha un rápido zarpazo que profirió un agudo siseo cortando el aire. Sin embargo impactó de lleno en uno de los muros de hierro que había tras Chris pues este se apartó con rauda destreza, deslizándose bajo la Ménade con un hábil movimiento rodante. Justo en el lugar en el que las mortales garras habían impactado, brotó un sutil pero letal vapor morado, imbuido quizás de un fatal veneno. Mientras estaba debajo de la Ménade, rodando por el suelo, Chris desenvainó su espada corta que llevaba anclada en su cinturón y asestó a la Ménade una espectacular estocada que la penetró justo en la zona del abdomen. La mujer se retiró entre espeluznantes gritos y echándose ambas manos sobre la herida que comenzó a expeler un espeso y negro líquido que debía ser su sangre.

Miró con desdén y furia a ambos humanos; los odiaba porque significaban todo lo que su regente quería eliminar por completo de la faz del planeta. Los odiaba porque no seguían las órdenes de su Señora. Los odiaba porque no se morían. Sin embargo, ella, una Ménade, fiel servidora de Sûnya, iba a ser pasto del olvido. Después de todo, se sentía bien, porque iba a ser parte del infinito, porque había servido con decisión a su Señora, además le había sido fiel desde que la llamó hacía ya unos cuantos lustros. Sabía que si esos dos humanos llegaban arriba del todo de la torre férrea encontrarían la manera de revertir todo lo que su Señora había logrado hasta el momento, y eso era lo único que amargaba su siniestro bienestar. Entre el dolor y el honor que sentía se arrodilló, sin apartar la vista de aquellos dos osados humanos, a sabiendas que era el final tanto para ella como para el plan de su Señora. Sus manos no se separaron en ningún momento de su herida y comenzó a reír funestamente, mientras el pelo le caía poco a poco sobre el rostro, la oscura sangre le manchaba las manos y a la vez el lustroso vestido.

-Podéis pensar que habéis ganado, pero no es así. –dijo la Ménade entre suspiros y gemidos– Mi Señora Sûnya, jamás se rendirá, y jamás dejará que su plan de reinicio del ciclo quede paralizado. ¡TODOS SERÉIS EXTERMINADOS!

Al terminar, entre sollozos y estertores, la Ménade cayó de bruces al metálico suelo para cerrar los ojos para siempre.

Chris se levantó prácticamente de un salto y envainó la espada corta, Chloe por su parte, se acercó a él y le preguntó si estaba herido o no. Chris negó con la cabeza y sugirió que tuvieran cuidado al ascender hasta lo más alto de la torre de hierro, puesto que pensaba que  probablemente aquella Ménade no sería la única medida de seguridad en el lugar. Nada más lejos de la realidad, ya que mientras subieron aquella retorcida pero inhóspita escalera no se toparon con nada ni nadie. Ascendieron durante casi dos horas por allí, con pesadez y cansancio. A medida que avanzaban por la escalinata la esperanza se iba encogiendo poco a poco como queriendo desaparecer de sus corazones, para dar paso a la decepción y la impotencia.

Finalmente, después de dos largas horas, llegaron arriba del todo y dejaron atrás el último peldaño. Se encontraron con una estancia que cubría prácticamente todo el ancho de la superficie de la torre; en la pared situada más al norte había una descomunal chimenea de mármol flanqueada por dos estatuas negras, de obsidiana quizás, emulando figuras femeninas, muy probablemente de la Señora de la torre. En el centro de la estancia había una gran máquina con enormes tubos de aluminio entrando y saliendo de esta, flanqueada a su izquierda con una esfera de cristal bien grande en cuyo interior había algún tipo de dispositivo que parpadeaba frenéticamente con luces verdes y rojas; a la derecha del aparato se mostraba una grandiosa consola con un teclado convencional y una pantalla negra que mostraba una infinidad de signos verdes indistinguibles.

Chloe y Chris se desplazaron por la estancia en busca de alguna pista que les pudiera ayudar a resolver la situación actual del universo; Chris observó con atención las dos esculturas que flanqueaban la chimenea, Chloe se fijó mucho más detenidamente en lo que la pantalla de la máquina mostraba. Al cabo de unos minutos Chloe exclamó con un gran grito alegre:

-¡Ya lo tengo!

-¡No grites! –chistó Chris preocupado ante la posibilidad de que alguna otra Ménade o la mismísima Señora de la casa hicieran acto aparición.– ¡Sé más cautelosa!

-Después del lio que hemos montado abajo, esto no es nada, hombre. –respondió Chloe algo divertida por la situación.– Anda, ¡ven!

-¿Qué tienes? –preguntó curioso Chris acercándose a su compañera.

-Creo que esta máquina es lo que hemos estado buscando.

-¿Qué quieres decir?

-Creo que esta máquina puede ayudarnos a revertir todo el desastre creado por Sûnya.

-¿En serio?

-Sí, Chris, en serio.

-¿Puedes hacerla funcionar? ¿Sabes cómo va por lo menos?

-No estoy segura, pero creo que sí. –dijo ella con un tono firme y casi seguro– Creo que podemos arreglar toda esta destrucción con este material.

-¡Vale! ¿Qué hacemos?

-¡Déjame que mire un par de cosas!

Chloe trasteó con la gran computadora un rato mientras Chris miraba preocupado por toda la estancia esperando que no se apareciera por allí la tan temida Señora Sûnya. Al cabo de unos minutos Chloe exclamó un sonoro “Eureka” e indicó a Chris que se acercara frente a la consola. La muchacha con una sonrisa llena de esperanza le dijo a Chris que estaba a punto de comenzar el reinicio de la restauración del universo. Chris, sin entender muy bien a qué se refería le puso una mano en el hombro y murmuró que ellos eran la única esperanza para la humanidad. Chloe, entusiasmada con su hallazgo se dispuso a explicarle a Chris lo que había descubierto pero viendo su expresión algo contraída pensó que lo mejor era que hiciera algo en vez de hablar, así que extendió su dedo índice de su mano derecha y pulsó un botón en el teclado de la consola a la voz de “¡Ahora verás!”.

En cuanto su dedo hizo contacto con la tecla, un extraño sonido los sorprendió a ambos en el extremo norte de la sala, concretamente donde se encontraba la chimenea de mármol. Ambos dirigieron hacia ese lugar la vista y pudieron ver un enorme vórtice de un color amarillento arremolinándose con cierta virulencia en el interior de la chimenea.

-¡Eso es! –prorrumpió Chloe con cierta alegría

-¿El qué?

-Eso nos permitirá evitar que Sûnya destruya el universo por completo.

-¿Cómo?

-¡Es un portal!

-¿Un portal? ¿A dónde lleva?

-¡Un portal al pasado!

-¿Al pasado? Exactamente, ¿a dónde?

-Bueno, no sé exactamente a donde… Pero un portal que puede llevarnos a un momento en el que podamos evitar que Sûnya arrase todo el universo.

-¿Cómo podemos estar seguros de a dónde nos llevará este portal?

-Mira Chris, no voy a andarme con tonterías, no es el momento ni el lugar, estamos bien jodidos, pero por lo que he entendido de la máquina esta, esto es un portal que puede llevarnos al pasado. Puede llevarnos a un momento en el que Sûnya aún no haya comenzado a actuar. Un momento en el que podamos defender al planeta y al universo entero de la total aniquilación.

-¿Estás segura?

-¡Más o menos! ¡Hemos venido hasta aquí para intentar algo así! ¡No podemos echarnos atrás ahora! ¿Estás conmigo Chris?

Chris sintió en su interior que si atravesaba aquel vórtice dejaría atrás a sus amigos, a la poca familia que le quedaba, pero también sentía que aquello era la única oportunidad que les quedaba a él y al resto de la humanidad. Mientras sus pensamientos se agolpaban y luchaban en el interior de su cráneo, la cálida mano de Chloe, recubierta de sus guantes de cuero, se había agarrado con fuerza a la suya.

-¡Vamos Chris! Es ahora o nunca. Debemos darle a la humanidad y al universo una nueva oportunidad.

Tras unos segundos de duda, Chris frunció el ceño, su gesto se tornó serio, hasta incluso algo épico y asintió con decisión.

-¡Qué los Dioses nos asistan! –dijo con una voz profunda

-Los Dioses hace tiempo que no escuchan. –susurró Chloe con media sonrisa

Ambos dos, agarrados de la mano, como la última esperanza para la humanidad, avanzaron hasta la chimenea en donde el remolino amarillento bailaba con sensualidad y fuerza. Se pararon frente a él unos segundos, exhalaron todo el aire que tenían en los pulmones, cogieron carrerilla y saltaron a su interior con la esperanza de restaurar toda la destrucción que habían vivido desde prácticamente su más tierna infancia.

Fragmento del Libro de Sūnya

Otra vez Diciembre..

De nuevo diciembre… Las calles se inundan de restallidos de mil colores, de alegres tonadas evocando el espíritu navideño y el frío no logra hacer mella alguna en los cálidos corazones de la gente que espera las fechas señaladas para reunirse con la familia y volver a verse con amigos que parecen perdidos durante el resto del año. Se respira un grácil ambiente en todas partes, las chimeneas chisporrotean con algarabía, los niños juegan, cantan y sueñan con que sus deseos se hagan realidad durante una de las noches más mágicas del año…

Ajenos a la terrible verdad que se oculta tras tanta felicidad…

Hoy día descansamos durante la vigilia de navidad pues nuestros sueños están velados por un ente místico que todos tenemos en nuestras casas y en nuestras ciudades: Ese majestuoso e imponente abeto adornado con excelentes gustos y colores vistosos. No es tan sólo un elemento decorativo, no.

Eones atrás, cuando el mundo todavía era joven, durante una vigilia de navidad una gigantesca sombra trajo dolor, desgracia y destrucción al mundo, una tiniebla ensombreció los corazones de todos los seres del mundo, una profunda oscuridad embrujó los sueños de las personas tornándolas en las más horrendas pesadillas. Esa penumbra no tenía nombre, ni forma física, ni siquiera los mismísimos dioses sabían qué era aquella cosa que estaba causando estragos en su universo y para cuando quisieron intervenir, la entidad lo había cubierto todo en su negro manto impidiéndoles poder repelerla.

No obstante, entre toda esa espesa oscuridad, un minúsculo atisbo de esperanza destelló un brillo dorado en el fondo de un corazón. Aquella luz casi imperceptible fue creciendo poco a poco contagiando su poder al resto de la humanidad quien encontró la forma de desterrar a la sombra. En el norte, muy al norte, donde el cielo y el mar casi se unen en el horizonte, bajo una furiosa nevasca, un grupo de personas se adentraron en un bosque, antaño vivaracho pero ensombrecido en aquel día, para buscar el abeto más sano y más alto. Una vez frente aquel enorme árbol, comenzaron su ritual de esperanza en el que procedieron uniendo sus manos rodeando al majestuoso pino, para acto seguido comenzar a cantar. Sus voces se fueron acoplando una a una con un ritmo hipnótico; a cada minuto que pasaban entonando fueron ganando más y más confianza.

La sombra respondió tornando la furiosa nevasca en una terrible y violenta tormenta invernal con un viento del norte que cortaba como el cristal, pero el conjuro ya estaba a punto de terminar. La penumbra se veía cada vez más débil e iba desapareciendo gradualmente tras la corteza del magnífico abeto que se convertiría permanentemente durante los eones a venir en su celda.

 La oscuridad se disipó completamente del mundo y quedó atrapada en el árbol que tornó su tronco de un color azabache profundo, oscuro como una noche de luna nueva. Acto seguido, los valientes colgaron desde las más bajas ramas hasta lo más alto de la mismísima copa unas preciosas esferas doradas y rojas que contenían sus más bellos sueños, sus más profundos deseos y sus más grandes esperanzas a modo de sello mágico.     

El Árbol del Mal

El origen de este texto es una especie de pesadilla que tuve de forma recurrente hace muchos años, de pequeño. Ahora está relatada en este texto de una forma un poco más poética y menos agresiva que en mis sueños. 

Espero que disfrutéis de la lectura. 

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          Camino sin rumbo fijo por calles inundadas de un implacable sol estival que alegra a las masas, más mis pasos arrastran una cadencia de penurias; la vista perdida en un mar de frustraciones e inseguridad que riegan y alimentan el miedo que germina de las semillas del dolor. A mi paso el rígido pavimento cimentado y laboriosamente manufacturado se resquebraja con crueles crujidos que helarían la sangre de los más valerosos y dejo tras de mí una estela de destrucción que se hace notoria también en las plantas y árboles que se cruzan en mi paseo: sus hojas se secan y caen, sus tallos y troncos mueren y se pudren transformándose en grotescas tumbas vegetales que dan la bienvenida al desastre.

          El aura negra que surge de lo más profundo de mi corazón no cesa de agrandarse y sin prisa pero sin pausa devora incansable mi cuerpo y mi mente y desaparezco de este mundo dejando paso a un monstruoso engendro vegetal. Me desplomo sin alma, de cuclillas en el suelo que se hunde con mi peso e invoca al caos más absoluto. Del fondo de mi ser brotan las malignas raíces que se arrastran veloces y extremadamente dolorosas por mis venas, dirigiéndose a mis extremidades para romper con violencia mi piel y clavarse en el suelo que se pudre irremediablemente nada más tomar contacto. A continuación mi cuerpo se recubre de una corteza propia de un roble, dura, rugosa, irregular pero de un color negro uniforme y desagradable, formando un verdadero tronco que crece y crece… y crece… y crece… y crece hasta límites insospechados. Las despiadadas raíces se afianzan firmes en las profundidades de la tierra dando una diabólica estabilidad al terrible árbol. La alta y maquiavélica copa se viste siniestramente de miles de millares de hojas puntiagudas, hostiles, de tonos rojizos y oscuros que lejos de producir vida amenazan con su sola presencia. Las ramas se arremolinan desordenadas, caóticas y amenazantes apresándome en lo más oscuro de la terrible hojarasca; su roce es dañino y algunas se clavan en mi cuerpo cual lanza en el flanco o puñal por la espalda. La sangre salpica alegre e imparable la negra corteza que la absorbe como agua de lluvia tras largos meses de sequía.

          Entre tanta maleza perversa florecen unas extrañas flores de pétalos morados y rojos pistilos como mi sangre que parecen exhalar un horroroso veneno imbuido de más semillas del dolor. Un nuevo refugio de pesar y soledad me aísla del mundo y repele con una atroz muerte a todo aquel que se acerca a intentar salvarme, y a la vez acaba con todo lo que haya a su alrededor. Las raíces siguen extendiéndose imparables bajo la tierra como una perversa plaga que va en busca de más víctimas para extender su reino de caos, tristeza y pesar. El aire en las inmediaciones del inmenso y espantoso árbol se vuelve irrespirable, ponzoñoso, mortal y todo ser vivo debe huir para salvarse. El abominable y gigantesco demonio vegetal se torna pues en un monumento al mal, a la decadencia y a la derrota, tan imponente que ahuyenta a los rayos de la luz provenientes del astro rey, incapaces de obrar el milagro de la salvación. Un grito de sosiego en el corazón del árbol se ha visto ahogado por ese mar de hojarasca tenebrosa que baila al son de una brisa pútrida y decadente.

          Sin embargo, al correr del tiempo, percibo a lo lejos, entre la discordia disonante que danza con locura, como se cuela por los ínfimos resquicios de la podredumbre un diminuto atisbo de esperanza que lucha fervientemente por alcanzar el lugar en el que soy prisionero de tamaño dolor. Es el dulce eco de tu voz que viene a rescatarme de ese océano de perdición.

Árbol Maligno